29 octubre 2006

Children of men, una historia desesperada

Alfonso Cuarón (Y tu mamá también) firma una potente y creíble película de ciencia ficción que plantea un futuro inmediato y dramático en el que tras casi veinte años en los que no ha habido ningún nacimiento, nuestra raza se extingue sin remisión y sin esperanza. Un futuro localizado en una Inglaterra que sólo sobrevive al caos mundial generalizado gracias a un Estado totalitario, violento y fascista, en el que se prohíbe y castiga la presencia de inmigrantes ilegales (los fugis) mientras una sociedad fatalista y desmayada se compadece de sí misma y sufre los que sabe que son sus últimos días en el planeta, oscilando entre la desolación y la confusión. En medio de este panorama surge la figura de una fugi, una inmigrante ilegal, embarazada de ocho meses, última y única esperanza de nuestro futuro, que tendrá que atravesa la campiña inglesa protegida por un ex activista desencantado, alcohólico, fumador y fracasado que tratará de llevarla hasta un barco que, en teoría, la transportará a un lugar seguro. Un lugar donde el imaginario popular piensa que un grupo de científicos trata de evitar nuestra extinción. Perseguidos por unos radicales extremistas que consideran ese embarazo y la futura niña como la mejor arma para su lucha contra el sistema opresor, y siempre con la amenaza de las violentas fuerzas policiales, los personajes huyen en medio de la desesperación y la miseria general en busca de la última oportunidad de la humanidad.

Siendo interesante el argumento, que da pie a reflexiones sobre el ser humano, el significado de nuestra existencia y nuestros sentimientos de raza, lo cierto es que lo que más sobresale en la película (aparte de la magnífica interpretación actoral, con un inmenso Clive Owen y una desconocida pero efectiva actriz negra que encarna a la embarazada) es la puesta en escena, el diseño de producción y la firme y virtuosa labor del director. Filmada con un filtro que hace destacar los grises y atenúa los colores fuertes, la película nos presenta un futuro posible, verosímil, en el que ante una situación como la descrita se fortalecen los controles y las medidas que permiten mantener un mínimo de normalidad social a costa de la violenta represión de los elementos discordantes. El guión y las imágenes nos presentan con inteligencia decenas de retazos de esa realidad por la que desfilan los personajes y con las que el espectador se tiene que hacer una idea global sobre la situación, sobre lo que ha pasado en el resto del mundo y sobre las biografías vitales de los protagonistas y aquéllos otros que aparecen en los distintos episodios de la historia. Se consigue así un puzzle emocional y visual cuya parcial resolución aporta intensidad y fuerza a la película.

La historia sobrecoge, muestra a una humanidad repentinamente desorientada que se ha quedado sin metas ni objetivos. Una humanidad que siempre había sido capaz de perseguir egoístas fines particulares pero que se ve incapaz de soportar la idea de un futuro donde ella ya no vaya a estar presente. La caída a los infiernos de los personajes, en una huida que les llevará hasta unos de los guettos que el gobierno dispone para los inmigrantes ilegales, permite al director crear un crescendo emocional que encuentra su clímax y resolución en una sobrecogedora secuencia cerca del final, donde por un instante luce lo mejor de los seres humanos, su capacidad de entrega y desprendimiento puntual, antes de continuar su trayectoria hacia el fango y la ruindad que los miedos y la miseria le hacen recorrer con tanta asiduidad.

En definitiva, una interesante propuesta que se une a otras películas como Código 46 que, sin ser obras maestras, dejan un poso satisfactorio al que las ve y no dejan indiferente a nadie debido a la fuerza de sus planteamientos.

22 octubre 2006

Control

El problema es que Orwell está ya tan manoseado, citado y manipulado que ha perdido capacidad de impacto. Además en el fondo, el desarrollo tecnológico está superando claramente las posibilidades y el tipo de control que Orwell planteaba. La sociedad de control no es tan política como potencialmente comercial y económica. Tal vez moral. Casi me empieza a parecer más acertada la visión drogadicta, alucinógena y desquiciada de Philip K. Dick. Spielberg recogió muy bien el espíritu de su obra en la minusvalorada y nada desdeñable Minority Report: Control. Control total. En democracias no totalitarias y bajo regímenes amables. Por motivos lógicos, estadísticos, económicos, de salud... Metro de Madrid anuncia la mejora en el sistema de conteo de viajeros. Ya no basta con conocer el número de usuarios que se mete en el suburbano, hay que saber dónde van en cada momento y en qué líneas se meten. Ya no basta con torniquetes, se colocarán cámaras cenitales con las que se podrá ver qué líneas toman. Así, dicen con candor, se podrá conocer mejor las necesidades de cada línea, se podrá gestionar con mayor eficacia el número de trenes necesario para cada momento y el usuario saldrá beneficiado con un mejor servicio. Y un cuerno. Cualquier madrileño que coja el metro sabe a la perfección qué líneas y a qué hora presentan terribles y agotadoras aglomeraciones. Y nadie le explica con claridad a una población estresada y trabajadora, sin tiempo para reflexionar, los costes de privacidad que suponen estas mejoras. Es más útil atontarlos con la parafernalia de los nuevos juguetitos tecnológicos, que les enseñan y les muestran como importantes avances sociales cuando en realidad sólo sirven para tenerlos a todos más estudiados, más controlados, con menos posibilidades de improvisar o ser espontáneos.

Si a esta noticia le unimos otra que nos habla del nuevo billete electrónico que la Comunidad de Madrid va a implantar para el metro con un chip que se controlará con radiofrecuencia, igual que las carreteras de peaje, encontramos la realidad del futuro: siempre se sabrá dónde estás, hacia dónde vas, qué trenes coges, qué intercambiadores utilizas, por dónde entras y por dónde sales del metro. En todo momento. Porque siempre habrá que pasar por las zonas donde se implanten las máquinas registradoras. Posibilidad de control absoluto. Seguridad y eficacia nos venderán.

Y como yo no pienso de momento en la posibilidad totalitarismos políticos a la antigua, pero sí en totalitarismos sociales, empresariales económicos y publicitarios, todas estas noticias me desagradan y molestan. Veo más cerca (lo veo aquí, ya, ahora) la posibilidad de una realidad que supere aquella secuencia de Cruise andando por el centro comercial y el metro, en Minority Report, mientras le ofrecen publicidad a la carta en consonancia con lo que suele comprar habitualmente. Una información que lleva almacenada en su chip y que permite conocer más cosas de las necesarias sobre su persona. Y no me gusta.

Por cierto, Stalin y Hitler hubieran flipado ante la capacidades y recursos tecnológicos de control que en al actualidad existen. No conozco ningún avance científico que no haya sido utilizado finalmente en algún momento para fines perversos. Y en los últimos años, la verdad que el tema tecnológico se ha desarrollado con una velocidad de vértigo.

15 octubre 2006

La hipócrita moda de viajar

Viajar. Se ha convertido en un obsesión en sí misma para nuestra generación. Encerrados en asfixiantes horarios laborales que limitan el tiempo de ocio casi a la nada de lunes a viernes durante once meses al año, nuestra generación, la mileurista, descubrió pronto que había algo que nuestros padres jamás habían podido hacer y que los avances tecnológicos, la desaparición de la fronteras en Europa y el abaratamiento de los viajes internacionales y nacionales permitían realizar ocasionalmente con una rentabilidad personal y social muy importante. Convirtió el viajar en un signo de estatus, de relevancia entre amigos y familia. Mediante mecanismos aprendidos en sus años universitarios, estos jóvenes están avezados en la caza de las mejores y más baratas ofertas de vuelos y viajes, desligadas muchas veces de las agencias de viajes y con un coste económico que sin ser bajo, es rentable desde el punto de vista de la importancia que se otorga al hecho de escapar de la rutina durante unos días. Escapar... Sólo esa idea debería hacernos reflexionar sobre lo gris y monótona que resulta la vida diaria para tantos jóvenes que hace muy poco planeaban ambiciosos conseguir unas vidas completamente diferentes a las de sus padres, emocionalmente más ricas y laboralmente más emocionantes. Y a los que al final sólo les queda escapar.

Los mileuristas (escribiré un post próximamente sobre ellos (nosotros), cuando termine la lectura del libro de Espido Freire que los (nos) retrata) ansían esfumarse, escabullirse de sus obligaciones diarias, pero se han acostumbrado a que todo lo que realizan tenga y deba tener un valor añadido (algo grabado con fuego en nuestra conciencia capitalista). Viajar no sólo aporta la posibilidad de disfrutar de otros entornos y experiencias diferentes, sino que introduce nuevas variables en las conductas y relaciones sociales intrínsecamente relacionadas con el acto de viajar, pero fuera por completo de su ámbito inmediato. Viajar no es sólo viajar. Viajar es también tener la posibilidad posterior de contarlo. De hecho ya muchos sólo parecen viajar para eso, para contarlo. A este hecho les ha ayudado otra de las obsesiones de nuestra generación, que además han extendido a sus mayores y a sus hermanos pequeños. Se trata por supuesto del gusto por todo tipo de artefactos tecnológicos de última generación Gracias a ellos pueden registrar cada momento de sus emocionantes, extraordinarios y sorprendentes desplazamientos. Cada vez en busca de destinos más exóticos con los que poder impresionar (e impresionarse). Desde hace unos años hemos pasado de aquellos amigos, aficionados a la fotografía, que se tiraban horas para hacer un instantánea que consideraban mágica y especial, o de los miembros de la familia que eran los encargados (por tener cierto gusto e interés) de realizar las fotografías de los eventos familiares y que poseían cámaras tradicionales con un número limitado de fotos que tirar (principalmente por la pasta que costaban los revelados), a que cada miembro de la familia y cada miembro de un grupo de amigos tenga un cámara de fotos digital con la que hacer cientos de fotos (literal) en un fin de semana cualquiera de turismo. Todos ellos con una dedicación y un fervor que para sí hubiera deseado hasta el mismísimo Robert Capa. El asunto empeora con las cámaras de vídeo. La gente ya se perfecciona. Yo he sido testigo en la Casa-museo de César Manrique, en Lanzarote de cómo un tipo grababa en vídeo cada obra de la casa del artista (le daba igual que fuera un urinario o la piscina) mientras comentaba la jugada al micrófono del artefacto y hacía chistecitos idiotas con la intención (seguro) de luego atormentar a sus conocidos con las hermosas e impactantes imágenes de sus vacaciones. Mientas esto sucedía su hija realizaba fotos por doquier con su cámara digital, importándole un carajo lo que fotografiaba y su mujer retransmitía en directo a su hermana, a través del móvil, gritando por supuesto, la belleza de los maravillosos paisajes lunares que esa isla proporciona Al escucharla entraban ganas de cometer un crimen basado en objetivos criterios estéticos.

Porque al final lo que permanece es esa actitud: se trata de viajar siempre que uno pueda, irse a dónde sea. Quedarse en casa es de tontos, de pobres. Sólo se queda uno en casa si no puede evitarlo. Da igual si existe motivación de algún tipo para ese viaje, si hay algo de real interés salvo el del mismo hecho de viajar. Y por supuesto después, contarlo a la vuelta. Mediante imágenes. Cientos a ser posible. Además, no hay que ser muy listo para saber que existen pocos genios o artesanos cualificados en cualquier arte en general. Es decir, lo de menos es la calidad de lo que muestres sino que lo muestres muchas veces, desde muchos ángulos distintos, muchas poses, muchas risas, muchas puestas de sol que fueron maravillosas pero que en imagen sólo son anodinas, muchos edificios y monumentos que descontextualizados carecen de toda importancia y presencia. Muchas veces muchas mismas cosas. Pero da igual. Algunas veces, pocas, encuentras una fotografía maravillosa, o simpática, o impactante entre toda la morralla que te enseñan, pero hay que tener una constancia y una paciencia infinita para esperarla y apreciarla. A veces cuando llega esa joya, el sentido de la vista y de la estética está ya tan colapsado que ni siquiera tiene fuerza para valorarla. ¿Por qué esa necesidad de vivir a través de lo que cuentas a los demás? No me vale la excusa de que se quiere compartir lo vivido. Es mentira. Es una falacia para mentes idiotas. ¿Nos estamos transformando en unos replicantes humanos capaces sólo de sentir a través de las imágenes?

Siempre ha existido gente con ímpetu viajero. Con un ansia descomunal de descubrir y sentir la realidad de otros lugares, de apoderarse de sensaciones y costumbres diferentes, de conocer parajes y paisajes singulares. Yo creo que todos poseemos algo de ese ímpetu en mayor o menor medida. A todos no gusta salir de nuestro entorno habitual y plantarnos en lugares diferentes. Descubrir la belleza de otras ciudades o sentir el aire fresco en una montaña perdida. Pero lo que no me creo es esta avalancha de Admunsens y Scotts urbanitas. Me parece un tara más de esta sociedad nuestra que nos obliga a sublimar nuestros problemas reales con dosis de imbecilidades varias, que tomamos dóciles y gustosos porque somos incapaces de decidir con madurez y criterio cuáles son nuestras preferencias, nuestras prioridades y nuestros hobbies, más allá de lo que la masa impone que es la moda.

Desde que hace unos meses Carol anunció que en navidades iría a Australia para visitar a su amiga Elena, y que yo había decidido que no iba a ir con ella he experimentado con cierta sorna el grado de tontería que se ha generado entre todos en torno al tema de los viajes, la relevancia que ha cobrado y el tótem en el que se ha convertido entre la gente de nuestra edad. Obviando comentarios de familiares y amigos muy cercanos cuya lógica confianza les permite soltarme lo que les de la gana desde el cariño y la amistad, lo cierto es que todas las personas que por un motivo u otro se han enterado de la situación que se planteaba han reaccionado de la misma forma (eliminando los malévolos que han visto en ello algún problema oculto en nuestra relación): “¿Tú no vas? ¿Por qué? ¡Qué tonto!... Anda que si yo pudiera...” Con dos cojones. Da igual que yo, educado, les respondiera que me parecían muchas horas de avión, que significaba utilizar todas las vacaciones de navidad, que en este momento por circunstancias personales me parecía que era un viaje demasiado lejos y demasiado largo para afrontarlo. También que a mí Australia tampoco me llamaba mucho... Da igual, el gesto de sorpresa en la cara no se les iba. A viajar no se renuncia. Definitivamente yo era un gilipollas. Viajar (y encima a un lugar exótico como ése) significa demasiado emocionalmente en nuestra perdida generación para desperdiciar un cartucho de elefante como éste. Yo hasta ahora tras las pertinentes explicaciones me callo y cambio de asunto. Lo que pienso realmente lo estoy exponiendo aquí por primera vez. Vamos a ver: ¿Por qué cojones tengo que ir yo a Australia? ¿En mi trayectoria vital ese país significa algo que compense y dé sentido a ese desplazamiento? A Australia sólo me liga el factor humano. El enorme placer que supondría volver a ver a Elena. El gustazo que significaría tomarme unos whiskies con ella y Rhyall. Charlar con ellos. Pero nada relacionado con esa zona del mundo. En mi vida, antes o después de conocer a Carol, nunca me habría planteado viajar allá. Entonces: ¿Por qué tengo que ir? ¿Por ese motivo? Bueno, pero es que por ese motivo debería viajar antes a Francia a ver a mi hermano Migue, o podría irme a Colorado a tomarme otro copazo con Juanma. ¿Porque una oportunidad así no se puede desperdiciar? Como que oportunidad. Un viaje como ése cuesta 1500 euros del ala. Allá aquél al que le parezca poco. Para mí desde luego que todavía no he cobrado mi primera nómina es un pasta, pero a todos los lúcidos que me miran con cara de pasmarote cuando les digo que no voy les invito que retiren ese dinero de sus cartillas y disfruten de ese viaje inaplazable. ¿Qué podría conocer un sitio completamente diferente? Pues lo siento señores, a mí me gusta viajar pero ese ímpetu tan marcado no lo tengo. No me voy a marcar cada año un viaje de este tipo y la verdad es que si lo racionalizo, por cuestiones personales, literarias sentimentales y culturales preferiría afrontar un viaje a la Patagonia argentina o un recorrido de meses por toda Latinoamérica. Que está claro. Que me cuesta bastante viajar lejos. Punto. Que es un viaje muy largo. Punto. Que es un pena no ver a Elena. Sí. Pero seguro que ella disfruta con la presencia de su amiga y yo, mientras, me tomaré muchos whiskies con mis hermanos en Sevilla. Y qué le vamos a hacer, lo siento, seré feliz y me lo pasaré muy bien. A pesar de no haber viajado a las antípodas. A pesar de no poder contar nada a la vuelta.

01 octubre 2006

El muro

Levantará un muro EEUU en la frontera con México. Para tratar de impedir una inmigración ilegal que ya no le sirve como antaño y supone un peligro para su equilibrio interno, tanto económico como social. Un telón de acero posmoderno que representará mejor que cualquier ensayo o documental la nueva división del mundo. Occidente se quita lentamente la careta, abandona con alivio las formas que se autoimpuso tras la Segunda Guerra Mundial, el discurso se hace pragmático y sólo faltan dar los pasos definitivos en la dirección que socialmente se impone para que aceptemos como lógico el establecimiento de muros fronterizos defensivos (y ofensivos) que contengan los desvaríos de un Tercer Mundo que se niega a morir de inanición y pretende alterar nuestro precario equilibrio liberal.

No supone ninguna sorpresa ese muro. Los que se rasgarán las vestiduras desde este lado del Atlántico ni siquiera tendrán un segundo para reflexionar y darse cuenta que ese muro es nuestra valla con Marruecos. Una valla donde hace unos meses nos acostumbramos a ver hordas de desesperados que quedaban atrapados en los pinchos metálicos que científicamente colocamos para que eso mismo les sucediese. Una valla que ha desaparecido de nuestros telediarios y ha dejado de provocarnos indigestiones morales, gracias a que nuestro gobierno socialista pagó con generosos acuerdos a Marruecos para que vigilaran con interés su zona de la frontera y evitaran que nos tuviéramos que acostar con esas terribles imágenes en la retina. Imágenes en las que unos tipos se destrozaban sus ropas, sus pieles y sus vidas tratando de saltar esa valla de la vergüenza. Ahora ya no vemos nada. Ya no hay imágenes. Ya no hay pruebas. Sólo la horrible certeza de que Marruecos hará lo que nuestra hipócrita sensibilidad europea no quiere conocer pero desea desesperadamente que otros hagan por ella.

Pero nuestra valla no era un símbolo. El mar nos rodea. Las pateras y las carreras bajo los focos y la luna de Melilla han sido sustituidos por los cayucos. Y el mar de momento no hemos encontrado una manera de cerrarlo. El muro de EEUU sí lo es. Es el símbolo de un punto de inflexión. El país que creció, se consolidó y consiguió la hegemonía mundial gracias a la inmigración y su inteligente reconversión en americanos de corazón, abandona parte de su idiosincrasia, aprovecha el evidente hastío social actual, los miedos que se han generado, la eterna amenaza de la pérdida de trabajo que soportan las clases bajas y ha decidido que es el momento de dejar de repartir el pastel. Que es el momento de comerse lo que queda sin compartir con nadie más.

Este verano comentaba con unos amigos que creía que a lo largo de nuestra vida seríamos testigos de cambios brutales en las decisiones de los gobiernos respecto a la inmigración. Llegaría un momento (especulaba yo, entonces) en el que aceptaríamos de mejor o peor manera, con cierto pudor y molestia pero sin oponernos activamente a ello, la necesidad de cerrar nuestras fronteras no sólo con muros y vallas, sino también con armas y muertos. Ese giro desgraciadamente lo veremos. Y no será para asegurar nuestra supervivencia, sino nuestros privilegios.