21 agosto 2018

La huelga, esa piedra en el zapato del precariado


No recuerdo una sola gran huelga en los últimos 20 o 25 años que a los pocos días los grandes medios de comunicación no hayan empezado a demonizar de manera indecente y que la opinión pública, más o menos manipulada, no se haya vuelto contra ella con mayor o menor virulencia. Dio igual que fueran mineros, estibadores, controladores, profesores, taxistas o basureros. Poco importó que fueran trabajadores de la limpieza, de AENA, los del metro o los de astilleros. Cuando no fueron lo suficientemente trascendentes para ser mediáticamente criticadas, las huelgas tan solo fueron dolorosamente ignoradas.

Siempre parecen existir excusas para criticar cualquier lucha por los derechos de los trabajadores, todos las hemos escuchado alguna vez:

"No defienden sus derechos, defienden sus privilegios".

"Igual tienen razón pero la pierden por las formas, esa violencia es inaceptable".

"Si ellos tienen derecho a la huelga, ¿no tengo yo también derecho a llegar a la hora a mi trabajo?



Una y otra vez la solidaridad con los demás trabajadores es reprimida por un sistema caníbal y cínico que alimenta el enfrentamiento, potencia la singularidad e induce al aislamiento laboral. Últimamente, además, parece que hemos empezado a comprar con gusto malsano ese discurso destructivo. El precariado (sobre)vive en un infierno diario pero no aspira a cambiar el sistema sino a triunfar en él. Ese infierno aspiracional es el motor de un sistema laboral en el que se soporta la explotación y la humillación de empresarios indecentes en silencio, pero luego se reprocha la lucha de otros que solo pretenden no soportar o no alcanzar ese grado de sordidez laboral.

Tal vez una de las causas de que todo esto suceda es que casi nadie se asume como trabajador precario a jornada completa (el señuelo aspiracional), sino como alguien capaz de aceptar sin batalla unas condiciones laborales infames porque vive en una ensoñación perpetua, a la espera de dar el salto a otro nivel, a la espera de un futuro que, en demasiados casos, por pura estadística, nunca llegará.

No nos miramos los unos a los otros como trabajadores. La lucha por los derechos de unos debería ser la lucha por los derechos de todos. Nos miramos con rencor y envidia, con desconfianza, bien adiestrados por unos medios de comunicación siempre dispuestos a fijarse en lo anecdótico del contexto sociolaboral, nunca en lo sustancial, jamás en lo conflictivo.

Es de rigor analizar críticamente el silencio de cada uno de los colectivos que se han ido poniendo en (justa) huelga en relación a las huelgas de los otros colectivos. Vivimos en un tiempo de egotismo tan atroz que incluso las únicas huelgas necesarias parecen ser las nuestras. ¿Y las otras? ¿Nos paramos a pensar en las otras huelgas? ¿Nos solidarizamos con los demás trabajadores en esas huelgas? ¿Nos posicionamos públicamente con ellos sin rodeos?... A veces sí, al menos al principio… Pero que no nos jodan las vacaciones.

Jugamos a ser islas ridículamente independientes en un mar de canibalismo capitalista que se descojona de nosotros. Nos ignoramos, vivimos inmersos en una distopía posmoderna de empatía y emociones positivas, esas que jamás aplicamos al trabajador puteado de enfrente. Cuando la realidad nos mancha desaparecen las caretas. Que el otro se joda. Como nosotros.

Si terminas de leer esto igual piensas que no va contigo, claro. Que menudo coñazo. Estás por encima de estas mierdas, no te va a convencer de nada un puto hilo de Twitter o este post. Que tampoco es para tanto. Igual todavía eres joven. Igual hoy acabas de llegar a casa tras trabajar 10 horas de las que solo 6 aparecen en tu contrato. Estás reventado. Igual has decidido pedir comida por Uber o por Glovo. E igual, al ir a pedirla, has recordado que por fin los riders se han puesto en huelga. Te cabreas: "joder, ¿ni siquiera voy a poder comer por estos gilipollas?"

Pero no, esto no va contigo, claro.

26 mayo 2018

La Educación amenazada

De vez en cuando, los poderes del Mercado dejan filtrar sus verdaderas voces e intereses a través de los poderes políticos a su servicio. Esta noticia de El Mundo advierte sobre la "preocupación" de la Comisión Europea por la Educación en España. Resulta especialmente relevante este párrafo, y aun más interesante analizar la correlación de ideas que refleja:

  1. Muchos jóvenes tienen muy buena formación.
  2. Pero existe un problema: están sobrecualificados para lo que demanda el mercado laboral.
  3. ¿Solución? Hay que adecuar la Educación a las exigencias del mercado laboral.
Es decir, admiten sin titubear que la formación de estos jóvenes es válida, es "buena", pero claro, resulta "excesiva" ante lo que realmente el mercado laboral puede ofrecerles. Imbuida de ese cinismo neoliberal que representa el signo de nuestro tiempo, la Comisión Europea ni siquiera se preocupa por mencionar esa otra solución que todos vemos a esa "sobrecualificacion" que mencionan como problema: se podría intentar mejorar las condiciones del mercado laboral, adecuarlo a esa buena formación que citan, y así dar cabida a esa gente bien formada, pagándole unos salarios dignos y dándoles unas condiciones de trabajo que permitan cierta estabilidad y un proyecto de vida. Ni se lo plantean. Y ni se plantean que los ciudadanos que preferimos vivir en una sociedad que elija esa segunda posibilidad, frente al determinismo social que implica la primera, nos enfrentemos políticamente a sus deseos, a su visión. Se saben ganadores. Nos desprecian.

A pesar de todo sí hay una aspecto relevante, perverso, que prefieren ocultar cuando propugnan la necesidad de adecuar la Educación a ese mercado laboral precario que tenemos: no está resultando nada sencillo lidiar con las expectativas de aquellos que dedicaron años a conseguir una buena formación con la promesa de que ello significaría mejores puestos de trabajo y mejores salarios. En esta fase del capitalismo afectivo en la que vivimos, en la que las empresas han decidido parasitar las emociones de sus empleados como un instrumento más para mejorar la productividad, no se puede permitir tener a trabajadores críticos, molestos, enrabietados o reivindicativos. Que estén descontentos por el engaño social, por el tiempo y el dinero invertidos en una "buena" formación que nadie ahora les valora. Por eso abogan por cambiar la Educación. Porque esos trabajadores con esa disposición emocional (negativa) les sobran.

Siguiendo el hilo de lo que defiende la Comisión Europea uno solo se puede deducir que, en el fondo, el cambio educativo que defienden no sería para mejorar esa formación sino que su pretensión es rebajarla, diluirla, hacerla líquida... ¿Os suena? No hace falta que sepan tanto, no hace falta que tantos realicen estudios superiores, no es necesario pretender un conocimiento profundo de la realidad, lo que se necesita es que los jóvenes sean flexibles y dinámicos, dóciles en lo político y emprendedores en lo económico. ¿No escucháis de fondo los ecos de los discursos hueros de ciertos gurús educativos?

Somos nosotros, como ciudadanos, como padres, como docentes los que deberíamos pararnos a reflexionar sobre la Educación que queremos para todos. Y ese para todos es trascendente. La Escuela se transforma desde la Sociedad, y ahora mismo, sin que nosotros realmente estemos decidiendo nada (aunque muchos sí estén colaborando, consciente o inconscientemente), se está produciendo una transformación, un cambio de paradigma respecto a la Enseñanza. Y los agentes transformadores son las Empresas y el Mercado. Es cierto que ese cambio no parece terminar de llegar a las aulas, que en el día a día no parece afectarnos, pero se va haciendo carne en leyes y disposiciones, en criterios de evaluación que se les imponen a los profesores de muchas Comunidades Autónomas, o en la formación obligatoria que se les ofrece a todos los docentes. Si se está atento al discurso pedagógico dominante, al que cada día sirven de altavoces los grandes medios de comunicación, se observará cómo se ha construido una hipócrita y maniquea disyuntiva entre una enseñanza "tradicional" (trasnochada, autoritaria e ineficaz) y una enseñanza "moderna" (afectiva, creativa, centrada en el alumno, horizontal). Se realza todo lo que tiene de equivocado la primera, minusvalorando (o directamente despreciando) sus posibles virtudes, mientras que se ensalza todo lo positivo que se consigue mediante la segunda (aunque provenga de experiencias sesgadas y poco representativas), sin profundizar en sus aspectos más controvertidos.

Al final, todos tendremos que decidir si defendemos realmente esos discursos que mantenemos en público sobre la importancia de la Educación. Los padres tendrán que ir más allá de aquello que beneficia a corto plazo a sus hijos pero perjudica extraordinariamente a los hijos de otros (véase la enseñanza concertada o el bilingüismo en la enseñanza pública), y los docentes tendrán que abandonar esa postura hipócrita que les lleva a defender públicamente una educación inclusiva e igualitaria para todos y después convertirse en cómplices de programas educativos segregadores, o en cruzados irreflexivos de utopismos pedagógicos que son conscientes que nunca podrían implementar con éxito, de manera generalizada, en escuelas de entornos socioeconómicos problemáticos. Y cuando hablo de éxito hablo de conseguir unos resultados académicos y una formación efectiva que permitan convertir a la escuela en el ascensor social que una vez soñó ser. Sí, puede sonar prosaico, pero más jodida es la vida y las expectativas de futuro en los barrios pobres de nuestras ciudades. Pasaos por allí.

¿Realmente la nueva Educación competencial, lúdica y emocional que fomenta (y financia) el Mercado ofrecerá las mismas oportunidades a todos los jóvenes? Bajo la pirotecnia pedagógica con la que el Mercado nos abruma subyace una cuestión fundamental: ¿tienen los niños de todas las clases sociales el mismo derecho a "sobrecualificarse" y a buscar "su" oportunidad? ¿O ese pragmatismo formativo por el que aboga la Comisión Europea solo afectará a los de siempre? Entiendo las razones por las que a cierta izquierda romántica la música de la "canción educativa" que representan las nuevas pedagogías les entusiasme. Pero hay que escuchar la letra de la canción y, sobre, todo darse cuenta de quién escribe esa letra y qué busca con ello. Ya basta de falsas ingenuidades interesadas.

Mientras los profesores innovadores, esos que en las redes se autodenominan innoeducators, no me expliquen cómo es posible que su formación renovadora, sus proyectos educativos, sus premios a los mejores profesores y su crítica a la Escuela tradicional van a cambiar la Educación para cambiar el mundo, mientras su formación renovadora, sus proyectos educativos, sus premios a los mejores profesores y su crítica a la Escuela tradicional son financiados y promovidos por el neoliberalismo más carroñero, por fondos de inversión especulativos o por empresas que parasitan a la Enseñanza y mueven continuamente los hilos para apropiarse de una parte cada vez más suculenta de la formación obligatoria, será difícil que su ímpetu de cambio resulte creíble. Mientras que la única consecuencia de sus planteamientos educativos sea convertir a la Escuela en una burbuja de "felicidad y creatividad" para unos niños y adolescentes que, después de atiborrarse de soma constructivista y colaborativo, serán arrojados del paraíso para convertirse en carne de cañón (flexible y sumisa) de un mercado laboral precarizado, será difícil que su relato transformador resulte mínimamente verosímil.

Cuando en las redes sociales aparecen esas etiquetas recurrentes sobre eventos formativos de innovación educativa suelo pararme a leer los mensajes relacionados con ellos.  Es perturbador compararlos entre sí, analizar su contenido, el extravagante entusiasmo que destilan. La gran mayoría de los que los escriben ejercen de apóstoles disciplinados de una revolución que pretenden imparable; sus consignas pedagógicas son incendiarias: vienen a arrasar con todo, a cambiarlo todo, a construir un nuevo mundo educativo. Siempre con buen rollo, eso sí, con una sonrisa en la boca, son felices todo el rato y no pueden dejar de demostrarlo. Incluso cuando trabajan los sábados y los domingos. No les importa. Después, al entrar en sus perfiles públicos en esas redes y leer con atención sus intervenciones escritas, uno se enfrenta al mayor de los abismos: el vacío. En general, el silencio sobre todo aquello que determina en la práctica el tipo de Educación que un país tiene es estremecedor. Y tan significativo. Lo social, lo político, lo ideológico  y lo económico no existe para ellos. Han construido una Escuela virtual, una Escuela-burbuja descontextualizada socialmente, un juguete con el que disfrutar de experiencias que les llenan como docentes, independientemente de las consecuencias reales que sus acciones educativas tendrán en sus alumnos a largo plazo. Se han aprovechado de la parálisis y la mediocridad de la Escuela tradicional para satisfacer la necesidad aspiracional de una nueva generación de padres desnortados.

Pero, cuidado, estos no son los peores, estos no son más que el rebaño fiel de los otros. ¿Y esos otros quiénes son? Son los líderes del movimiento renovador, los que lanzan las consignas que aquellos repiten, los que tienen cancha para difundir sus delirios educativos en los medios de comunicación, los que dan las charlas en escenarios oscuros repletos de sombras y pantallas. Esos a los que se les llena la boca con una Educación alternativa que debe priorizar la felicidad de los alumnos, fomentar su creatividad, descubrir el talento de cada uno de ellos; una Educación en la que lo más importante sea el "saber hacer" pero nunca el "saber", que destierre el aprendizaje de conocimientos, esa cosa tan obsoleta que todos podemos encontrar en Internet cuando queramos (aunque todos sepamos que eso jamás sucederá).

Me acerco a sus perfiles en las redes, me leo sus biografías laborales. Nunca encuentro colegios ni institutos en ellas. Sigo buscando. A veces, durante unos pocos años, aparecen en su pasado pero nunca en su presente. Hoy tan solo encuentro empresas. Y ambición, claro.

07 abril 2018

Campo de batalla: la Educación

A veces es necesaria la autocrítica, la reflexión pausada. Las redes sociales son un lugar privilegiado para analizar comportamientos humanos y hace tiempo que vengo constatando una realidad: en cualquier ámbito profesional nos irrita en sobremanera que vengan desde fuera a explicar(nos) o criticar(nos) nuestro trabajo, salvo que vengan a darnos la razón y a asumir nuestra autoridad. En tal caso, solemos aceptar los aplausos sin mucho problema. Y eso es algo que resulta contradictorio.

¿Es razonable, deseable o útil  que solo puedan opinar y dictar sentencia sobre una materia en particular tan solo los profesionales implicados en dicha materia diariamente? ¿Son ellos las únicas voces autorizadas? ¿No habría que especificar sobre aquello de lo que se discute en relación a esa materia? ¿Queremos una tecnocracia o una democracia de ciudadanos informados? ¿Qué pasaría si extrapolásemos esa idea a todos lo ámbitos? ¿Sólo deben hablar sobre periodismo los periodistas o sobre política los políticos? ¿Deben ser los economistas los únicos que tengan una voz autorizada para establecer las bases ideológicas con las que construir el sistema de impuestos de un país?

Tal vez sea el periodismo un campo fértil para ampliar el preámbulo de esta reflexión. ¿Es razonable que tipos como Francisco Marhuenda (La Razón), David Alandete (El País) o Eduardo Inda (sus labores) puedan ser considerados como profesionales con la autoridad intelectual necesaria para establecer las bases de lo que debe ser la deontología del periodismo español?

Sé que esto que escribo puede resultar en principio controvertido. Todos los días en los medios de comunicación aparecen cantamañanas que ejercen de gurús visionarios ofreciendo soluciones peregrinas a problemas sociales profundos, en un lacerante espectáculo intrusista que desprecia la experiencia profesional. Pero seguro que este planteamiento inicial parecerá menos subversivo (y le gustará menos a algunos de los que ahora se frotan las manos) al profundizar en él. De momento sigamos haciéndonos preguntas. Para ello me centro ya en mi actividad profesional, en la enseñanza: ¿es honesto afirmar que todos los docentes, por el hecho de serlo, son expertos en educación y por tanto voces lúcidas a las que escuchar, con atención y respeto, cuando se discute sobre los problemas de la enseñanza en España? La respuesta es sencilla: no, no es honesto. Porque no, no es verdad. Una gran parte de los docentes ni siquiera se ha planteado con una mínima profundidad cómo construir las bases de un sistema educativo público, equitativo y exigente en el que los alumnos adquieran conocimientos (y con ello la capacidad de convertirse en ciudadanos críticos). Todos conocemos a profesores que trabajan cada día en el aula y cuya opinión sobre los alumnos, o sobre la actividad docente, o sobre la organización de un centro educativo, o sobre la organización general del sistema educativo no compartimos, no nos representa, nos resulta indiferente, nos provoca rechazo o directamente nos da vergüenza ajena. No todos los que enseñan cada día son voces interesantes ni autorizadas para hablar sobre la enseñanza. Sí es verdad que conocen la realidad de las aulas (faltaría más, las pisan cada día) pero ese hecho no implica automáticamente que de sus experiencias sean capaces de extraer una sabiduría que vaya más allá de la supervivencia profesional. Y todo esto es algo que desde nuestras trincheras muchas veces, interesadamente, obviamos.

Vivimos tiempos en donde lo emocional impera y ese exceso de sentimentalidad se ha extendido, inevitablemente, a unos profesionales hartos de la avalancha de opiniones "externas", delirantes e interesadas que les intentan explicar cómo realizar su trabajo. Como consecuencia, de manera reactiva, casi defensiva, se ha construido un discurso dentro de cierto sector del profesorado que, a falta de las matizaciones necesarias, pretende trasladar a la sociedad el mensaje de que nadie puede hablar de la educación, ni pedir cuentas a los profesores sobre su labor porque estos son los únicos que poseen el bagaje necesario, debido a su experiencia, para enjuiciar dicha labor y la de sus compañeros. Y esa actitud, que linda con una arrogancia equivocada, genera una brecha y un desafecto con unos alumnos, unos padres y una opinión pública incapaces ya de aceptar (nos parezca eso mejor o peor) que el profesor tiene la razón en todo momento y que todas las decisiones que toma son las mejores y las más adecuadas para la formación de los alumnos

Entonces...

Habría que empezar por diferenciar dos planos. Por un lado está cómo elige dar sus clases un profesor, qué estrategias de enseñanza elige y cómo enfoca su labor diaria, ateniéndose siempre a las especificaciones obligatorias que los currículos oficiales establecen. En ese ámbito (uno de los que más cuestionados, curiosamente, desde fuera de la Escuela) debería respetarse escrupulosamente la autonomía del docente, aceptar sus elecciones metodológicas sin cuestionamientos externos y comprender el enorme valor que tiene una educación pública en la que cada docente aporta su visión personal sobre cómo debe diseñarse el aprendizaje de los alumnos. No existe una única manera de enseñar válida, al igual que no existe una única forma adecuada de aprender. Lo que sí existe es un enorme ruido social, alimentado por los poderes económicos, en torno a esta cuestión metodológica. Se pretende uniformizar el aprendizaje, asumiendo que la visión competencial neoliberal de la educación (abrazada de manera incomprensible por ciertos sectores de una izquierda desnortada) es la única posible, despreciando el valor del aprendizaje de conocimientos como única vía real para un cuestionamiento crítico de la sociedad en la que vivimos. He escrito sobre esto en otro lugar por lo que no me extenderé sobre ello.

Por otro lado, de manera más general, la sociedad española debe enfrentarse de una vez a la cuestión educativa. Una vez superada la inercia inicial de aquella democracia que hace 40 años conseguimos establecer, el relato de la educación como motor de ascenso social, que tan bien funcionara durante dos décadas, está hoy profundamente cuestionado. Es un relato que ha entrado en decadencia, que ya no traspasa los muros de las casas de una clases populares que viven golpeadas por una precariedad dolorosa y ven cómo sus hijos parecen abocados a unas vidas aun más precarias que las suyas. Un cinismo, tan equivocado como comprensible, ha hecho carne en ellas. Hay que dignificar la Escuela, revalorizar la cultura como forma de crecimiento personal más allá de lo económico, conseguir que esa formación inicial sea el cimiento real sobre el que edificar la vida laboral, la mejor manera de disponer de diferentes opciones de futuro. Y al mismo tiempo esa Escuela está obligada a ofrecer una manera (nunca será la única, claro) con la que conseguir esos ropajes intelectuales mínimos con los que enfrentarse a una compleja realidad política y social que los grandes poderes intentarán siempre simplificar a su favor. Nada de lo que planteo es cuestión baladí. También están en cuestión permanente aspectos claves como cuál debe ser la relación docente-alumno, los derechos y deberes de unos y otros en los centros o la integración de la Escuela en su entorno social. Y qué decir sobre la implantación de programas bilingües como el de Madrid, construidos para segregar a los alumnos y diseñar una educación de varias velocidades en la que los padres (de clase media) terminan eligiendo el entorno social al que sus hijos se verán "expuestos" y muchos docentes, funcionarios "habilitados", participan pasivamente en la selección de los alumnos a los que darán clases. La Escuela, a diferencia de lo que pretenden los vendemotos y sueñan los utópicos, no es tanto un agente de cambio social sino una consecuencia, un espejo de la sociedad en la que se construye. Y no encuentro manera alguna de considerar que en este (re)planteamiento total de lo que debe significar la educación reglada en España las voces de los docentes puedan (o deban) ser escuchadas con especial consideración solo por provenir de dentro la Escuela. Serán valiosas (o no) por los argumentos que aporten.

Respecto a cualquier realidad sociopolítica (y la enseñanza lo es, como lo es la economía o el periodismo) el acercamiento a ese segundo plano que describo puede ser experiencial, teórico o ambos al mismo tiempo. No podemos permitirnos asumir que lo experiencial se convierta automáticamente en dogma porque hay un montón de profesionales de la enseñanza cuyas voces son absolutamente inútiles en cualquier debate educativo con cierto nivel de profundidad. Hay voces lúcidas de padres, periodistas, sociólogos o pedagogos preocupados por la educación que deben ser tenidas en consideración, más allá de que lo que defiendan parezca poner en cuestión, en un primer momento, nuestro prurito profesional.

¿Qué determina finalmente que una opinión cualquiera deba ser tenida en cuenta en un debate sobre la educación? La respuesta es evidente: argumentos, datos, conocimiento de la realidad sobre la que se opina más allá de lo anecdótico. Esa es la clave. Y lecturas. Se olvida demasiado ese "pequeño" detalle. Para profundizar sobre lo que sea hay que leer mucho sobre ello aunque, evidentemente, la experiencia sea clave para poder construir un discurso realista. No se le puede negar a nadie la posibilidad de construir una opinión fundamentada sobre cualquier asunto si le dedica el suficiente tiempo a ello. Ese tiempo puede ser solo experiencial o solo teórico. Las voces más interesantes suelen ser las que son capaces de mezclar ambos aspectos pero es absurdo desdeñar lo que aportan por separado. Cada una en su ámbito, cada una con su capacidad de contribuir al debate necesario.

De hecho, ¿no es ese uno de los objetivos más importante de la educación? Con conocimientos, datos y una estructura mental/ideológica (propia) en la que enmarcarlos pretendemos que los estudios reglados nos den a todos la oportunidad de reflexionar y llegar a conclusiones sobre diversas cuestiones, más allá de nuestra especialidad profesional. Existe una tendencia (inevitable, tal vez) en todos los ámbitos profesionales de desdeñar opiniones no por los argumentos esgrimidos, sino por proceder de personas de fuera del gremio  Es hora de discriminar y entender que ni todo lo de viene de fuera es equivocado ni todo lo que proviene de dentro tiene valor.

Todos vamos a terminar opinando sobre casi todo (lo queramos o no). Defendamos la experiencia como un valor incontestable pero sin dejar de lado la formación intelectual, las lecturas y la reflexión. Y solo después, sin avergonzarnos de ello, dejemos que la ideología sea el filtro final a través del cual construyamos nuestra cosmovisión.

24 febrero 2018

La voz silenciada de los docentes

¿De quiénes hablan los partidos políticos cuando dicen que consultan a los profesores? ¿Con qué "expertos" deciden nuestro futuro Podemos, IU, Ciudadanos, PSOE y PP? ¿Por qué nunca hay consultas a los claustros de la enseñanza pública para conocer su opinión? ¿Por qué unos (la izquierda) creen que los sindicatos tradicionales representan nuestra opinión? ¿Han analizado la participación en las elecciones sindicales? ¿Por qué los otros (la derecha) consideran voces autorizadas para diseñar la educación a pedagogos y representantes de fundaciones privadas con intereses opacos? La enseñanza pública, en contra de lo que interesadamente ciertos sectores de los medios de comunicación quieren hacer ver, es enormemente plural. Conviven docentes con diferentes ideologías que somos capaces de soportarnos y casi siempre de entendernos. Es más, somos los primeros en reconocer lo bien que lo hacen algunos profesores de la "trinchera de enfrente" y lo mal que lo hacen algunos de los que, en teoría, son "de los nuestros". Porque vivimos en el aula cada día, cada semana, y sabemos que o nos apoyamos o no salimos adelante. Que nuestros alumnos no saldrán adelante sin la colaboración de todos sus profesores. Entonces, ¿por qué la mayoría de profesores creemos que jamás se nos escucha, que jamás se atiende a las verdaderas prioridades que nosotros entendemos que tiene la educación en España? No hablo de que decidamos nada (faltaría más) sino de que nuestra voz, la verdadera, se escuchase.

31 enero 2018

Un año de libros (2017)

Estos fueron los libros que leí por primera vez durante durante 2017. Fue un año con lecturas muy interesantes pero también con varias decepciones. Tras el peor otoño literario de mis últimos años (demasiadas cosas en la cabeza, demasiados libros empezados que no he terminado aun) la cosa quedó en esto: 
  • La cena (2010)Herman Koch. Novela.
  • Los (bienes) comunesJoan Subirats y César Rendueles. Ensayo (conversación política).
  • Los limites del deseo (2016)Esteban Hernández. Ensayo (política, economía).
  • La España vacía (2016)Sergio del Molino. Ensayo (sociología).
  • Contra la posmodernidad (2011)Ernesto Castro Córdoba. Ensayo (filosofía).
  • Escuela o barbarie (2017)Carlos Fernández Liria, Olga García Fernández y Enrique Galindo Fernández. Ensayo (educación)
  • Los cinco y yo (2017)Antonio Orejudo. Novela.
  • La ley de las aulas. La enseñanza española desde Franco hasta Wert (2016)Héctor G. Barnés. Ensayo (educación).
  • Teoría King Kong (2006)Virginie Despentes. Ensayo (feminismo)
  • Bajo el signo de la melancolía (2017)Santos Zunzunegui. Ensayo (cine).
  • Filmish (2017)Edward Ross. Novela gráfica. Ensayo (cine).
  • 2084, el fin del mundo (2015)Boualem Samsal. Novela.
  • La sociedad del cansancio (2012)Byung-Chul Han. Ensayo (filosofía).
  • La izquierda feng-shui (2017)Mauricio José Schwartz. Ensayo (pseudociencias).
  • El corazón de Livingstone (2014)Aurora Delgado. Novela.
  • Sociología del moderneo (2017)Iñaki Domínguez. Ensayo (sociología).
  • Storytelling (2008)Christian Salmon. Ensayo (sociología).
  • Howard Hawks, el camaleón de Hollywood (2017)Albert Galera. Ensayo (cine).
  • Centauros del desierto (1954)Alan Le May. Novela.
  • Economía y pseudociencia (2013)José Luis Ferreira. Ensayo (economía).
  • En defensa del populismo (2016)Carlos Fernández Liria. Ensayo (sociología).
  • Madres arrepentidas (2015)Orna Donath. Ensayo (feminismo).

27 enero 2018

Un año de cine (2017). Segunda parte

Aquí comparto la segunda tanda de películas que vi por primera vez durante 2017. Aclaro, mediante la palabra cine, las que vi en pantalla grande. Están ordenadas cronológicamente, según las fui viendo. 
  • La guerra del planeta de los simios (2017)Matt Reeves (cine). Broche final a una trilogía de cine de entretenimiento de gran calidad y enorme honestidad. César es ese héroe trágico que finalmente ha de enfrentarse a sus propias contradicciones, a sus miedos y a su rabia en una historia bien construida, emocionante, triste y con una música maravillosa del gran Michael Giacchino.
  • Figuras ocultas (2016)Theodore Melfi. De factura técnica rutinaria y dirección algo pobre la película se sostiene por la extraordinaria emoción que transmite ese grupo de mujeres negras de gran inteligencia enfrentadas dentro del mundo de la ciencia al machismo y al racismo, ese cóctel miserable que pudre nuestra sociedad. Excelentes interpretaciones en una película cuyo visionado provoca reflexión y nos recuerda la función social y educativa que también tiene el cine. Eso sí, siempre a la medida de Hollywood.
  • Amor tóxico (2015)Norberto del Val. Cine español de trincheras, realizado con pocos medios pero con enormes conocimientos. Además de con mucha mala leche y con mucha incorreción política. Su humor negro termina incomodando y, como ya indica el título, indaga en la toxicidad de las relaciones de pareja que establecemos. 
  • El bar (2017)Álex de la Iglesia- Contiene muy poco de lo mejor del director (el arranque de la historia, los movimientos de cámara, la fisicidad de los personajes, el dominio del espacio) y mucho de lo peor de su cine (inconsistencias narrativas, pérdidas dramáticas del ritmo, ese gusto por la extravagancia en el momento equivocado o la incapacidad de darles un final a historias que prometen más de lo que finalmente se obtiene). Decepcionante.
  • El círculo (2017) - James Ponsoldt. Un desastre sin paliativos. Qué cosa tan mala. Errada desde la misma concepción, consigue que una trama con enorme potencial (el mundo de las nuevas empresas tecnológicas y el lado oscuro de sus nuevas relaciones laborales e interpersonales) derive en un pestiño de dimensiones galácticas. No debe ser nada fácil lograr que una buena actriz como Emma Watson parezca imbécil la mayor parte del tiempo que deambula por la pantalla, sin saber muy bien qué hacer ni qué sentir. Eso sí, que Tom Hanks en su breve papel sea capaz de salvar los muebles y elevarse sobre el nivel medio de este bodrio habla extraordinariamente  bien de las tablas que ya tiene este excelente actor.
  • La mujer pantera (1942)Jacques Tourneur. Maravillosa muestra de lo mejor de un cine clásico de bajo presupuesto, sin pretensiones, imaginativo y libre, que arriesgaba con tramas sexuales y enfermizas como esta, que se colaban en segundo plano, enmascaradas tras cine convencional de género. Algunas de su secuencias, de corte expresionista, alcanzan la perfeción audiovisual. Muy recomendable.
  • El regreso de la mujer pantera (1944)Rober Wise y Gunter von Fritsch. Extraña secuela que retoma los personajes de la cinta anterior pero dentro de un nuevo contexto, alejándose del terror y del sexo, construyendo una especie de cuento gótico sobre la infancia y el difícil trance de dejar atrás la ensoñación de la niñez. Ha pasado el tiempo sobre ella.
  • Las furias (2016)Miguel del Arco. La familia es una fuente inagotable a la hora de construir historias porque indagar en ella es hacerlo en la construcción social más relevante de nuestras vidas. Si la historia, como es el caso, parte de lo particular para hablar de lo universal, las relaciones humanas mostradas nos sirven como espejo de las nuestras, nos duelen, nos hacen daño. La película, más allá de algunas innecesarias tentaciones manieristas en la fotografía, es potente, dura e intensa. Me gustó mucho.
  • El beso de la pantera (1982)Paul Schrader. Más alla de la hipnótica belleza sensual de Natassja Kinski la película es un absoluto despropósito. Todo lo que era planteado de manera delicada y sutil en la película clásica aquí termina convertido en algo ridículo y extravagante. Absolutamente innecesaria.
  • Guardianes de la galaxia 2 (2017)James Gunn. Más de lo mismo. Si bien la primera parte supuso un soplo de aire fresco en el sobrecargado universo marveliano, esta segunda parte parece nacer ya aburrida. Una vez agotada la propuesta gamberra de aquella solo queda en esta exprimir sin gracia a unos personajes sin evolución dramática, recurrir a chistes facilones y construir un nuevo final carente de lógica interna alguna pero eso sí, saturado de efectos especiales.
  • Queridísimos verdugos (1973)Basilio Martín Patino. Documental que te deja sin respiración, pegado a la pantalla, devorando no ya solo la crítica subterránea al franquismo, sino el espectáculo doliente de una España negra, visceral y pobre.
  • La momia (2017)Alex Kurtzman. Hollywood da signos de agotamiento y la audiencia ya no responde como antes a intentos de blockbusters extravagantes como este revival de los viejos monstruos de la Universal. Hasta hace bien poco la presencia de estrellas como Cruise y Crowe hubieran salvado de la debacle en taquilla a este bodrio, pero ya no lo consiguen. Hay siempre otra opción, claro: dejar de rodar bazofias como esta y ofrecer al espectador un divertimento que no ofenda a la inteligencia. Y un detalle más, que no se me olvide: el montaje, madre mía, el montaje...
  • Sully (2016)Clint Eastwood. Película sencilla, humana, sin pretensiones, que funciona sin algaradas y sirve para que Clint Eastwood, siguiendo la estela de sus viejos maestros, reivindique la figura del profesional que hace bien su trabajo, que ejerce de héroe contra su voluntad, enfrentándose incluso a la indecente maquinaria de la burocracia o la política. Cine con aroma a clásico al que, de todas maneras, se le notan las costuras ideológicas.
  • Al filo de los 17 (2016)Kelly Fremon. Los problemas de la adolescencia aparecen retratados inicialmente con frescura y sinceridad pero, a medida que el metraje avanza, la impostura y el artificio crecen. Comedia sentimental de iniciación que, como tantas en los últimos años, parte de premisas subversivas para cerrar su historia asumiendo los tópicos más conservadores. Es una tendencia que merecería la pena investigar.
  • La profesora (2016)Joan Hrebejk. La corrupción del comunismo en la antigua Checoslovaquia a través de las peripecias de la profesora de un colegio que poco a poco, a través de la manipulación y el chantaje, va consiguiendo que todos los padres de sus alumnos estén a su servicio para preservar las buenas notas de sus hijos. Atmósfera opresiva en una buena película que retrata con acierto la triste capacidad del ser humano para ser miserable.
  • El rocío es compartir (2012)Francisco Campos Barba. Basura infinita, cósmica. No hay palabras que hagan justicia a lo que sentí con el visionado de este engendro. Una reivindicación documental babosa, maniquea e hipócrita de la fiesta de El Rocío, que pretende dotar a una fiesta que desborda alcohol, clasismo y postureo de una trascendencia artificiosa a través de lo que el autor considera una realidad ya demostrada de antemano: que en esa fiesta la solidaridad y el hermanamiento entre personas diferentes es absoluta. Y un carajo. Como cine documental es un bodrio. Ideológicamente, un desvarío.
  • The Osiris child (2016)Shane Abbes. Una rareza de ciencia ficción que no oculta su espíritu de serie B pero que resulta entretenida. Juega a su favor el no abusar del CGI cutre habitual del cine de bajo presupuesto y recurrir a efectos especiales artesanales.
  • Piratas del Caribe: la venganza de Salazar (2017)Joachim Reomming y Espen Sandberg. La fórmula está agotada. Se ha exprimido hasta la última gota al que hace una década fuera un personaje carismático, Jack Sparrow. La decadencia del personaje solo es comparable a la del actor que lo encarna pero Disney es incapaz de renunciar a una franquicia maltrecha porque sigue generando ingentes cantidades de dinero. Al menos es (algo) menos aburrida que la anterior película de la saga.
  • Negación (2016)Mick Jackson. El famoso enfrentamiento entre la historiadora Deborah E. Lipstadt y el negacionista del holocausto judío, David Irving, a mediados de los 90, se convierte en una película judicial sin fuste, sin ritmo y con una pobre interpretacion de una actriz habitualmente solvente como Rachel Weisz. Una pena, pero las buenas intenciones no son suficientes para crear buen cine.
  • Nieve negra (2017)Martín Hodara. Contiene en su interior una buena película pero es incapaz de superar los continuos lastres de una trama disparatada (esa novia española...). Historia familiar tramposa  que deriva en un final bochornoso.
  • Revolt (2017)Joe Miale. Ciencia ficción de serie Z que no aporta absolutamente nada al trillado subgénero de la invasión alienígena de turno. Visualmente apañada.
  • Crudo (2016)Julia Ducournau. Enfermiza, oscura e inquitante metáfora del despertar al sexo adolescente a través del canibalismo. Aunque su visión resulte perturbadora no termina de cuajar en gran película debido a un tramo final indeciso en el que la historia está a punto de derrumbarse. A pesar de ello, recomendable.
  • Spielberg y Williams, el arte de la colaboración (2011)Robert Tranchtenberg. Documental que ahonda en la relación cinematográfica y personal entre dos de los gigantes del cine americano de los últimos 50 años. Su trabajo en común  perdurará para siempre en las memorias sentimentales de varias generacioness. Una gozada.
  • Milius (2013)Joey Figueroa y Zack Knutson. Retrato amable de la insólita carrera cinematográfica del director (Conan) y guionista (Apocalypse now) John Milius. A través del retrato de su poliédrica y arrolladora personalidad el documental analiza la revolución que supuso el nuevo cine americano de los 70 (nada que no haga mucho mejor el famoso libro de Peter Biskind, Moteros tranquilos, toros salvajes...) y su posterior decadencia.
  • The bad batch (2016)Ana Lily Amirpour. Pretenciosa y errada distopía postapocalíptica que bebe de las fuentes de Mad Max pero es incapaz de encontrar su propia voz, convirtiéndose en un batiburrillo de referencias inconexas y provocaciones gratuitas.
  • Blade Runner 2049 (2017)Dennis Villenueve (cine). Espléndida secuela de una maravillosa película. Visualmente es arrebatadora, con una belleza dolorosa que nos habla de un pasado perdido que no solo no se puede recuperar sino que, convertido en nostalgia totalitaria, imposibilita el presente y destruye la posibilidad de futuro. El dilema sobre lo que nos hace humanos sigue presente pero se abren nuevas puertas a través de ese replicante que sufre (y por tanto se humaniza) por el hecho de pensar que puede ser hijo de un humano. Los errores que pueda tener la película son ampliamente superados por sus aciertos y cuando las lágrimas en la lluvia se convierten en lágrimas en la nieve, mientras Deckard ve por primera vez a su hija con la música de Vangelis de fondo, el cine, ese arte, se hace extraordinario.
  • Spider-man homecoming (2017)Jon Watts. El trepamuros vuelve a casa, vuelve bajo el paraguas todopoderoso de Marvel y Disney, y el regreso le sienta bien, al menos superficialmente. Otra cosa es cuando rascas un poco y te encuentras con una película plana, insustancial, incluso a ratos aburrida, que esquiva todos los conflictos de Peter Parker y se queda tan solo con su lado más jugueton y adolescente. Tiene claro, es evidente, a qué publico se dirige.
  • Roug night (2017)Lucía Aniello. Las películas de juergas locas masculinas son un subgénero en sí mismo dentro del cine americano. No recuerdo prácticamente ninguna que supere, ni de lejos, el mínimo suficiente para ser considerada siquiera una película decente. Pues bien, ahora  (y es estupendo que así sea) llega el turno de historias con la misma temática pero con protagonistas femeninos. Pues eso. Hay que reconocer que esta película en cuestión es coherente con la trayectoria del género: es igual de patética que las protagonizadas por hombres.
  • Fe de etarras (2017)Borja Cobeaga. La polémica que generó su estreno en Netflix no benefició la recepción de una película que, tras las máscara de comedia, esconde una reflexión dolorosa sobre la futilidad de llevar hasta las últimas consecuencias unas ideas que nacen puras pero terminan solo sobreviviendo en el fango más infecto. La necesidad de una vida normalizada es uno de los torpedos de flotación más poderosos contra el mundo etarra que se hayan planteado. Da igual, es una película que no se ha querido comprender. No es de extrañar conociendo el país en el que vivimos.
  • The Meyerowitz stories (2017)Noah Baumbach. Uno de los directores indies más interesantes de la última década se atreve con esta historia familiar que se aleja algo de su territorio más habitual. La incomunicación y las frustraciones personales provocan envidias y malentendidos apenas superables por los fuertes lazos que se construyen en el seno familiar. Me gustó, pero no es ni de lejos mi preferida de Baumbach .
  • Ocho apellidos catalanes (2016)Emilio Martínez Lázaro. Perdido el impacto de la novedad se repiten fórmulas, clichés y giros de guion bochornosos en una película cuya puesta en escena recuerda más a un mal capítulo de la televisión española de los 90 que a una producción audiovisual moderna. Un par de chistes buenos, dos medias sonrisas y poco más. Lamentable.
  • The little hours (2017)Jeff Baena. Pintaba estupenda y se quedó en nada. Adaptación libre de El Decameron con un grupo de actrices y humoristas estupendas que termina convertida en una película insustancial lastrada por su construcción episódica.
  • Creative control (2015)Benjamin Dickinson. Cercana en su planteamiento a los mejores episodios de Black Mirror (aquellos que tratan sobre las consecuencias de las nuevas tecnologías en nuestras relaciones personales y sociales) dialoga también con la sobrevalorada Her, de Spike Jonze. La construcción de una inteligencia artificial que permita eliminar aquellos aspectos de tu pareja o de tu amante que no te satisfacen (también que permita escapar del rechazo) es el detonante de una reflexión inteligente sobre las despersonalización de las relaciones humanas y cómo la tecnología, que inicialmente palía los problemas, termina por agudizarlos. Interesante y recomendable.
  • Spielberg (2017)Susan Lacy. Un repaso menos minucioso de lo que debiera (sortea sin disimulo sus grandes fracasos) de la carrera cinematográfica de Spielberg, mostrando sus obsesiones, sus motivos recurrentes, la importancia de la familia en su vida y en sus películas, y evidenciando el enorme talento de uno de los directores más importantes de los últimos 50 años del cine americano. Enormemente creativo, con una técnica incomparable y una formidable capacidad en la direcion de actores. Otra cosa sería hablar de cómo ha desperdiciado ese talento durante tantos años.
  • Valerian (2017)Luc Besson. Intento de Besson de reverdecer los viejos laureles de El quinto elemento. Tan apabullante y creativa visualmente como aquella lo que aquí falla es la historia, confusa y sin gran interés, con unos personaje poco carismáticos con los que en ningún momento empatizas. Una pena.
  • El otro guardaespaldas (2017)Patrick Hughes. El punto de partida merece la pena: un guardespaldas en horas bajas ha de cuidar de un asesino aun más letal que él. Solo el humor irreverente salva a ratos una historia que se pierde en una subtrama irrelevante.
  • Brimstone (2016)Martin Koolhoven. Western psicológico y visceral que, de manera valiente, no elude las zonas más oscuras de una trama compleja sobre la pederastia, la religión y la enfermiza necesidad de controlar la vida de alguien. Película muy interesante, a pesar de la absurda subtrama que contiene para justificar su imbécil final.
  • The dark tower (2017)Nikolaj Arcel. Menudo desastre. Curiosamente lo que mejor funciona de la película es su inicio, la historia del niño con problemas psicológicos y familiares está muy bien planteada. El problema llega cuando lo fantástico aparece y todo se va al carajo. Pocas películas con presupuesto digno presentan los problemas que esta tiene de montaje, continuidad y ritmo.
  • Mother! (2017)Darren Aronofsky. Controvertida película a la que le han dado palos sin piedad y que a mí, curiosamente, me pareció excelente. Con una atmósfera malsana y mediante un crescendo narrativo que desemboca en una auténtica locura visual, esta (evidente) metáfora religiosa sobre la creación y el abuso de un mundo enfermo tiene otras lecturas sobre la creación artística  igual de ricas en su interior. Cine adulto para mentes abiertas.
  • Beyond skyline (2017)Liam O´Donell. Secuela tardía de una película sobre invasiones alienígenas que visualmente era brillante pero cuya trama y personajes dejaban mucho que desear. En este caso, en un alarde de coherencia digno de alabar, han hecho una película que es una chapuza total en todos lo aspectos. Para qué complicarse la vida.
  • The last jedi (2017)Rian Johnson (cine). Poco tengo que aportar desde un criterio puramente objetivo a una película de Star Wars. Las disfruto como el niño que fui, me sumerjo en ellas con emoción desbordada y las siento como parte de mi vida. En este caso, The last jedi me permitió reconciliarme con un personaje como Luke Saywalker, siempre demasiado naíf para mi gusto en la trilogía clásica. Me entusiasma la evolución de Luke, sus dudas, su vejez escéptica. Y como, a pesar de todo, asume su destino y finaliza su viaje del héroe. Me quedo con dos momentos, dos secuencias que valen oro: el reencuentro de Luke con Leia, tras tantos años, pura melancolía; y el final de Luke, con los dos soles en el horizonte, muriendo en paz. Y la música de esos dos momentos, la música de John Williams, reinterpretando de manera nostálgica dos de los mejores temas musicales de la saga. Pelos como escarpias.
  • La montaña entre nosotros (2017)Hany Abu-Assad. El cine ha mutado, es incuestionable. Y a quien más le afecta, curiosamente, es al cine de Hollywood. Esta película hace 20 años hubiera sido un exitazo, al borde del evento, y ahora pasa absolutamente desapercibida, no interesa a casi nadie. Una historia de amor entre adultos maduros interpretada por actores con carisma. Da igual, la taquilla no responde. La taquilla es millenial, nos guste o no. Y, en el caso de películas como esta, tan predecibles y convencionales, la verdad, no perdemos tanto.
  • Kingsman 2, el círculo de oro (2017)Matthew Vaughn. Tiene el habitual problema de las secuelas, en lugar de derivar los personajes hacia nuevas tramas que impliquen una evolución personal, se limita a repetir el esquema del éxito anterior y a volver a hacer todo igual, con una única novedad: más explosiones, más ruido, más efectos especiales. Absolutamente prescindible salvo por una cosa: disfrutar de una Julianne Moore espléndida, a la que se le nota lo bien que se lo pasa con su breve papel de mala malísima.
  • Bright (2017)David Ayer. La television (Netflix) es el refugio del cine heredero de aquél que en los 80 arrasara. Significativo. Tenemos a pareja de policias (hombres) salvando la ciudad (o el mundo, qué más da), mostrándose una lealtad inquebrantable (a pesar de sus diferencias) mientras sueltan sus chascarrillos y derrochan (o no) carisma. Que la trama de siempre ahora se desarrolle en un mundo alternativo inverosimil repleto de orcos, elfos y hadas no importa lo más mínimo porque todo huele a viejo, a rancio, a naftalina. El tiempo, que es implacable.
  • The babysitter (2017) - McG. Película de bajo presupuesto de las que produce Netflix para rellenar su catálogo. Divertimento adolescente con el que te ríes algo, te aburres mucho y olvidas en muy poco tiempo.
  • It (2017)Andres Muschietti. Para un espectador como yo, que no he leído la novela de Stephen King en la que se basa, la película no es más que un producto de cierta calidad que trata de pasar por cine de terror (aunque de eso hay más bien poco) una película de intriga adolescente. El desarrollar la historia en los años 80 no es más que una vuelta de tuerca más al coñazo del revival ochentero en el que llevamos inmersos unos años (y lo que nos queda).

13 enero 2018

Un año de cine (2017). Primera parte

Estas son las películas nuevas (no tengo en cuenta las revisiones) que vi durante el año que acaba de finalizar. Aclaro, mediante la palabra "cine", las que vi en pantalla grande. Están ordenadas cronológicamente, según las fui viendo. Separo la lista en dos partes para hacer más digerible su lectura. 
  • Passengers (2017)Morten Tydum (cine).  Todo es equivocado en ella, desde la puesta en escena hasta la música y la elección de unos actores que deambulan sin química alguna por la pantalla sin enterarse de nada. Un gran presupuesto puesto al servicio (¡por fin!) de una idea original de ciencia ficción para terminar contando una historia con una trasfondo ruin y machista.
  • La purga 3 (2017)James DeMonaco. Tras una primera secuela digna y potente esta tercera termina diluyéndose en la irrelevancia. No queda mucho más que contar y poco interesa.
  • The neon damon (2016)Nicholas Winding Refn. Acercamiento crítico al decadente mundo de las modelos de pasarela a través de una historia retorcida, depravada y perversa. Peliculón no apto para todos los paladares.
  • Tren a Busan (2016)Yeon Sang-Ho. De nuevo los zombis a escena, una vez más, con la novedad de plantear el espacio (el interior de un tren) como una limitación física inapelable. No deja de ser convencional y termina con una moralina tan prescindible como infantiloide.
  • Carol (2015)Todd Haynes. Una extaordiaria película de corte clásico, repleta de matices, pequeños gesto y con una interpretacion prodigiosa de Cate Blanchet. Espléndida.
  • Tarde para la ira (2016)Raúl Arévalo. Se le dio demasiado bombo a una película que agota su propuesta demasiado pronto y termina exhausta, apoyándose, eso sí, en una fotografía impecable.
  • La fiesta de las salchichas (2016)Conrad Vernon y Greg Tiernan. Podría haber sido maravillosa, descacharrante, realmente subversiva pero entonces no hubiera sido financiada por Hollywood. La contradiccion capitalista se hace carne en esta película animada que, a pesar de todo, merece la pena y sirve para echarse unas risas.
  • El hombre de las mil caras (2016)Alberto Rodríguez. Un personaje tan complejo como Paesa se merecía una película tan honesta como esta. No es perfecta, se pierde en sus propios vericuetos, quizás por emulación al personaje del que habla y termina enamorándose, pero el trabajo de Eduard Fernández es impecable. Atención al personaje de Roldán. Estremece intuir qué poco ha cambiado todo y cómo, políticamente hablando, seguimos en manos de parecidos ineptos con ínfulas de poder.
  • La La Land (2017)Damien Chazelle. El producto anual de Hollywood para redimirse parece buen cine, incluso consigue creerse que lo es pero es basura disfrazada de calidad, con el discurso neoliberal del éxito a toda costa tatuado a sangre y fuego en sus personajes. Relato cinematográfico convencional y maniqueo. Como musical tampoco es nada del otro mundo. Molesta.
  • Cuerpo de élite (2016)Joaquín Mazón. Ya, sí, que por qué, que para qué, que cuál fue la motivación para ver algo como esto. Yo qué sé, una tarde de enfermedad o un mal día, no lo recuerdo. Recibí justo castigo. Menuda bazofia.
  • Warcraft (2016)Duncan Jones. Menudo disparate. Era un proyecto que sonaba bien: una nueva película de corte fantástico ambientada en el universo del histórico videojuego. Y como director una joven promesa, Duncan Jones, que saltaba a las ligas mayores con el objetivo de confirmar las enormes expectativas que había sobre él. Pues nada, lo dicho, un auténtico disparate de principio a fin: un montaje caótico, una direccion errática que a veces parece inexistente y una historia absurda para construir una película que es un desastre y cuyo fracaso comercial está más que justificado.
  • Múltiple (2017)M. N. Shyamalan (cine). El acordeón que es la carrera de Shyamalan vuelve a tocar notas positivas para un director cuya gran virtud es la construcción de atmósferas pero necesita de historias potentes para que sus películas no se despeñen. Película que mantiene la tensión en el espectador hasta llegar a ese final abierto que expande el universo particular de esta historia y lo incorpora (en un giro sorprendente) al universo de aquella otra película de Shyamalan tan aplaudida, El protegido.
  • Que Dios nos perdone (2016)Rodrigo Sorogoyen. Me gustó mucho. Funciona la vuelta de tuerca a la clásica trama de psicópata perseguido por policías tan podridos moralmente como él. Y se permite jugar inteligentemente con un espectador demasiado acostumbrado a los cliches de Hollywood.
  • Dr. Extraño (2016)Scott Derrickson. Pues poco que decir. Otra película más de la factoría Marvel. Algo más entretenida de lo habitual pero igualmente olvidable. Pasatiempo chusquero.
  • La chica del tren (2016)Tate Taylor. La película es un desastre como tal. Nada cuadra, todo incomoda, aburre a base de clichés hasta que, justo antes del final, un giro inesperado eleva el nivel de la trama, el mensaje (necesario) aparece y el alegato feminista estremece y emociona.
  • El ciudadano ilustre (2016)Mariano Chon y Gastón Duprat. Excelente película que muestra el enfrentamiento de un escritor, de reconocido prestigio entre las élites culturales internacionales, con la realidad del pequeño pueblo donde se crió, de donde huyó, al que nunca quiso volver y al que parasitó literariamente durante toda su vida. Tiene muchas capas de lectura. De lo mejor que vi este año.
  • Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2016)David Yates. El universo creado por J. K. Rowling se niega a morir cinematográficamente con Harry Potter y vuelve a la carga con una muestra tan correcta como convencional, que hará las delicias de sus fans pero nos deja fríos al resto.
  • Morgan (2016)Luke Scott. Decepcionante. Ciencia ficción con pretensiones incapaz de elevarse sobre un guión convencional y rutinario.
  • El desafío (1997)Lee Tamahori. Años con la idea de ver esta película para terminar decepcionado con el enfrentamiento en la nieve de dos actores errados en sus interpretaciones, especialmente un Hopkins que deja salir su lado mas histriónico y menos contenido al servicio de una historia imbécil, machista y con un final de chiste.
  • Animales nocturnos (2016)Tom Ford. Extraordinaria e impactante, ya desde sus títulos de crédito iniciales, difíciles de asimilar para un espectador educado siempre en la belleza de los cuerpos jóvenes de la pantalla. Historia alambicada y dura rodada con pulcritud y estilo, con unos actores en estado de gracia que se esmeran en mostrar a través de su interpretación una visión oscura y dolorosa del ser humano, de sus necesidades, debilidades y miedos.
  • Surcos (1951)José Antonio Nieves Conde. Cine de denuncia social auspiciado por falangistas desencantados con la podredumbre moral del régimen de Franco. Esta podredumbre moral la representa una ciudad moderna como Madrid, donde solo los miserables pueden sobrevivir, en contraposición a la idealización del mundo rural y sus gentes sencillas. Película clave a reivindicar, más allá de las claves políticas que permitieron su gestación, por el retrato brutal de miseria que muestra de la España de Franco.
  • Yo, Daniel Blake (2016)Ken Loach. Cine de denuncia sin resquicio a la esperanza. Sigue las andanzas de un desempleado con una edad cercana a la de la jubilación en su lucha contra un Estado indecente que cada es vez es menos "del Bienestar". Deudora de Kafka la película duele porque respira verdad.
  • Kong: Skull island (2017)Jordan Vogt-Roberts (cine). Recupera el aroma del viejo cine clásico de aventuras. Intrascendente pero simpática.
  • La doncella ­(2016)Park Chan Wook. Maravillosa historia rodada con una extraordinaria sensibilidad sobre la retorcida y emocionante relación entre dos mujeres en un entorno opresivo y asfixiante. Abusa de los giros de guion pero ello no menoscaba ni un ápice su valor. Estéticamente es una delicia. ¡Qué bien dirige Park Chan Wook!
  • Life (2017)Daniel Espinosa (cine). Enésima variante de monstruo en el espacio dentro del subgénero que Alien convirtiera en canon. No aporta nada nuevo pero resulta un producto digno y entretenido. Bueno, si no tenemos en cuenta ese final abochornante
  • María (y los demás) (2016)Nely Reguera. Plana, repleta de tópicos infumables, intensita, irritante y soporífera. Una pena. Hasta una actriz de la calidad de Bárbara Lennie naufraga.
  • Comanchería (2016)David McKenzie. Cine que exuda sudor, rabia y derrota. Volvemos a la América profunda para  asistir un relato duro sobre las consecuencias de la ruina que provoca el sistema capitalista en cualquier rincón del mundo. Peliculón sin ambages, con una interpretaciones extraordinarias.
  • Moana (2016)Ron Clemes y Don Hall. Divertida, diferente, sin absurdas relaciones de pareja. Una gozada visual y argumental. Cine de animación muy recomendable.
  • Alien Covenant (2017)Ridley Scott (cine). Prometheus al menos me encabronó. Esta, en cambio, ni siquiera me llegó ya a molestar. Me aburrió, me dejó frío, me dio igual. Una pena porque la saga de Alien (hasta la cuarta) siempre fue muy importante en mi vida cinéfila.
  • The box (2009)Richard Kelly. Curiosa muestra de ciencia ficción, extraña y cerebral, dirigida por el tipo responsable de la magnifica Donnie Darko. Como pasaba con aquella esta película no te deja indiferente, pero no logra alcanzar ni su calidad ni su trascendencia.
  • Hunt for the Wilderpeople (2016) Taika Waititi. Una maravilla, una auténtica gozada, cine que respira humanidad, pasión y cariño. Una joyita a reivindicar.
  • Solo el fin del mundo (2016) Xavier Dolan. La familia es siempre un espacio de guerra y reconciliación. Y es en el que mejor se mueve Dolan. Con delicadeza e inteligencia la película capta las emociones de una familia rota que nunca volverá a recomponerse aunque sus miembros, torpemente, nunca dejen de intentarlo. Cine emocionante donde lo que no se dice es mucho más trascendente que lo que  apenas se logra balbucear.
  • 28 semanas después (2007)Juan Carlos Fresnadillo. Digna secuela de la excelente película de Boyle que reavivara a principios de siglo el interés por los zombis. Entretiene y no decepciona. Poco más que pedirle.
  • Los del túnel (2017)Pepón Montero. Comedia negra que relata el paso del tiempo en un grupo de personas afectadas por un evento extraordinario. Al cambiar el foco de atención habitual (el evento) y ponerlo en cómo degrada el tiempo las mejores intenciones de los seres humanos, la película se transforma en una bomba de relojería cuyo detonador será el personaje que interpreta Arturo Valls, miserable y patético, convertido a su pesar en el retrato de Dorian Grey de todos los demás. De todos nosotros. Curiosa.
  • Logan (2017)James Mangold. Un respeto a esta película. Se le nota que está fuera de mercado, que es el final de algo, que aunque la producción siga estando condicionada por las expectativas comerciales hay un aroma a final de ciclo que permite una libertad de la que el cine de superhéroes jamás dispone. A pesar de todo la historia cojea, le falta garra, le falta un contexto aun más decadente, aun más degradado. Pero respira honestidad y se le agradece.
  • La gran muralla china (2016)Zhang Yimou. Una rareza esteticista que también recupera el aroma de aquel cine clásico de aventuras desprejuiciado en el que la mezcla de culturas siempre estaba al servicio de la inevitable preponderancia occidental. Y encima, aquí, le meten también monstruos. Para pasar un tarde de  sábado.
  • Wonder Woman (2017)Patty Jenkins (cine). Refrescante muestra del cine de superhéroes que se aleja de los clichés masculinos habituales. Aun así, a pesar de todas las bondades de la historia, de las puertas interesantes que la trama abre respecto al papel de la mujer en la sociedad o respecto al absurdo de la guerra, todo queda finalmente  supeditado al habitual espectáculo de pirotecnia y efectos especiales que lastra hasta el hastío a todas las películas de su pelaje.
  • Selfie (2017) – Víctor García León (cine). Destila una mala hostia considerable. Retrato ácido, enmascarado de comedia, de una España tan imbécil como su protagonista. Una España negra que parece disfrutar construyendo trincheras con las que defender un postureo ideológico, frívolo y estomagante, que nos conforma como sociedad.
  • Déjame salir (2017)Jordan Peele. Cine de terror con connotaciones sociales que no desfallece a pesar de sus giros. Entretiene y te deja pensando en la mala leche que destila su mensaje. Interesante.
  • Es por tu bien (2017) – Carlos Therón. No merece la pena. Ni para opinar sobre ella. El cine español está sometido a la dictadura de las televisiones y la audiencia que les genera. Por eso produce subproductos como este. Vergüenza ajena.
  • Colossal (2017)Nacho Vigalondo. Tal vez sea la mejor película de Vigalondo, la más madura. Lo que empieza pareciendo una película más del Holywood más superficial, cine para adolescentes palomiteros, se va transformando sutilmente en una película que indaga dolorosamente en las relaciones de pareja, en la enfermiza necesidad de controlar a la persona que amas a través del chantaje emocional.
  • La reina de España (2016)Fernando Trueba. Todo lo que era alegría, dinamismo y sorpresa en La niña de tus ojos se convierte en fórmula y desidia en esta. Una absoluta decepción, un naufragio cinematográfico del que nadie se salva. Tristeza.
  • Okja (2017)Bong Joon-ho. Un autentico bodrio al que el ruido provocado por el hecho de estrenarse directamente en Netflix ayudó para promocionarse como cine de calidad y comprometido. Un cuento imbécil animalista incapaz de asumir sus propias contradicciones. Humaniza de manera tramposa a los animales (bueno, solo a los que le interesa) para ofrecer al espectador un relato emocional tan pobre como deplorable.
  • Soy un cyborg (2006) Park Chan Wook. Uno de los directores cuyas películas más me han impactado en los últimos 15 años convierte una simple historia sobre dos adolescentes socialmente inadaptados en pura poesía, en una oda a la comprensión y a la tolerancia. Puro cine.
  • 20th century women (2016)Mike Mills. Los retratos femeninos en el cine actual cada vez son más matizados, complejos y poliédricos. La mujer deja de ser un personaje plano, usado poco más que como estereotipo, para convertirse en alguien multidimensional, que respira, siente y reflexiona. Esta película podría parecer otra muestra de ello pero, a pesar de resultar interesante, el filtro masculino, el yugo de género, sigue presente en la construcción de esos personajes femeninos.
  • Proyecto Lázaro (2016)Mateo Gil. Muestra de un cine de ciencia ficción cuyas ambiciones superan con creces la capacidad y las limitaciones de los que se enfrentan a la tarea. Parte de una idea prometedora que termina derrumbándose debido al abuso de un sentimentalismo estúpido y convencional. En lugar de explorar las contradicciones que un avance como el que presenta la historia podría suponer (volver de la muerte) prefieren encallarse en el dolor y en la pérdida. Menudo coñazo.
  • Golpe en la pequeña China (1986) John Carpenter. La película contiene todos y cada uno de los motivos habituales por los que se ha convertido en leyenda el cine de los 80. Tal vez fue la incapacidad de apelar a la nostalgia pero me pareció una película sin ritmo, absurda y finalmente aburrida. Curioso.
  • Ghost in the shell (2017)Ruper Sanders. Recuerdo el impacto (y la incomprensión) que me supuso ver el anime original en su momento. La clave era la reflexión sobre lo que significaba ser humano (en la línea de Blade Runner). No encontré nada de esto en esta película. Provoca una enorme tristeza asistir a la simplificación audiovisual de aquello que sabes complejo.

11 noviembre 2017

Uno de tantos: crónica de un fracaso educativo

Ya empiezo a olvidar su cara. ¿No les pasa eso a todos los profesores? A medida que pasa el tiempo muchas caras se olvidan, los nombres se entremezclan y solo permanecen las experiencias, las situaciones, las historias compartidas con ellos. Otro alumno más entre las decenas de ellos a los que damos clases cada año, entre los cientos de los últimos años. Un repetidor, otro más, extrañamente callado, extremadamente educado. Ese curso yo era tutor de su grupo de 2º de ESO. Solo 23 alumnos. Igual alguno de los tontos habituales considera que con ese número de alumnos el éxito académico debiera estar asegurado. Es lo que tiene el exasperante cuñadismo que provoca la educación: muchos pretenden opinar de lo que apenas son capaces de intuir a través de las limitadas experiencias de sus hijos. Allí, en ese aula, cada día, dando clases, los querría ver a ellos. Lo cierto es que grupos de alumnos como el que comento, de gestión emocional y académica tan complicada, ponen también a prueba esa discreta mediocridad del profesorado de la que he hablado en otras ocasiones, llevan al límite nuestras capacidades y nuestras contradicciones. Grupos de alumnos que se construyen de una manera equivocada en centros que se convierten en guettos sociales debido a la segregación lacerante que la educación reglada sufre en Madrid, con centros educativos de primera, segunda, tercera y cuarta categoría. Un sistema educativo diseñado, no lo olvidemos, en nombre de la libertad de elección de unos padres finalmente cómplices de una desesperante situación que cada año va a peor. "Si necesitas profesores de ciencia ficción, superhéroes de cómic para dar clases es que el sistema ya ha fracasado". Parafraseo a un muy buen amigo mío. No puede tener más razón. Eran 23 alumnos, sí. Pero solo recordar el panorama sociológico y económico en el que se desarrollaban sus vidas estremece. Y a pesar de que algunos, con su esfuerzo y con su inteligencia, parezcan ser capaces de sobreponerse a esas circunstancias personales al final, casi siempre, esas circunstancias condicionarán sus estudios. Como ya condicionan sus expectativas vitales y su comportamiento diario en el aula.

Se sentó desde el primer día allí, al fondo del aula, escupiéndome desde su disposición espacial su desconfianza, su desdén hacia el sistema, su falta de interés, el asco que la cárcel educativa le provocaba. ¿Por qué iba a pensar algo diferente?  El profesor avezado detecta a este tipo de alumnos desde las primeras clases, capta su insumisión inicial a las normas, al sistema, al poder omnímodo de una escuela que no es capaz de explicarse, que a veces ni siquiera lo intenta. Con el paso de los días y de las clases observé que a pesar de lo que pudiera parecer, a pesar de la imagen pública que en cada momento ese chaval quería proyectar, algo chirriaba, algo distorsionaba el relato habitual: su cuaderno era impecable, su forma de expresarse superior a la media, su interés por las ciencias anómalo. Pronto, desafortunadamente, otras circunstancias también se pusieron de manifiesto: sus amistades eran las peores posibles, desdeñaba sin sentido a varios profesores, faltaba a clase sin justificación y cuando venía sus ojos enrojecidos a primera hora irradiaban un inequívoco fulgor a porros desde esa última fila que él creía su refugio. Tenía 15 años, camino de los 16. Dos cursos por detrás de los de su generación. Dos años mayor que la gran mayoría de sus compañeros.

La labor de tutor es una de esas funciones profesionales del docente que va mucho más allá de aquello para lo que se le contrató. Presupone unas capacidades emocionales y sociales que distan mucho de lo que la mayoría de nosotros tenemos. Durante ese curso (y no lo recuerdo como especialmente anómalo) tuve que lidiar como tutor, en relación a ese grupo, con el robo de un móvil dentro del aula durante las primeras semanas del curso, con una profesora incapaz de asumir que sus clases debían ser para todos, con un embarazo no deseado de una alumna que terminó en aborto, con una alumna que vivía en una casa de acogida porque sus padres habían perdido la custodia, con un alumno cuyo padre acosaba a su madre e intentaba utilizarme para conocer datos de su paradero actual, con una profesora que juzgaba a las alumnas según la cantidad de tela que recubriera su cuerpo, con una alumna gitana a punto de cumplir los 16 años incapaz de decidir sobre su futuro inmediato, con alumnos disruptivos selectivos (según el profesor que les diera clases), con relaciones de grupo tóxicas... Y, junto a todo ello, como una piedra en el zapato, como un orzuelo en el ojo, ahí estaba este alumno. Uno más, uno de tantos, repetidor, extrañamente callado, extremadamente educado, el protagonista de este post. Alguien que jamás quiso ningún protagonismo. Que nunca exigió nada. Que aceptaba con docilidad su condición de fracasado educativo. Tan solo estaba allí, en clase. Y despistado, me escuchaba.

Lentamente, a lo largo de semanas, a través de pequeños acercamientos, comentarios sueltos y conversaciones fragmentadas fui ganándome su confianza. Hice lo único que siempre creí justo: la misma exigencia académica para todos los alumnos entrelazada con un trato diferenciado en lo personal para cada uno de ellos, según las necesidades de cada cual. Así entiendo la enseñanza. Y de la misma forma, de alguna manera, enfoco mi trabajo como tutor. Hay que mojarse, hay que arriesgar, hay que intentarlo. Siempre. ¿Qué me encontré? Dolor, un dolor agudo, una sensación continua de malestar vital combatida a duras penas con un prematuro consumo de drogas que permitía enmascarar el fracaso personal que suponía el fracaso académico, cuando era  precisamente el éxito académico lo que hubiera permitido justificar (equivocadamente) el sacrificio de una madre que había decidido "esclavizarse" laboralmente para que su hijo tuviese una oportunidad de futuro. El padre no existía (casualidad, ¿no?). Con el tsunami de la crisis habían perdido su casa, ahora vivían los dos, madre e hijo, en una misma habitación realquilada. Pero ella, la madre, nunca estaba presente, por fin había vuelto a conseguir un trabajo, de interna, cuidando a un anciano. No dormía en casa seis de cada siete noches a la semana. Cobraba una miseria. Capitalismo, lo llaman.

Si esto fuera una película ahora tocaría que contara cómo, a pesar de todos lo obstáculos, este chico sensible, avispado, más inteligente que la media consiguió finalmente superar su tristeza y su frustación, dominar sus emociones negativas y volver a centrarse en los estudios para así encontrar un futuro mejor. Desafortunadamente, una vez más, la realidad no se dejó construir con fotogramas. Sus estudios, lamentablemente, se enmarcaban en un contexto del que fue incapaz de evadirse. Ya he sido testigo de muchos casos como el suyo. Suspendió casi todas las asignaturas en la primera evaluación. Recuerdo con una mezcla de tristeza y melancolía las horas de conversación con él, en recreos, en séptimas horas, entre clase y clase. Siempre una mirada, un gesto de ánimo o de admonición por los pasillos. Es brutal el gasto energético que para un tutor supone guiar a este tipo de alumnos, intentar explorar todas las vías posibles que le permitan volver a estudiar, idear posibles itinerarios o soluciones junto a él y sus familias. Recuerdo con nitidez su mirada, franca, con aquellos ojos azules demasiadas veces enrojecidos por los porros. Y la lucidez que mostraba cuando analizaba su situación: era plenamente consciente del dolor que causaba a su madre y ello le causaba a él aun más dolor. Aunque a un adulto le pueda parecer absurdo él, aunque no estudiara, sufría con las malas notas, sufría cuando dejaba los exámenes en blanco, sufría cada minuto de su fracaso escolar, seguía intentando participar en clase cuando pensaba que podía conseguir que no quedara en evidencia su falta de trabajo diario. Pero era un chaval débil. Y era consciente de su debilidad. La asumía delante de mí para justificarse, para excusarse. Al llegar por la tarde a casa, ante la alternativa de quedarse solo una habitación con dos camas, dentro de una casa que no era la suya, optaba por huir, por refugiarse en la calle con sus amigos, con la que consideraba su verdadera familia, tan perdidos como él. Jugar al fútbol era su obsesión pero la infancia ya quedaba atrás y me confesó con naturalidad cómo sus amigos (él no, aseguraba) ya realizaban sus primeras incursiones en la delincuencia callejera de baja intensidad. Todo en su vida era un gigantesco error. Él era consciente de ello. Sonreía. Parecía agradarle que me preocupara por él. Utilizaba mi entusiasmo para engañarse, le servía para alimentar sus fantasías de cambio. Nunca lo consiguió.

Finalmente desapareció. Había ya cumplido los 16 años. El curso avanzaba. Empezó a faltar a las clases con asiduidad hasta que finalmente la madre, por teléfono, me confirmó que el chico dejaba de estudiar y que juntos iban a abandonar Madrid para irse a otra ciudad (ya no recuerdo cuál) donde su otra hija vivía y su marido le iba a dar trabajo en un taller de coches. Y así, de repente, sin más, aquella historia llegó a su fin. De la noche a la mañana. El profesor continúa con su día a día, con el resto de sus alumnos, inmerso en el vértigo de un curso siempre acelerado que apenas deja espacio a la reflexión sobre el panorama sociológico y político de aquello que presencia y vive cada año. No fue un caso aislado. Ese  mismo curso otras dos alumnas del mismo grupo, con circunstancias personales completamente diferentes, terminaron tomando el mismo camino que él. Tras horas de trabajo y de conversaciones con alumnos y familiares, apoyado (afortunadamente) como tutor durante todo el curso por el trabajo incansable de las profesoras del Departamento de Orientación, al final esos tres alumnos dejaron de formarse, abandonaron los estudios, salieron del sistema educativo sin que nada de su presente indicara que su vida fuese a ser mejor debido a ello y sin que el propio sistema pudiese hacer nada para remediarlo.

Algunos alumnos te marcan. Muchas veces de manera positiva, cuando ves que agradecen tu trabajo con sonrisas o palabras de cariño y reconocimiento. Otros, como este chaval, te marcan de otra forma. Te hacen poner los pies en el suelo, te ayudan a reconocer tus límites, a entender hasta dónde puedes llegar, y cómo el fracaso profesional es algo con el que el docente debe convivir. Ya no es solo aceptar con naturalidad que tus clases y tu forma de concebirlas no van a servirles a todos los alumnos de la misma forma, sino que has de asumir que tampoco podrás apenas ayudar en lo personal a las decenas de adolescentes que deambulan alrededor de nosotros cada año, demandando una guía, un apoyo, un asidero al que agarrarse para no hundirse del todo.

Cuando pienso en él me doy cuenta de que también, a su manera, es otro de esos chicos a los que dirigí mi carta abierta a un alumno al borde del abismo. Conozco el sistema educativo como profesor desde hace una década y en ese tiempo no he dejado de leer sobre educación y políticas educativas. Por eso considero que más allá de ideologías, de utopías pedagógicas de salón (pijoprogre), pedagogías escapistas o tradicionalismos acomodados al final estos alumnos nacidos en familias rotas o fracasadas, en una sociedad empobrecida económica y culturalmente como la española, solo terminan teniendo una oportunidad real, una ventana pequeña de acceso a un escenario laboral aterrador al que otros, al menos, llegan sin mucho sacrificio, por un camino de rosas. Y a esa ventana solo pueden acceder mediante el esfuerzo, la constancia y el estudio diario. Este chaval no lo consiguió. Mi respeto absoluto hacia él. Ninguna crítica. Solo este lamento, tan solo mi rabia. Porque a todos los que juzgan negativamente su fracaso habría que recordarles cuántos de nosotros, en esas circunstancias, fracasaríamos igual que él. Él desperdició aquella oportunidad. Ojalá haya aprovechado otras.