16 abril 2016

Contramanifiesto: contra el "gobierno del Cambio" de los que pretenden que todo siga igual

Esta semana se hizo público un manifiesto promovido por relevantes personajes públicos de la sociedad española que defendía la necesidad de un "gobierno del Cambio". Difundido por medios como El País lo firmaban, entre otros, Joaquín Estefanía, Soledad Gallego, Juan Cruz, Jiménez Villarejo, Ana Belén, Víctor Manuel, Serrat, Cristina Almeida o Ángel Gabilondo. A continuación trato de desentrañar un texto inicialmente abtruso que termina mostrando las miserias de la que muchos ya denominan Cultura de la Transición.

El 20 de diciembre pasado la ciudadanía española cumplió con su deber cívico al elegir un nuevo Parlamento. El mensaje fue claro: queremos un cambio en las políticas que se han venido practicando en los últimos años y la obligación de los partidos es elegir un Gobierno que sea capaz de llevar a la práctica dicho cambio. Partidos que representan a más del 70% de los ciudadanos son partidarios de abrir una nueva etapa en la política de nuestro país.

Un clásico de estos apolillados manifiestos: comenzar con grandilocuencia y tono afectado. ¿"Deber cívico"? ¿En serio? Primera apelación al orgullo huero del lector progre para que baje la guardia y así poder colarle esa primera afirmación, tan cierta como absurda en términos de democracia parlamentaria: "partidos que representan a más del 70% de los ciudadanos quieren que se abra una nueva etapa política en el país". Una advertencia, importante: todo el manifiesto está escrito con esa calculada ambigüedad que suele usar la Cultura de la Transición para manipular los afectos ideológicos de la sociedad progresista española. Se evita nombrar hasta al final a partidos o a políticos para conseguir (re)construir un imaginario social progresista en el que la clave sea que el receptor se identifique con sentimientos superficiales y no ceda a la tentación de una interpretación racional de la realidad. Traduzcamos esa afirmación, pues: más del 70% de los ciudadanos no quieren que gobierne Rajoy porque no han votado al PP. Pues claro. Es cierto. La mayoría de los votantes españoles no votaron al PP el 20D. Pero no nos hagamos trampas al solitario. También en 2011 una mayoría de españoles no quería que gobernase Rajoy (un 55% de los votantes). Y en 2008 otra mayoría, un 56% de los votantes, tampoco quería que gobernara Zapatero... ¿Pillamos la falacia? No les importa. Les da igual utilizar un argumento tan inconsistente como éste para empezar a construir la realidad que les interesa. No les perturba apropiarse tanto de los votos de toda la izquierda que, por supuesto, no desea que gobierne Rajoy (ni que sus políticas económicas se mantengan bajo un pátina estéticoprogre, por cierto) o, aun más ridículo, contabilizar los votos de esos independentistas catalanes que no solo no quieren que gobierne Rajoy, sino que no quieren gobierno alguno que represente a España.

La voluntad democrática de los electores ha sido el configurar un Parlamento plural en el que ningún partido goza de mayoría y, en consecuencia, sólo es posible formar un gobierno en base a acuerdos entre diferentes fuerzas políticas. La incapacidad de estas de lograr una investidura de cambio supondría un grave fracaso, un desprestigio de la política y de los partidos, e incluso un desprecio a la ciudadanía pues sería tanto como decirnos que nos hemos equivocado al votar.

Atentos que estamos ante los cimientos de la perversión intelectual que este maniqueo manifiesto pretende hacer pasar por reflexión honesta y comprometida. Se otorga todo el crédito al votante anónimo para atacar con inusitada dureza a unos partidos políticos incapaces de llegar a acuerdos para que España tenga un Gobierno. ¿Por qué ese ataque visceral? ¿De verdad el desprestigio de la política española es debido a que no se alcanzan esos acuerdos y no a su servilismo y corrupción al servicio de los poderes financieros? Y, por cierto, ¿acuerdos? ¿Pero qué tipo de acuerdos? ¿Todo vale para llegar a esos acuerdos? ¿Deben traicionar los partidos el espíritu del voto de aquellos que los apoyaron para así ayudar a la formación de un nuevo gobierno? ¿El que sea? ¿O el que le interesa al sistema? Esas dudas se resolverán muy rápido. Los firmantes del manifiesto está a punto de tener que enseñar sus cartas. 

Las opciones en presencia no son infinitas:
  • Un acuerdo liderado por el PP, en cualquiera de sus formas, no supondría ningún cambio por cuanto significaría la continuidad de las políticas que han conducido a la actual situación y que son las que hay que cambiar.
  • Tenemos tres partidos que abogan por el cambio y la reforma, dos de los cuales han suscrito un acuerdo que ha suscitado el apoyo de 131 diputados lo que, obviamente, no es suficiente para investir a un presidente del gobierno. No obstante, puede significar un inicio para sentar las bases de un programa de cambio que aborde los acuciantes problemas de los ciudadanos.
No seré yo el que niegue que un gobierno liderado por el PP no es deseable para ese 70% de votantes a los que apela el manifiesto, pero... ¿El problema es el PP o sus políticas? Porque lo que va vislumbrándose a partir de lo que leemos es que el problema de los que promueven este manifiesto es más estético que ideológico. ¿Por qué digo esto? Es el momento de centrarnos en la tesis central del manifiesto. ¿Cuál es la alternativa a ese "indeseable" gobierno del PP? De repente la historia esa del "70% de los votantes" se esfuma y todo queda reducido a tres partidos... Tres partidos sin nombre, por cierto. ¡Ay, qué misterio! ¿Quienes serán? Ya es mala suerte que, al contrario de lo que pasó con la clara mención al PP, los promotores del manifiesto hayan olvidado especificar los nombres de estos tres partidos. No pasa nada, tirémonos al vacío (modo ironía on) y especulemos con que son el PSOE, Ciudadanos y Podemos. Hemos pasado del 70% de los votantes al 56,6 %  de ellos pero por qué ser honestos y dejarlo claro cuando siempre fue tan fácil manipular a los biempensantes progres españoles. Total, qué más da. Ha llegado el momento. No se puede retrasar más. Toca mostrar al público el verdadero rostro de Dorian Gray: "dos de los [partidos] han suscrito un acuerdo que ha suscitado el apoyo de 131 diputados [...] y puede significar un inicio para sentar las bases de un programa de cambio que aborde los acuciantes problemas de los ciudadanos"...

¡Por fin! Lo sé, todo lector del manifiesto estaba a estas alturas inquieto, tenso, a la espera de la solución que aportarían tan insignes representantes de nuestra intelligentsia patria. ¿Y qué mejor que apostar por lo de siempre? ¿Por qué no apostar de nuevo por ese socialismo neoliberal, tan ampuloso en la retórica como inofensivo en lo económico? ¿Qué más da que hayan pasado de intentar hacer creer que defendían la posición del 70% de los votantes a proponer que se construya un Gobierno a partir de un acuerdo que tiene detrás menos del 40% de los votantes? Ellos son los intelectuales, amigo, y esos detalles son irrelevantes para mentes tan preclaras. El remedio a todos nuestros problemas era un acuerdo de ¿cambio social? liderado por el PSOE (vaya) apoyado por Ciudadanos (¿cómo?). Ese siempre fue el deseo (oculto) de los que se manifestaron en las plazas y participaron en las mareas: un socialismo inane disuelto en un neoliberalismo de rostro amable... ¿no?

Sería una irresponsabilidad que en los próximos días no fuesen capaces de lograr una mayoría suficiente que evite las elecciones y abra una nueva etapa política en España. Por ello entendemos que el PSOE, Ciudadanos y Podemos pueden y deben, mediante las oportunas negociaciones, complementar, mejorar o ampliar un acuerdo con el fin de recabar el suficiente apoyo que haga posible la investidura de un presidente del Gobierno. Lo que facilitaría que otras fuerzas se sumasen a lo pactado.

Anda, pues al final sí que conocían los nombres de los partidos políticos a los que se referían... ¿Por qué no les habrán puesto nombre cuando hablaban de los acuerdos conseguidos que había que "complementar, mejorar o ampliar"? Igual sería bueno empezar a traducir al lenguaje vulgar tanta pomposa parafernalia retórica. Sería algo así: "el acuerdo del PSOE con Ciudadanos mola mucho, joder, nos cargamos al PP y hacemos como que todo va a cambiar para que finalmente nada cambie. Podemos lo que tiene que hacer es apoyarlo de un puta vez...".

....

El manifiesto realmente acaba aquí. Todo lo que sigue, esos dos últimos párrafos que se pueden leer pinchando en el enlace inicial, no son más que una forma rastrera de volver al tipo de retórica insustancial, decadente y pretendidamente desinteresada con la que se iniciaba texto. Una defensa vacía de valores etéreos relacionados con la regeneración social y política. La última treta con la que intentar enmascarar la ya indisimulable posición conservadora de una intelectualidad cuya triste connivencia con el poder hace años que invalida sus intervenciones en la vida pública.
Pd: Puede que nuestra relevancia sea menor. Es indudable. Pero muchos hemos despertado y ya no volveremos a caer en idolatrías absurdas de intelectuales y famosos cuya fuerza, al final, resultó no estar basada en sus principios éticos sino en los poderes económicos que los promocionaban. Se equivocaron. Es su problema. Encontremos entre todos nuevos caminos.

09 abril 2016

Votantes de Podemos con nostalgia de redil

Mi padre era un tipo culto, muy culto. También bastante conservador. Intentaba asumir como propios ciertos tics progresistas que, finalmente, incapaz de asimilar, solo le servían como coartada para presentarse ante los demás como liberal, cuando realmente su rigidez intelectual era una prueba inefable de ese intelectualismo nacionalcatólico (no practicante) criado en las faldas del franquismo. Había un detalle de su trayectoria ideológica que, antes o después, siempre aparecía en cualquier diatriba política: él había votado al PSOE en el 82, él no se movía (decía) por ideologías maximalistas, él era flexible y si ya no apoyaba a los socialistas era porque lo habían decepcionado. Lo decía tan tranquilo, ignorando sin pudor las miserias políticas de aquellos a los que ya por entonces no dejaba de votar. Mientras tanto, compró durante toda su vida el ABC, escuchó con avidez las tertulias políticas radiofónicas de los medios de derecha y votó una vez tras otra al PP mientras su vida discurría con placidez, fiel a una visión del mundo "confortablemente" conservadora. Pero eso sí, siempre mantuvo vivo en público el recuerdo de aquel voto en el 82 a Felipe González, un voto ya convertido en leyenda, descontextualizado históricamente, sin referencia alguna al miedo pasado con el intento del golpe de Estado de Tejero, ni al estado de ánimo de un país que, tras la tensión sufrida, intentaba definitivamente tirar hacia delante con una democracia que solo podía identificarse con la renovación que significaba aquel PSOE. De esta manera ese voto a Felipe González en 1982 se convirtió así, para siempre, en su barco de salvación, en su justificación final, en su "ley de Godwin" particular, el arma definitiva con la que podía defender de manera ventajista su posicionamiento ideológico, eminentemente conservador, sin ensuciarse nunca con el fango de las políticas económicas y sociales que defendían aquellos a los que apoyaba con sus votos. Al fin y al cabo ya no podía hacer otra cosa porque, decía, "yo a estos, a los socialistas, a la izquierda, ya los apoyé una vez y me fallaron, no fueron lo que esperaba, ya no me engañan más...". 

En los tiempos acelerados que vivimos, y con una legislatura que parece que ha nacido muerta, empiezo a observar una actitud muy parecida a la de mi padre en ciertos simpatizantes y votantes de Podemos. Su voto a Podemos parece haber sido tan iluminador para ellos como aquel voto mítico al PSOE de mi padre. Como si algunos, en un arrebato místico, impelidos por una obligación moral imposible de eludir, casi como haciendo un favor a los jodidos de España, hubiesen votado a la formación morada solo debido al asfixiante hedor provocado por la corrupción, la mediocridad y el fracaso del putrefacto sistema bipartidista español. Pero ahora, pocos meses después, sin que nada haya cambiado, sin que haya un solo atisbo de que los viejos partidos de la casta se hayan regenerado lo más mínimo (parecen más que nunca enrocados en sus estructuras de poder partidista al servicio de los poderes económicos), es como si estuviesen poco a poco cimentando las bases de un relato personal que les permitiese liberarse de ese gran error. El voto a Podemos en las últimas elecciones puede ser el voto más fácilmente interpretable de nuestra democracia desde aquellas elecciones del 82. Si entonces se votó al PSOE como la única forma de terminar de arrancar y consolidar la democracia en España, los cinco millones de votos a Podemos y sus confluencias significaron un grito de rabia ciudadana destinado a finiquitar las putrefactas estructuras políticas del bipartidismo que habían terminado por fagocitar a nuestra democracia poniéndola al servicio de los poderes financieros. En nuestro país la Gran Crisis al final solo tuvo unos claros perdedores: los asalariados, los parados, los pobres. Los de siempre. Pero en muy poco tiempo, parapetados tras la manipulación grosera de los medios de comunicación, de la casta mediática, de los perros carroñeros de cierto periodismo español liderado por El País y su perro fiel, Metroscopia, ciertos votantes de Podemos muestran un indisimulable deseo de renunciar a ese cambio sustancial del sistema que dijeron defender, añorando el redil bipartidista y miserable del que apenas hace unos meses escaparon. Añoran volver poder votar al PSOE, ese partido de extremo centro capaz de renunciar a sus esencias teóricas para pactar con Ciudadanos, el Podemos de derechas construido al servicio del Ibex 35, o incluso, los más puros y castos, volver a votar a IU o a partidos anticapitalistas. Pretenden regresar a la lucha en la que realmente se sienten cómodos: la del discurso, la pose y el postureo. La batalla de salón con contrincantes imaginarios, ese reducto privado progresista (o revolucionario) que tanta gente de izquierda confundió hace años con el escenario de la batalla real, la que se desarrolla en las calles, en las plazas, en los puestos de trabajo y en los despachos donde se validan la políticas económicas que hicieron de manera abyecta cada vez más ricos a unos pocos mientras los de siempre quedaban a merced de los vaivenes de un Mercado en el que realmente jamás participaron.

Es absolutamente bochornoso intuir en ciertas conversaciones cómo algunos votantes de Podemos buscan encontrar excusas absurdas para poder justificar el abandono de la batalla. En el fondo, como le sucediera a mi padre, necesitan construir un artificio intelectual que les permita regresar a terreno conocido, a su lugar natural. Una cosa es construir discursos vacuos contra la derecha y el neoliberalismo criticando la corrupción intrínseca al sistema, y otra es aceptar que la llegada al poder de otra gente (¿de la gente?) realmente significaría un terremoto social cuyas consecuencias podrían, a corto plazo, afectarles a ellos y a su situación económica. Generarles miedo, indefensión contra la máquina capitalista y los mercados. En el fondo, para ellos, Podemos ya ha cumplido su misión: incomodar al sistema obligándole a ser más discreto, menos evidente, más taimado. Ahora debiera tocar pactar, adaptarse y someterse. Como siempre. Por eso se quejan de la arrogancia de Pablo Iglesias, de la inflexibilidad de Podemos, de que pretendan imponer al PSOE un gobierno proporcional (¡pero esto qué es!). No se paran a pensar realmente lo que dicen, no quieren ver que por mucha indignación que imposten su argumentación es basura, no se sostiene, es tan demagógica como los editoriales de El País de donde la consiguen. Es el PSOE el partido que impide intentar un gobierno relativamente de izquierdas por primera vez en la España moderna. Que enmascara su traición tras un pacto con un partido de centroderecha que serviría para desalojar del poder al otro partido de centroderecha. Porque hay que ver lo que cunde el centro político en nuestro país. Todo le cabe. Que todo cambie para que todo siga igual. Esa es la aspiración de todos los partidos que quieren llegar al poder desde ese asfixiante centro ideológico en el que la (in)decencia política sucumbe.

Mi padre votó una vez al PSOE y políticamente le salió tremendamente rentable. Pudo votar a la derecha toda su vida y encima practicar el postureo social. Una parte de los votantes de Podemos parece querer seguir su senda: utilizar su voto a Podemos el 20D como coartada para volver a votar a los partidos de la casta el resto de su vida con el pretexto de que ellos lo intentaron y aquello no funcionó. Sin que ni siquiera haya existido la posibilidad de fracaso.

No sé lo que pasará. Todo indica que habrá nuevas elecciones o gran coalición y que el sistema conseguirá por fin un gobierno afín a sus intereses (que nunca serán los nuestros). Yo les dejo un mensaje a ese votante de Podemos que reniega antes de intentarlo: "disfruta de tu tranquilidad dentro del sistema, campeón. Te la has ganado".