26 noviembre 2006

Mileuristas, la generación sin voz

Es la generación, en número de miembros, mejor preparada de la historia de este país. Nacidos en el baby boom de los años 70 los mileuristas forman parte de una generación lógicamente heterogénea, pero con una serie de rasgos comunes que la vertebran e identifican. Uno de ellos, determinante y tremendamente significativo, es estar formada por personas que poseen en su gran mayoría estudios superiores (licenciaturas, diplomaturas...) teóricamente bien preparados y formados, con conocimientos en idiomas y perfectamente adaptados a las nuevas tecnologías. Hace unos días terminé de leer el ensayo que Espido Freire ha escrito sobre ellos. Es un libro escrito con urgencia, interesante, descriptivo más que analítico, un intento válido de encontrar algunas respuestas más allá de los convencionalismos habituales con los que esta generación es tratada. Sigue la estela de otro libro, escrito hace ya algunos años por Eduardo Verdú, que tenía un magnífico y acertado nombre: adultescentes. Un nombre que por sí mismo describe a la perfección otro de los aspectos más importante de esta generación: su falta, consciente y aceptada pero también inducida y promovida, de madurez, compromiso y responsabilidad.

Mileuristas, la generación adultescente, también hubiera servido como título para este post. Pero a pesar de lo clarificadora que resulta la segunda acepción prefiero quedarme tan sólo con el término de mileuristas puesto que ha servido como punta de lanza para poner de relieve una realidad que todos veíamos pero a la que nadie era capaz de poner un nombre. Ésta es nuestra generación, somos mileuristas, un término que necesariamente debe ampliar su significado para no limitarse a un simple enfoque económico (que no será objeto de este análisis) sino también social. Debe abarcar las connotaciones que han forjado a los miembros de esta generación como adultos, la incapacidad manifiesta de hacerse valer por ellos mismos, el parasitismo que la generación anterior hace de su trabajo y su juventud y las circunstancias políticas que acompañaron a su crecimiento y desarrollo.
Los mileuristas, ya en la treintena la mayoría de ellos, no existen para nadie. Y sobre todo no existen para ellos mismos. Como miembros de una tribu o secta se reconocen entre ellos mediante el sentimentalismo, la nostalgia y la televisión. Pero no forman grupos de presión ni de ideas. Tal vez su rasgo distintivo en ese sentido sea su pasión por las ONG´s y lo políticamente correcto. Es una generación insegura y frágil que presenta un enorme potencial desaprovechado. Criada entre los abrazos y los mimos de los baby boomers así como malacostumbrada a su sobreprotección, se dejaron dócilmente engañar por la idea de que con estudios su vida sería más plena y fácil desde un punto de vista económico y social. Se dejaron llevar del colegio a los institutos y de allí a las universidades porque eso era lo se tenía que hacer. Algo que sus padres les aconsejaban de manera impositiva, unos padres que no quisieron echar de casa a los 18 a sus hijos sino hacerse colegas de ellos sin perder por ello la autoridad. En el pecado tienen su penitencia ahora, cuando algunos de ellos se enfrentan desesperados a la imposibilidad de echar de casa a sus vástagos a pesar de que ya tienen la edad con la que ellos concibieron a sus últimos hijos. Tras unas infancias generalmente cómodas y felices en las que los mileuristas se convirtieron en los primeros niños y adolescentes consumistas de este país, trasladaron su mundo de nunca jamás a las universidades, que comenzaron así su imparable camino en pos de convertirse en una mera prolongación de los estudios adolescentes y en una fábrica de generar mileuristas desconcertados. La finalización de los estudios universitarios supondría el principio del fin, el duro encontronazo con la realidad. Una realidad donde descubrirían que los valores tan progresistas que enarbolaban sus mayores eran meras soflamas, que las ideas que éstos decían defender poco tenían que ver con la realidad del mundo empresarial y que encima empezarían a ser tratados con desprecio por los baby boomers, puesto que inmersos en su arrogancia, éstos sólo veían unos jóvenes desideologizados, confusos y poco dispuestos a trabajar de la manera sometida y mal pagada que exigía el mercado para ellos. Una traición a todo lo que ellos habían conseguido por y para este país.
Asustados y molestos descubrieron que el mundo real no era el previsto en sus planes: no iban a ganar dinero rápido, no iban a mejorar las vidas de sus padres, no podrían cambiar el mundo, no se iban a poder independizar con rapidez porque no tenían ni siquiera desarrollados los instrumentos necesarios para valerse en soledad y encima la vivienda, gracias a la especulación de la generación de sus padres, se había convertido en un escollo inexpugnable. Se vieron solos, en la dura frialdad de la realidad. Ya no eran los protagonistas de sus vidas sino meros secundarios de los que tenían poder y dinero y de los que hacían una política hipócritamente ideológica que no sólo no les afectaba, sino que además no se preocuparon por entender porque notaban intuitivamente que el escenario social ya era otro, y que los que detentaban el poder político no se querían (interesadamente) enterar. Pero el problema fue que tampoco impusieron nuevas ideas que sustituyeran a las anteriores sino que como siempre, entre la indiferencia, la lucidez inútil y la debilidad de espíritu, se dejaron hacer, se dejaron mandar y dejaron que siguieran pensando y decidiendo por ellos. Tal vez se quejaron un poco. Gruñir y quejarse es una de sus mejores especialidades, pero incapaces de organizarse, imponerse, tomar el poder, improvisar y contestar, bajaron con rapidez los brazos, aceptaron los trabajos que les iban llegando, apartaron sus más profundas ilusiones en el fondo del armario interior y dedicaron todos sus esfuerzo a hacer lo que mejor sabían, lo que llevaban años haciendo: autosatisfacerse con lo que tenían, vivir el día a día de una sociedad capitalista a la que estaban espiritualmente plenamente acoplados, adaptando su consumo al máximo de lo que tenían y manteniendo una desconocida nueva actitud que convirtieron en adulta: jugar para siempre.

9 comentarios:

  1. Gracias por tu análisis. Interesante. El tema mileurístico está muy de actualidad. Todos parecen apuntarse al carro de los libros a ver quién saca el epíteto más acertado. Por si te interesa, aquí hablan de otro libro que también trata el tema: http://www.ociocritico.com/oc/wp/?p=1405

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  2. Impresionante lucidez. Y miedo da pensar en ese aspecto que comentas alusivo a esa próxima hornada de jóvenes violentos, desinformados e individualistas que ahora median la segunda década de sus vidas.

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  3. Simplemente brutal descripción de toda una generación. Es triste pensar que al final tanta educación, tantos estudios y tanta formación no sirvieron para labrarnos un futuro mejor. Al final será esa llamada "generación botellón" la que acabe arrinconando a los baby boomers y a la generación mileurista...qué pena. A veces me pregunto qué ha pasado y cómo se ha llegado a esta situación social tan terrible y dramática

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  4. Gracias por vuestros comentarios. Al final lo único cierto es que estamos aquí, en los treinta o treintaytantos muy lejos, bien personalmente o bien a través de los amigos y periféricos, de aquello que se pensó que esta generación podría hacer.¡Cuánta desidia vital!

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  5. Los que en 2009 tenemos 30 años vamos mas perdidos que los adolescentes, que parecen mas espabilaos, no se, me parece que a nosotros nos ha atropellado un tren.

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  6. Es que estamos en un periodo de transicion dicen, españa siempre esta en un permanente estado de transicion y no transiciona hacia nada mas que a insultos y cambios en la educacion para arriba y para abajo.

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  7. El escenario de los treintañeros de principios del siglo XXI es distinto al de sus padres; ha subido el nivel de vida, sus padres han encarecido la vivienda comprando segundas y terceras casas para veranear, la educacion ya no es un lugar para adquirir herramientas prácticas sino un loquero, los estudios universitarios a medio camino entre la españa del abuelo cebolleta y europa, el nivel cultural medio de la población es de toros y paella que mira a los universitarios como a extraterrestres; la revolución del ordenador personal crece hasta convertirse en hegemónica; y en medio de toda esta bacanal capitalista estalla la crisis dejando a los jóvenes flipaos en la inercia ascendente del hipermercado global.

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  8. La democracia en España tiene treinta añicos, así que mira el recorrido que falta.

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  9. No sé si más "espabilaos" como comentas, pero desde luego están perfectamente educados y adaptados a una realidad que se les ha dicho que es competitiva e individualista; y que en ella tienen que sobrevivir.

    Y están preparados y dispuestos.

    Que eso sea bueno, sería tema de otra discusión

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