25 enero 2007

Sobre la estética de cine. Blade Runner. Dogma. Tarantino

(Continuación del post anterior)

Los 80 y los 90, junto al desarrollo de un cine comercial que rebaja hasta la adolescencia la media de edad del público que busca como espectador, y que no merece en este artículo ningún comentario estético (aunque se podría), suponen la irrupción definitiva de la posmodernidad en el cine, donde cada nuevo grito y película genialoide es acogida como un giro espectacular y una ruptura brutal con el pasado. Pero también donde directores con una capacidad superior de síntesis y reformulación de géneros, técnicas y argumentos alumbraron verdaderas obras maestras donde la estética jugaba un papel preponderante y fundamental. Visto en perspectiva eso sí, ¿qué queda hoy de todo ese cine independiente norteamericano de los 90? ¿De la ampulosidad de cierto cine europeo de la época? ¿De la moda del cine asiático? Eliminando un puñado de grandes películas, detrás de la terrible promoción elitista que tuvieron en su momento todos estos movimientos y nuevos cines o formas de expresión, lo cierto es que en la memoria del espectador interesado no queda nada parecido a un movimiento, a una corriente o a un tipo de cine fundamental para la historia de este arte.

En los 80 destaca por encima de casi todas, desde un punto de vista estético y posmoderno, Blade Runner. Realizada con aliento clásico, la estética de la película se convierte en un elemento esencial de la narración. Ridley Scott, que provenía del mundo de los videoclips, ya había jugado con el poder de la sugerencia, la puesta en escena abigarrada, la fuerza de la oscuridad y el juego de contrastes luminosos en Alien, pero en Blade Runner el poder filosófico y humano de lo que se cuenta elevan todas esas virtudes a lo máximo, y la iluminación de la película, así como su ambientación nos traslada a un mundo futuro reconocible y decadente, terriblemente sobrecargado, donde las aspiraciones humanas de los replicantes adquieren una dimensión desconocida, trágica, casi patética, por la irrealidad y ocaso en el que parecen vivir los verdaderos seres humanos. La película recoge diversas tendencias artísticas, arquitectónicas y sociales posmodernas; las influencias se multiplican, los guiños a diversos géneros aparecen ante los ojos del espectador avispado, pero no para hacer un pastiche sino para crear una obra original que se desprende de las ataduras formales y pasea voluptuosa y parsimoniosamente por la mirada incrédula y anonadada del espectador. Blade runner es una de las obras clave, desde un punto vista formal, del cine de final de siglo y su planteamiento argumental (la búsqueda desesperada de humanidad de los replicantes), una de las ideas más brillantes y profundas llevadas a la pantalla.

En los 90, a pesar de haber diferentes tendencias y pseudomovimientos, dos elementos destacan con facilidad sobre los demás debido a su trascendencia estética y conceptual: el Dogma danés y la figura de Tarantino. El Dogma, a pesar de ser un movimiento de poco recorrido, tiene un enorme interés por las premisas sobre las que se construye y por la calidad innegable de alguna de las obras que bajo su paraguas se han realizado. E incluso, ya fuera de su fundamentalismo teórico, por otras películas que innegablemente se realizan bajo la influencia de dicha corriente. De esta manera, a través de la saludable y valiosa preocupación intelectual de aquellos primeros cineastas por los caminos que estaba recorriendo el arte que amaban, surgieron algunas de la mejores películas de los 90. Como ejemplo y para no referirme tan sólo al más famoso de ellos, Lars von Trier, citaré la obra de Thomas Vinterberg, La Celebración, una explosión de inteligencia visual y al tiempo, una disección radical, cruel, sincera y necesaria de la familia, de sus silencios opresivos, así como un estudio preciso sobre las relaciones de poder que en ella se establecen. Estos cineasta plantearon al principio un talibanismo formal a la hora de filmar que parecía preocupante (por las cortapisas que se autoimponían, algunas de ellas excesivas) pero posteriormente abandonaron ese radicalismo para implicarse con las necesidades reales de las historia que querían contar, sin prescindir eso sí, del bagaje adquirido durante la época dogma. Es decir, prescindiendo al máximo de artificios innecesarios. De esta forma Lars von Trier consiguió el mejor no musical realizado jamás (Bailando en al oscuridad) y una espléndida película sobre las relaciones sociales de poder y miseria que se establecen de una pequeña comunidad americana (Dogville). La apuesta inicial de estos cineastas era no utilizar música que no apareciera en la misma historia que contaban para no provocar emociones artificiales al espectador, aspiraban a la unidad de tiempo y espacio en el desarrollo de sus películas, se exigían la utilización de cámara en mano a la hora de rodar, no utilizaban iluminación artificial y los rodajes debían ser siempre en exteriores o en escenarios reales. En definitiva, nada que no se hubiese hecho anteriormente, pero que al ser usado de manera general e impositiva dio un toque muy personal a la serie de filmes que se hicieron bajo su influencia. Aún hoy sigue habiendo películas que se adhieren al manifiesto dogma en todas partes del mundo pero sus fundadores, actuando inteligentemente, se quedaron con la esencia del manifiesto y evolucionaron hacia formas menos radicales y más ricas de concebir el cine.

Nos queda pues Quentin Tarantino, y con él toda una reflexión sobre la forma y el contenido, el predominio de lo superficial sobre el discurso, lo frívolo aunque creativo sobre lo profundo, el abandono de los grandes temas y el mensaje por la belleza meramente formal. Disyuntivas todas que carecen de base real, sobre todo si se las aplicamos al primer Tarantino. Pero básicas para comprender y analizar el cine surgido y fomentado tras su aparición. Su influencia ha sido notable para que durante un tiempo se tomen como obras de arte transgresoras y definitivas algunas películas que el paso del tiempo va dejando como películas adultescentes que producen mucho ruido pero no dejan recuerdo alguno en la memoria cinéfila del espectador. Es el momento de acercarnos a Pulp Fiction. Tarantino irrumpe en el panorama cinematográfico arrasando. Por su descaro, por su frescura, por la inteligencia y mala leche que destilan sus dos primeros largometrajes (que le convirtieron rápidamente en un icono entre los más jóvenes), por su facilidad para conectar con una nueva generación que ansiaba otro cine al que agarrarse. Aparece con un estilo definido y personal, repleto de influencias de todo tipo, desde las más clásicas (recordar su adoración por Río Bravo de Howard Hawks) hasta el spaghetti western o las películas de Bruce Lee, así como de la propia cultura popular americana. Llega con una ganas locas de hacer cine, con un pasado de empleado de videoclub que concuerda con esa cultura popular que representa y ha mostrado como pocos en la pantalla (podría ser el empleado del videoclub de Clerks, otra película indie que arrasó en lo 90) pero lo más importante de todo es que indudablemente poseía una clase y una inteligencia muy por encima de los muchos subproductos que posteriormente (como ya he indicado) se han realizado bajo su influencia (directa o indirecta). Pulp Fiction funciona con la precisión de un reloj. Porque toda la película, ese desparrame estético, esa mezcolanza de influencias, esa disección de la cultura popular americana, ese continuo homenaje, revisión y reformulación de todo tipo de géneros (cine de gansters, comedia, musical, spaghetti western...) está sustentada en uno de los mejores guiones que se escribieron en esa década, donde la caracterización de los personajes a través de las interminables conversaciones que entre ellos se producen ( o sus silencios, recordar a Mia y Vincent) consigue que el espectador consiga un conocimiento inusual sobre los muchos personajes de la película, adentrándose en facetas diferentes de multitud de personajes arquetípicos que llevaban poblando el universo cinematográfico desde hacía caso cien años y que nadie los había mostrado así, vueltos del revés, en otra dimensión, haciendo las mismas cosas que siempre pero al mismo tiempo haciendo otras curiosas, oscuras, verosímiles. Todo ello aderezado con una considerable dosis de mala leche y cinismo que hacen de la visión de este filme una auténtica delicia. Otra cosa muy importante a reseñar en Pulp Fiction y una los factores de esta película que más ha influido a otros cineastas es la fragmentación temporal del montaje, pues la historia se divide en episodios después colateralmente relacionados, rompiéndose el orden temporal de la historia que cuenta, en una decisión artística arriesgada que aporta gran frescura y dinamismo a la película, haciendo que cada detalle sin sentido posteriormente lo cobre, que la interrelación casual de los personajes sorprenda y que al final le quede al espectador la sensación de haber asistido a una trama coral donde multitud de personajes entrecruzan sus vidas a las órdenes de ese magnífico maestro de ceremonias que es Quentin Tarantino.

La influencia de Tarantino ha sido notable y evidente, a veces hasta el hastío. Curiosamente no han sido películas americanas las que mejor han recogido su influencia. En EEUU parece haber triunfado mucho más la estética y la forma del cine de Tarantino que la profundidad y coherencia con que utiliza sus influencias. La fragmentación de las historias, la ruptura del orden temporal, últimamente el abuso del flash back como recurso narrativo, sirven a muchos como refugio para hacer pasar por moderno e impactante auténticas medianías que desprovistas de artificio quedarían desnudas y serían directamente carne de videoclub (véase por ejemplo el cine de Robert Rodríguez ) En cambio fuera de EEUU dos películas aparecen claramente como deudoras del estilo fragmentado y casual de Pulp Fiction y el mundo de Tarantino. Estaría hablado de la mexicana Amores perros (una película de Alejandro González Iñarritu que impacta teriblemente en su primera visión, donde una serie de personajes entrecruzan sus vidas de lujo y miseria en un retrato desgarrador y sin concesiones de las pasiones humanas) y por otro lado la brasileña Ciudad de dios.

(Sigue y finaliza)

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