21 marzo 2010

Sobre educación, profesores, bilingüismo...

Esta mañana en el post de Perlas boloñesas recibí un comentario que me invitaba a reflexionar sobre los porqués del deterioro educativo en Madrid. Rápidamente comprendí que el tema requería de mayor espacio para la reflexión, que no podía dejarlo en un simple comentario Entre otras ideas de valor Elba planteaba lo siguiente:

"...Intentaré concretar: me dirijo a ti para preguntarte, como profesor y persona implicada en la difusión de la cultura que pareces ser, si puedes explicarme por qué no se produce una oposición dentro del sector educativo hacia las continuas barbaridades que nos caen del cielo político. El que los padres veamos en un bilingüismo pobremente aplicado la esperanza de salvación ante todos los fantasmas que nos hacen ver en la educación pública me parece hasta lógico, porque no conocemos, no sabemos, y nos dejamos llevar fácilmente (y pido disculpas para quienes no lo vean así y no se consideren dentro de esta masa de incultos en la que yo nado), pero que ni siquiera los profesores digan ¡hasta aquí hemos llegado! no consigo entenderlo."


"... imponer el bilingüismo importido por profesores que no son bilingües, además de otras consideraciones que no incluyo por conseguir abreviar, me parece un error tan gravísimo, tan maquiavélico y tan obvio que no entiendo cómo no son los propios profesores los que se nieguen a hacerlo. Si un alumno medio de la ESO ahora mismo ya no entiende las instrucciones de la lavadora, ¿las va a entender si le explican geografía e historia en inglés?"

El problema que plantea Elba es fundamental en la situación actual de la educación pública de España (no sólo Madrid), un punto de inflexión, y espero que para después del verano tanto ella como el que quiera pueda disponer aquí de un artículo más largo analizando las posibles consecuencias de la implantación en nuestras aulas de este bilingüismo segregador, absurdamente elitista y nocivo para la formación en contenidos y para el dominio de la lengua española, que, unido a la nueva moda de educar en competencias (preparar trabajadores) reduciendo contenidos, permite vislumbrar un futuro nada halagüeño para una educación pública que tendrá que lidiar con todas la dificultades que traerán semejantes despropósitos.

Ni Francia, ni Alemania (por poner dos ejemplos de peso) plantean modelos tan radicales en el aprendizaje de los idiomas, y los modelos de enseñanza bilingüe funcionan en aquellos países donde su implantación es reflejo de un verdadero bilingüismo social (véase los países nórdicos), cosa que evidentemente no sucede en España. La astracanada es intentar crear un bilingüismo artificial desde la escuela en una sociedad en la que el inglés no se utiliza porque falta costumbre y necesidad. Y eso no va a cambiar de la noche a la mañana. Lo que sí va a pasar es que una o dos generaciones de españoles van ser objeto de un experimento cuyos resultados no han sido contrastados por ningún estudio serio y que  la transversalidad social va a hacer de este modelo un elemento más de estratificación socioeconómica (¿los hijos de quién accederán a este modelo educativo?).

La implantación del bilingüismo en Madrid es una estrategia política (nunca un error aunque tal vez sí tenga algo de maquiavélico) que va a servir para desactivar completamente los mínimos intentos de contestación desde el ámbito educativo a la destrucción del tejido público educativo. Va a provocar recelos y disputas entre los propios profesores puesto que los que se adapten al modelo y se habiliten para impartir las materias en inglés (o para parecer que lo hacen) cobrarán más y darán clase a los mejores grupos en los que se convertirán en los mejores institutos, lo que unido al refuerzo (económico e institucional) que se ha hecho de la figura del director convirtiéndolo definitivamente en una marioneta de los poderes políticos permitirá que la poca energía que quede en los centros se gaste en reyertas (que preveo sangrientas) internas. De esta manera se dispondrá del margen de maniobra necesario para completar el proceso de privatización en el que anda embarcado el PP de Madrid (no estoy muy seguro por cierto, por informaciones que nos van llegando, que el PSOE hiciera algo muy distinto) desde hace muchos años. Convertir la educación en un negocio es una demanda (legítima o no, eso sería objeto de otra discusión) liberal para conseguir de esta manera reducir el gasto público trasladando parte de los costes (que en conjunto se aumentan mediante la introducción de banalidades en forma de extraescolares y demás bagatelas) al consumidor directo, unos padres que (dicho con todo el respeto) sirven de “tontos útiles” en toda esta historia, ya que a pesar de haber sido ellos mismos, en su gran mayoría, educados gratuitamente a través de los impuestos en escuelas públicas ahora, deseosos de demostrar el amor y la preocupación por sus hijos de la única manera que esta sociedad permite (es decir mediante el gasto y el consumo), e imbuidos de ese miedo visceral que se ha conseguido inocular a la población en esta sociedad decadente que demanda continuamente más seguridad aún a costa de asumir la pérdida de libertades y derechos, matriculan masiva y compulsivamente a sus hijos en la privada-concertada en busca no ya de una mejor calidad educativa (eso es lo que se dice, pero mi experiencia me demuestra que no suele ser el motivo real del abandono de la educación pública. Por otro lado todo el que conoce la educación sabe que no es una verdad objetiva que el nivel de formación que se ofrece en la privada-concertada sea superior al que ofrece la pública en condiciones similares) sino en un desesperado intento por conseguir que  sus retoños no entren en contacto directo con problemas sociales a los que afortunadamente la pública intenta dar respuesta.

Respecto a lo que Elba comenta sobre los profesores está claro que evidencia una realidad constatable cada día en los institutos: su tremenda apatía política que afortunadamente no es siempre trasladable al ámbito profesional. A pesar de lo que se intenta transmitir a la sociedad mi experiencia en diferentes centros me lleva a concluir que el profesorado en general es gente que intenta cumplir con su labor de la forma más correcta posible, aunque en un tema tan sensible como la educación siempre se echa de menos más compromiso, más responsabilidad y menos quejas en un colectivo que tiende siempre a un victimismo exasperante. Pero la apatía política (que debe entenderse no en términos de adscripciones a partidos o sindicatos sino en términos de activismo social y preocupación por las consecuencias sociales de la labor desarrollada) es manifiesta, es brutal, y el silencio del profesorado ante los envites de la administración y el general desafecto e incluso desprecio de la sociedad es ensordecedor. A pequeña escala la actitud de este colectivo no es más que una muestra representativa de esa sociedad insolidaria y vacía que tan sólo se preocupa por su propio bienestar. Porque aquí es donde quería llegar, la responsabilidad de los profesores es importante, ellos deberían ser una luz que sirviera para ayudar a esclarecer los verdaderos problemas educativos que nunca son los que airea la prensa amarilla (en ella englobaríamos a 100% de la prensa generalista española) ni los que provocan los políticos. Pero no se nos puede olvidar que al final la educación publica es un servicio que nos ofrecemos a nosotros mismo a través del estado, y por tanto toda la sociedad como padres potenciales, padres con hijos en edad escolar o padres que lo fueron, deberían preocuparse y luchar en los conflictos planteados.

Al final en nuestra sociedad cada uno termina viviendo sus propias ficciones y los padres se dejan dominar por sus miedos y no por los datos objetivos que les dicen que la educación pública funciona tan bien (o tan mal) con la privada-concertada pero que al menos en ella sus hijos no van a estar en manos de profesores coartados por las directrices ideológicas de las empresas o cultos religiosos que controlan las segundas y restringen la esencia de la educación: la libertad para poder expresar ideas (algo que debería ser innegociable en democracia). Y para que quede claro lo que planteo, cómo los profesores han asumido a la perfección ser intrascendentes como colectivo y han decidido eludir la responsabilidad de defender aquello en lo que trabajan, es necesario conocer el altísimo porcentaje de profesores de la pública que llevan a sus hijos a la privada-concertada, defendiendo su elección (como no dudo que harán los que metan a sus hijos en los programas bilingües) con las mismas ideas peregrinas que el resto de la sociedad, pero poniendo de manifiesto una incoherencia laboral e ideológica de tal magnitud que al menos nos sirve para empezar a comprender la magnitud del problema y las razones ocultas por las que nada de lo que pasa provoca contestación de ningún tipo, y sólo una enorme desazón, soledad y rabia en los pocos que todavía pretendemos intentar pensar en una educación realmente pública y de cierta calidad

19 marzo 2010

Regresión musical

Por este motivo y gracias a 90 eurazos (por persona) no estoy este fin de semana visitando a la familia en Sevilla

Nostalgias personales obligan

13 marzo 2010

Diez razones (subjetivas) para odiar a Spielberg


  • El puñetero oso de Inteligencia Artificial: la secuencia sin sentido en la que recoge los pelos de la madre adoptiva del niño-robot para, de manera meliflua, casi una hora de metraje después, poder utilizarlos en una clonación inverosímil que permite a Spielberg un final que raya la pornografía sentimental (y produce arcadas al espectador).
  • El final de La lista de Schindler: el grosero tránsito de la elegante, distanciada y adulta fotografía en blanco y negro a un vulgar y chillón color para ser testigos de cómo un grupo de pensionistas hacen cola para colocar una piedra en una tumba al son de la sensiblera música de John Williams

  • El niño raptado de Minority report: el insistente uso de las imágenes del niño en el lago vistas por un Cruise yonkarra que sirven para justificar sus facistoides métodos y para que el espectador comprenda que finalmente habrá redención para ese padre con sentimiento de culpa.
  • La guerra de los mundos, toda ella, enterita, menudo bodrio, infumable: otra vez Cruise dispuesto a demostrar que se puede ser un padre de mierda incapaz de conectar con tus hijos en la vida cotidiana pero que, ante un ataque alienígena (algo de lo más habitual, vamos), hará lo que sea por su afligida prole para lograr la medalla de "padre del año". De nuevo la obsesión por la familia de Spielberg nos deja momentos, miradas y secuencias que nos revolverán el estómago.
  • El final de Salvar al soldado Ryan: Spielberg plagiándose a sí mismo con la secuencia que cierra la película, en la que un Ryan envejecido visita con su familia la tumba del tipo que lo salvó (matando por el camino a los otros siete u ocho miembros de su compañía, cuyos felices familiares nunca nos muestran…) para que al espectador no se le vaya a ocurrir reflexionar sobre la inutilidad de la guerra y de los supuestos actos heroicos que ha presenciado.
  • Esa cosa espantosa, empalagosa, azucarada y deplorable llamada Always: ¿alguien se acuerda de ella? Normal…
  • El Peter Pan más detestable de la historia: esa cara de panocha de Robin Williams haciendo el imbécil al principio de Hook simulando un duelo de pistoleros con un compañero de trabajo para mostrarnos la alienación capitalista del personaje. Otra vez las arcadas…
  • El plano retocado por ordenador de ET, veinte años después: para evitar que posteriores generaciones pudieran considerar que se había planteado la (horrenda e inverosímil) posibilidad de que unos policías apuntaran con sus armas a un grupo de niños en bicicleta. Menudo personaje...
  • El mundo perdido: o cómo conseguir destrozar el recuerdo de una buena película construyendo una secuela innecesaria, aburrida, con personajes planos y acartonados que consiguen que sean los velocirraptores los seres con más personalidad de los que deambulan por esa isla.
  • Y aunque suene a herejía, la plúmbea, pretenciosa, insoportable e intrascendente Encuentros en la tercera fase: pocas películas han envejecido tan mal como ésta en los últimos treinta años