14 diciembre 2015

10 años de Discursiones

Pues sí, parece mentira pero el domingo 13 de diciembre este blog, Discursiones, cumplía diez añitos. Teniendo en cuenta que la constancia nunca ha sido, desgraciadamente, mi mayor virtud, me siento muy contento y satisfecho por haber llegado hasta aquí manteniendo con vida este proyecto.

Discursiones nacía allá por 2005 (explicando aquello de discursos y discusiones), como una prolongación natural de una serie de cuadernitos azules que me habían acompañado durante los años de carrera y en los que había escrito o bosquejado cuentos, pensamientos, ideas y emociones. Por entonces aun ni siquiera era profesor, apenas llevaba tres años viviendo en Madrid y tampoco tenía muy claro para qué me iba a servir aquello de un blog, ni cómo lo iba a usar, ni si alguien lo leería. Hoy, diez años después, tras casi 300 posts publicados todavía sigo sin tener muy claro para qué sirve esto de un blog, cómo lo uso y tampoco si realmente se lee lo que escribo.

Discursiones nació en plena burbuja bloguera, cuando parecía extraño no conocer a alguien que en ese momento no estuviese empezando un blog o se plantease tenerlo. De aquella explosión inicial queda poco. Casi todos los blogs que empecé a leer con interés hace 10 años fueron cerrando o abandonándose. La burbuja bloguera explotó y las nuevas redes sociales, primero facebook, después twitter y finalmente toda la miríada de aplicaciones de móvil que permiten transmitir mensajes, fotografías y emociones, parecieron matar a los blogs. ¡El blog ha muerto!, clamaban lo agoreros cibernéticos. Cada año los gurús de turno matan "viejas" formas de comunicación en la red mientras que hacen como que descubren otras "nuevas" que vienen a sustituirlas. Es tan aburrido... Porque lo cierto es que ni aquellas mueren del todo ni estas son tan revolucionarias como pretenden parecer. Al final, todo esto de la web 2.0 trata sobre la necesidad de comunicación, sobre la posibilidad de expresarnos, de contarnos cosas los unos a los otros, por escrito, mediante imágenes, como sea... Y de mantener ese extraño punto de vanidad que supone pensar que a alguien le va a interesar lo que haces.

Desde que empecé mi aventura bloguera he leído o escuchado todo tipo de consejos (baratos) sobre cómo se debía escribir en los blogs, sobre cómo se debían construir los posts para que tu página tuviera muchas más visitas, para adecuar lo escrito a las supuestas expectativas del lector zombi y disperso de la web 2.0. Había que impactar, había que escribir con frases cortas, nada de grandes párrafos, nada de entradas demasiado largas, había que modificar el diseño del blog cada cierto tiempo para hacerlo más atractivo, terminar las entradas apelando a la opinión del lector, provocándole para que respondiera, intercalar texto con fotos y videos... Intenté en ocasiones poner en práctica alguno de estos consejos pero siempre me aburrió esa forma tan artificiosa de bloguear; con los años solo quedó intacta la esencia por la que abrí este blog: escribir. Expresarme por escrito. De lo que me interesara. Con la profundidad y la extensión que a mí me parecieran bien. Al fin y al cabo para epatar, simplificar y trivializar ideas ya tenemos facebook y twitter, ¿por que no dejar los blogs para otra cosa?  Por no cumplir los preceptos blogueros no fui ni siquiera capaz de adecuarme al que decían que era el más importante: un blog debe ser temático, debe estar centrado en algún aspecto reconocible para el lector. Pues nada, lo dicho, incapaz. En Discursiones se han mezclado, como en propia vida, lo personal con lo político, lo social con mi trabajo, mi ideología con mis aficiones, mis lecturas económicas con las novelas escritas por amigos, la educación con el cine. Un totum revolutum, una extraña amalgama de ideas y emociones que yo mismo a veces no he sido capaz de desentrañar. Al final, como decía, lo único cierto es que lo que me lleva a seguir escribiendo y publicando es lo mismo que al principio: mis obsesiones particulares, mis miedos, mi rabia política. A veces, mi dolor.

Tal vez por todo esto le tengo tanto cariño a este blog. Porque, por un lado, expresar lo que pienso por escrito me ha ayudado a aclarar muchas ideas, a mejorar los argumentos de aquello que defiendo, a profundizar sobre lo que escribía porque sentía que me faltaban lecturas. Pero también, por otro lado, me ha servido como paño de lágrimas, como espacio de participación política, como una forma de presentarme al mundo menos comedida de lo que las convenciones sociales nos obligan en el día a día. Es cierto que nunca he escrito con la asiduidad que me hubiera gustado tener (algo que con los años va a peor), y que se cuentan por decenas los posts iniciados y nunca finalizados. Escribir no es algo sencillo para mí, me cuesta decidirme por estructuras, lenguaje y tipo de argumentación. Y me disperso con una mosca que pase. Pero eso ya no me angustia como al principio, ya he asumido que nunca podré escribir 50 entradas al año y he dejado de pretenderlo. Tal vez por eso ha dejado de rondarme la idea de cerrar el chiringuito y dejar este blog atrás. Hace un año pensaba que nada mejor que el décimo aniversario para cerrar Discursiones. Ahora ya no lo tengo tan claro. Ya lo iré viendo. De momento, esta ventana a mi vida y a mis ideas seguirá abierta. Y, por supuesto, esperando siempre que haya alguien por ahí al que le interese lo que escribo.

11 diciembre 2015

Tu voto a la casta legitima sus políticas (y su corrupción)

Rivera y Ciudadanos no pueden venir a cambiar nada del sistema porque precisamente son la respuesta del sistema a la amenaza que suponía la crisis social. Son sistema. Y es ese sistema que los creó el mismo que cultiva con mimo la corrupción política como eje central de la economía capitalista.

Estaban jodidos, el miedo empezaba no dejarles respirar, ya no era solo de un bache, una crisis pasajera, un problema financiero extranjero, primero, un problema financiero nacional, después, una epidemia que solo afectaría al sector de la construcción, más tarde, o al menos que solo alcanzaría a los trabajadores menos cualificados, a los inmigrantes, a los menos preparados, finalmente... Solo quedaba culpar de todo a la inutilidad de Zapatero y sus mediocres ministros. 2011 llegaba a su fin, el 15M había sido nuestro pequeño mayo francés y, por tanto, los españoles "de orden" decidieron que nada mejor que hacer lo mismo que entonces los franceses: mandar a tomar por saco la utopía y darle el poder a la derecha más rancia. Llegaba Rajoy, ese tipo, ese crack, campechano2, Plasmaman, y con él los miedosos y los pragmáticos de esa particular clase media española (con ínfulas) esperaban que llegara la tranquilidad, la "normalidad", es decir, el puteo de los de siempre atemperado por un estado de bienestar cada vez más frágil. Muchos, como antes cuando votaron a Aznar, dejaron de lado cínicamente sus engolados discursos sobre la necesidad de justicia social y volvieron presurosos y acongojados a echarse en los brazos de esa derecha que se promete liberal pero que solo es siempre elitista, conservadora, injusta y sumisa con el poder económico. Asumían sin vergüenza (desde el silencio de su voto secreto) que ese PP, en ese momento, sería terrible para lo social, sabían que laminaría derechos, que intentaría imponer leyes retrógradas y que sería servil con los poderes financieros. No les importaba. Aterrados ante la posibilidad que el contagio les alcanzara por fin y el país quebrara, sólo esperaban una cosa: que Rajoy  los salvara en lo "económico". A ellos, claro, a esa particular clase media (con ínfulas), a esa extraña mezcla de funcionarios, profesionales liberales, trabajadores con estabilidad de grandes empresas, autónomos sin problemas y acojonados con rentas altas en general... Pero resultó que no. Ni de lejos. Sucedió lo contrario. Todo empeoró: se seguía destruyendo empleo, esa clase media (con ínfulas) sufría y menguaba, nuestra deuda pública se disparaba, se producían dolorosos recortes sociales, se anunciaban otros peores y para lo único que había dinero era para salvar al sistema financiero. Cojonudo. Fue entonces, solo entonces, cuando la inicial estéril indignación del 15M cristalizó por fin en una rabia constructiva, política, en un encabronamiento organizado: había que echarlos, a todos, el problema era el sistema, tenía que haber otra manera de organizar las cosas, y ya no servían los partidos nacidos al amparo de la transición, partidos estructuralmente corrompidos hasta la médula, aciagos instrumentos del poder económico. No sería mediante las siglas enfangadas y putrefactas del PP y del PSOE como se produciría la metamorfosis moral. El instante de lucidez, alimentado por la desesperación, sirvió para que muchos ciudadanos dejaran de lado durante un segundo el miedo y volaran libres, tal vez como nuestros mayores tras aquel carpetovetónico golpe de estado en 1981. Se miraron a las caras, buscaron alternativas, se encontraron con Podemos, escucharon a Garzón, descubrieron economistas alternativos, apoyaron nuevas medios de comunicación, dejaron de lado viejos intelectuales colectivos, discutieron, conversaron... No todos, claro, pero sí los suficientes. Era el momento de intentar algo diferente, ¿no? Porque además, con los sueldos congelados o jibarizados, con la amenaza de que al final también ellos caerían, los integrantes de esa clase media (con ínfulas), que hasta esos momentos habían vivido conscientemente en la inopia, vieron que igual ya tampoco tenían tanto que perder. Pocas cosas más peligrosas para el poder capitalista que una clase media sin expectativas, que se sienta desamparada por el sistema, porque su razonamiento no por cínico es menos peligroso para el sistema:"Vale, normal que si la cosa va mal le toque a los otros hundirse en la miseria, durante un tiempo, sí, a los otros, a los pobres, a los de siempre, pero, ¿cómo es posible que nosotros podamos vernos también finalmente en el arroyo? ¿Cómo es posible que tampoco nuestros hijos, ¡"con estudios"!, no tengan posibilidad alguna de futuro?".

Así fue como en muchas casas, en reuniones familiares, a la hora de la comida, no se pudo mantener por más tiempo ese pragmatismo egoísta, revestido de candor ideológico, con el que se minusvaloraba la importancia de las corruptelas políticas de unos y se criticaba superficialmente las de los otros, para después seguir como siempre, como si nada pasase y nada importase. Ya no, el miedo hacía carne en el cuerpo de los mayores mientras que una rabia lúcida arraigaba entre los más jóvenes: los telediarios y los periódicos, según intereses bastardos, deambulaban desde personajes de Ibáñez como Bárcenas (y un presidente que lo apoyaba a través de indecentes mensajitos de móvil), hasta leyendas socialistas de putas y cocaína; desde catalanes honorables con cuentas millonarias en Andorra y Suiza, hasta socialistas andaluces convencidos de que la justicia social era posible siempre que el dinero público recayera entre los suyos; desde comunistas miserables que disfrutaban de tarjetas black, hasta la pléyade de políticos, afines a Aguirre, corrompidos hasta la médula por Gürtels y Púnicas.... El hedor era asfixiante, y padres y abuelos, durante un breve intervalo de tiempo, fueron incapaces de seguir imponiendo sus hipócritas discursos a unos hijos y nietos que, aspirando poco más que a ser mileuristas temporales, cayeron por fin en la cuenta de que su precariedad iba a ser para siempre. No, ya no servía entonar el discurso progre mientras se votaba con la cartera, era un ellos o nosotros, sin matices. Muchos de los hijos y nietos de esa clase media impostada vieron la luz, por necesidad (solo a hostias aprenden algunos), se dieron cuenta de que su posición y su futuro dependía mucho más del estado de bienestar de lo que su ego y el de sus padres les había permitido hasta ahora aceptar socialmente. Y empezaron a escuchar a tipos como el coletas. A algunos parece molestarles hoy recordar el soplo de aire fresco que Iglesias significó. Por fin alguien era capaz de contrarrestar esa falsas verdades neoliberales que pitufos intelectuales como Marhuenda o Inda intentaban hacer pasar como verdades dogmáticas. Las tertulias políticas televisivas parecieron ser, por un instante, algo más que un pudridero intelectual, parecía que había verdad y dialéctica en ellas, que la controversia iba más allá del espectáculo que augurara Debord. Y lo padres, y los abuelos, tuvieron que bajar la cabeza. Sin argumentos, sin alternativas, dieron la razón a sus hijos y nietos: los que estaban no servían. Todo tenía que cambiar.

Pero el tiempo pasó, y en España hemos descubierto durante esta última legislatura que los meses parecen años, y que los años del PP iban a ser más difíciles de resistir de lo que se imaginara el Wyoming:



Nada peor que el paso del tiempo para convertir en rutina el discurso de excepción y para que las ansias de cambio se pudrieran en muchos antes de conseguir nada. Otra vez. Porque el ser humano es capaz de dar lo mejor de sí en el instante, pero a la larga, con el tiempo, su condición miserable y cobarde suele ser la que gobierna sus acciones. El poder económico y político (no solo en España sino en Europa, porque, ¿qué sería de nosotros y de nuestra economía, y de nuestra prima de riesgo, sin la intervención decisoria del BCE protegiendo a "uno de los suyos"?) lleva un año dedicado a construir una realidad artificial para nuestro país a través de la mejora de nuestro números macroeconómicos. ¡Ya crecemos! ¡Ya creamos empleo! ¡El paro dejó de aumentar! ¡Vuelve el consumo interno! ¡Paren las rotativas! Y aunque la realidad nos diga que tenemos casi tantos parados como cuando se fue Zapatero, que hay menos afiliados a la seguridad social que entonces y que el trabajo que se crea es una mierda que solo permite vidas de supervivencia, muchos integrantes de esa particular clase media española (con ínfulas) empezaron a darse cuenta de que ellos no estaban tan mal, que seguían dentro del sistema, que finalmente la epidemia había pasado de largo sin afectarles y dejaron de tener ese miedo cerval que la cercanía al abismo les había provocado. Y sin ese miedo, ¡ay!, sin ese miedo la rabia abandonó sus cuerpos y surgió de nuevo el más rancio conservadurismo, la desconfianza por el cambio y el hipócrita pragmatismo político. En algunas de esas casas donde se había pedido el cambio a voz en grito se empezó a pedir un cambio, sí, pero diferente, mejor un cambio homeopático, sin contraindicaciones. Pero, claro, había que amansar también a sus jóvenes cachorros. No había problema. Estaban tan acostumbrados por educación a la docilidad que ellos mismos ya empezaban a creerse el discurso de la recuperación, empezaban a pensar que tal vez la cosa realmente estaba mejorando, que a lo mejor ese trabajo precario de mierda se convertía en el futuro en algo más: "no sé, igual es verdad  y me puedo salvar, yo, claro, tal vez ahorrando y esforzándome me puedo comprar un cochecito, yo, claro, tal vez, con el tiempo, incluso una casa, al fin y al cabo el aval de papá y de mamá ya no peligra, no sé, mejor no liarla más, además los otros se han radicalizado demasiado, ya no son como al principio, tal vez ese partido nuevo... ¿Ciudadanos se llama, no? Ese Rivera parece un tío con las ideas claras, además tiene estilo, es joven, habla bien, ¡si hasta le gusta a la abuela! Con su chaqueta, bien vestido, más formal que el coletas... Porque yo a Rajoy no le puedo ya votar, a ver, que al final no lo ha hecho tan mal, entiendo que mis padres lo vayan a volver a votar... ¿la corrupción? ¿los recortes? ¿los parados? ¿el brutal aumento de la deuda? ya, ya, vale, por eso yo no le votaré, ni mis amigos, pero el Rivera éste sí me sirve, sí nos sirve, o incluso el otro, el guapito ese del PSOE, ni me acuerdo de su nombre, qué más da, pero sí, tal vez sea mejor votar a uno de estos dos, que haya un cambio sí, pero tranquilo, que no se note mucho en lo esencial, que no se joda "la recuperación", que todo cambie, sí, pero para que todo siga igual..."

Los votantes como yo llevamos perdiendo años, elección tras elección. Y se acepta. Faltaría más. Ese es el juego democrático, ¿no? Pero lo que ya no es aceptable, lo que es insoportable es el postureo social indecente de algunos. Lo inaguantable es llevar escuchando meses a tanto indignadito de salón para que ahora, a la hora de la verdad, vuelva a inclinarse por la vieja política, por la casta parasitaria, por el sistema fallido. Pues no. El discurso deshonesto no hay por qué respetarlo: no me vendas motos, excusas, ni datos artificialmente retorcidos, votante del PP. No me deslumbres con tu imbecilismo adanista, votante de Ciudadanos. No apeles a tu pasado izquierdista (re)construido, votante del PSOE. Tenéis todo el derecho a votar otra vez a los mismos, a defender el sistema, a defender las políticas liberales que van dejando en los huesos al estado de bienestar. Pero no intentes además apropiarte de la oposición intelectual hacia aquello que con tu voto legitimas: corrupción política a favor de los poderosos, recortes sociales que afectan a los más desfavorecidos y trabajo precario y sin derechos para millones de españoles. Eso es lo que votas. Porque tú, con tu voto, servirás de sostén al sistema. Porque tú, con tu voto, defenderás el tipo de política y de políticos que nos hundió en el barro. Porque tú, con tu voto, solo pretendes, de nuevo, ver si el que se salva eres tú, sin mirar al de al lado, y sin sufrir mucho por él.