09 septiembre 2020

Mari en la memoria. Ocho años.


 
La memoria es caprichosa y, por algún motivo, este recuerdo no se diluye con los años, permanece con gran intensidad y siempre me reconforta: estamos en Caño Guerrero, en esa playa de Huelva que tantos sevillanos llevan colonizando cada verano desde hace tanto tiempo, en aquella casa grande pero desvencijada, casi a pie de playa, que durante varios veranos mi madre alquiló para que los hermanos nos fuéramos reuniendo con ella (por turnos, claro, nunca cabíamos todos) durante dos semanas. Por entonces, mi relación con Mari había mejorado considerablemente tras unos años de cierta frialdad. Su divorcio, su enfermedad y su vuelta (que iba a ser temporal) a la casa de mi madre para sobrellevar con su ayuda tanto las consecuencias del agresivo tratamiento de aquel puto cáncer de mama que le había atacado en 2009 como la crianza de su hijo habían hecho que, cada vez que yo volvía a Sevilla, especialmente en navidades, nos volviéramos a ver con tiempo de calidad en casa de mi madre y hubiésemos aprendido a volver a disfrutar de nuestra mutua compañía. Ya superábamos la treintena todos los hermanos y empezábamos a aprender a superar las diferencias con menos soberbia, menos arrebatos de niñato y más empatía. ¡Cuánto ayudaron la llegada de los sobrinos, los hijos de Mari y Espe, para eso! Aquellos últimos años volví a encontrarme con mi hermana, con su liderazgo familiar (ese que todos asumíamos con naturalidad), con su sonrisa desvaída, su fortaleza impostada, con su humor cabrón, con esa mala leche que sabía siempre presentar envuelta en terciopelo. Pero también intuí (sin llegar nunca a comprender en toda su dimensión) su dolor, un enorme dolor emocional que iba mucho más allá de su enfermedad y del miedo que se instaló ya para siempre en su frágil cuerpo, un dolor y una desorientación vital que le habían hecho romper con amistades de años, encerrarse en el núcleo familiar y volcarse completamente en la atención de su pequeño. Por supuesto, durante aquellos años, tuve la enorme suerte de tener un entorno propicio para pasar tiempo con su hijo, mi sobrino Ale, que había nacido en 2006 y que era un amor de niño, un oso amoroso que, desde que llegabas a casa, se te enganchaba como un koala, te iba a despertar cada mañana con locas ganas de jugar contigo y te buscaba en todo momento con devoción. Con esos ojos, con esa mirada tan profunda e inocente que te desarmaba. De todos los recuerdos que tengo de Ale de aquellos años hay dos que permanecen vívidos en mi memoria. Uno es cómo parecía darle una extraña paz acariciar levemente mi pelo cuando nos tirábamos en el sofá a ver alguna cosa en televisión y él, inmediatamente, buscaba refugio emocional en aquel tipo de los pelos largos que, al parecer, era hermano de su madre y, por tanto, alguien de confianza. El otro recuerdo, tan jodido, tan jodidamente triste, ya está contado aquí. 

Pero volvamos a Caño Guerrero, a uno de los últimos recuerdos felices que tengo de Mari, una historia que siempre me hace sonreír al evocarla, incluso ahora cuando trato de relatarla. Estamos en el verano de 2011, Mari se está recuperando satisfactoriamente de su cáncer de mama y le van a reconstruir (¿le han reconstruido ya?) los senos. Mi madre, siempre tan fuerte y cabezona, ha ido aprendiendo a delegar en ella muchos detalles de la organización de la nueva vida que llevan juntas. Formaban por entonces una extraña pareja las dos. Tras la muerte de mi padre y mi hermana Mercedes en 2002, y tras la marcha de los últimos hijos de su casa, mi madre se había tenido que ir acostumbrando a regañadientes a vivir sola en una casa que se había vuelto extrañamente silenciosa tras décadas de desbordante bullicio y griterío. La vuelta de Mari a casa, aún siendo por una desafortunada circunstancia, le regaló vida a mi madre, que no solo obtuvo compañía sino la posibilidad de volver a cuidar de alguien, de volver a hacer algo a lo que ha dedicado su vida. Desde que se instaló en su casa, Mari dejó que mi madre estuviese pendiente de ella, cuidando de sus comidas y sus descansos Y, aunque en ocasiones se quejara, siempre me pareció que la queja era puro postureo, que realmente agradecía esa atención, como si la necesitase en aquel momento tan complicado de su vida, como si mi madre y su casa se hubiesen convertido en una isla donde refugiarse momentáneamente de la tempestad.

Es de noche, hemos vuelto de la playa y ya queda atrás el caos de los baños de los niños, las duchas de los adultos y la gestión de las cenas. Es de las pocas ocasiones que nos recuerdo en el salón porque casi siempre preferíamos el patio exterior (igual los mosquitos o el frío nocturno de la playa onubense nos obligaron al traslado). Los niños ya están acostados, el tráfico de cervezas, "chocolate" (licor de orujo), ginebra y whisky es constante. Siempre bebimos demasiado los Almeidas, para qué negarlo. Hay un enorme buen rollo en el ambiente. Hay ganas de disfrutar, de disfrutarnos,  de celebrar la vida a la que Mari parecía estar regresando. Mari está en su salsa, se la ve relajada, la Cruzcampo corre feliz por sus venas aunque cada vez que pilla otro botellín participa de un extraño teatrillo con mi madre, siempre sobria y vigilante, que la mira con ojo carmelero advirtiéndole en silencio que no debe extralimitarse. Nos estamos riendo. No, esa no es la descripción más ajustada, nos estamos descojonando, algunos casi no pueden respirar, el alcohol ayuda, también esa extraña confianza que siempre mantienen los hermanos aunque nuestras vidas y formas de ser sean tan diferentes. Aquella noche éramos muchos (nunca todos, desde hace décadas, salvo en los funerales), también algunos cuñados, y ahí está Mari, enredada en su intento de chiste (qué malos hemos sido siempre para los chistes), ese que ya no recuerdo y que ni he intentado recordar (para qué); lo importante era esa letanía, esa repetición a la que abocaba aquella historia y en la que Mari se aplicaba con ardor haciéndonos a todos reír sin parar, mientras ella seguía y seguía con esos ojillos suyos que se le ponían cuando empezaba a tener muchas cervezas en su cuerpo, con ese balbuceo tan característico que intentaba enmascarar con alguno de sus latiguillos. El chiste, que parecía no tener fin, terminó por acabar entre jadeos de risas y miradas cómplices, y la pelota pasa a Espe, otra de mis hermanas y pareja de vida de Mari. Aprovecho alguna de mis actividades de tutoría con adolescentes y le pregunto qué haría ella si estuviera en una barca con sus dos hijos, su madre (la mía) y su marido (Dani) y se diera cuenta de que la barca no soporta el peso de todos sus ocupantes: "¿a quién tirarías al agua?". Espe, que también va calentita, como todos, mira un segundo a Dani (por aquella época algo pasado de peso) y, completamente seria y con el desparpajo y maravillosa naturalidad que la caracterizan, suelta: "el ballenato al agua". Estoy escribiéndolo y joder, me estoy descojonando. Estábamos algunos doblados por la risa, incapaces de articular palabra. Sigo dando por saco cuando logro recuperarme y le planteo: "vale, pero la barca sigue jodida, hay que tirar a alguien más". Espe, ya en su salsa, parece pensarlo un segundo y exclama: "¡la abuela al agua!". Destrozados, por el suelo, el gesto de indignación fingida de mi madre, la cara falsamente compungida de Espe, las risas, aquellas benditas risas, música sentimental para nuestros tristes oídos. Y allí estaba Mari, tan viva otra vez, tan viva hoy mientras la recuerdo, sin parar de reír, en sintonía momentánea con el mundo, levantándose a por otra cerveza con la mirada reprobatoria de mi madre: "¡es la última, mamá, tranquila!".

Y yo hoy, ocho años después de su muerte, nueve años después de esta historia, todavía me encuentro a veces mí mismo, cuando recuerdo aquella noche mágica, especial, gritándole desesperado: "¡ve a por otra cerveza, Mari, coge otro puto botellín, no dejes que termine nunca esta noche, aguanta, no dejes que el tiempo siga avanzando!".

29 julio 2020

Gotas de cine (5): El hombre que mató a Liberty Valance


Tom irrumpe en la conferencia para elegir al delegado que irá a Washington como representante del territorio. La película está ya llegando a su fin. Recuerdo la conmoción infantil cuando Tom aparece de nuevo en pantalla. Infunde terror. Hasta ese momento lo habíamos visto impoluto, siempre elegante, tan seguro de sí mismo, inmortal. Ahora, cuando llega a la convención en el momento en el que intentan deslegitimar a Ransom como posible representante público por haber matado a un hombre, parece otra persona. No es su barba de varios días ni la ropa polvorienta que viste lo que nos impacta, ni siquiera su violento e innecesario gesto para cerrar las puertas, no, lo que estremece es ese rictus de rabia y de dolor en su rostro. Sigue siendo hoy necesario reivindicar la maestría de John Ford para sacar lo mejor como actor de Wayne porque, de repente, intuimos y sentimos en Tom la presencia de Ethan, ese otro legendario personaje que también interpretara Wayne en Centauros del desierto, ese otro tipo desarraigado que ya no pertenecía al mundo en el que le seguía tocando sobrevivir. Ethan como un primer bosquejo emocionalmente fracturado, cínico y lastimado de un Tom que, finalmente, tampoco podrá vivir en ese mundo que ambos ayudaron a construir.

Hay enormes diferencias entre ellos. Lo que en Ethan Edwards era una pulsión de odio y venganza que resquebraja para siempre su alma en Tom Doniphon es tristeza, melancolía y vergüenza. Y una amargura vital que ya no lo abandonará jamás. Ha perdido todo. Pero todavía debe hacer una cosa más, casi con rabia, con extraño orgullo. Persigue a Ransom cuando este abandona la convención abrumado por el hecho de que su candidatura, en el fondo, esté basada en todo en lo que no cree, en todo lo que ha criticado del mundo que debe desaparecer: ha matado a un hombre, ha matado a Liberty Valance. Y por eso tiene una posibilidad de ser elegido. Tom lo persigue. Lo interpela con su dureza y desprecio habitual: "¡lavaplatos!" (en el doblaje español, que no recoge ni por asomo el significado del "pilgrim" de la V.O.). Pero ese apelativo desdeñoso ya no suena igual, ya no tiene la fuerza que tuvo (y que tal vez nunca debió tener). En el fondo Tom será incapaz jamás de entender y aceptar las normas de ese nuevo mundo que surge. Aunque intuya que lo que llega es mejor para la mayoría que lo que había. Tom ya no es el gigante que fue, ya no es aquel hombre que dominaba los espacios y los tiempos de la frontera; es un hombre derruido, su violencia vital empieza a ser anacrónica, su carácter comienza a mostar sus fisuras. No tiene presente ni futuro. Pero todavía mantiene su ascendencia sobre Ransom. Y le obliga a escuchar lo que realmente sucedió, le obliga a saber quién fue realmente el hombre que mató a Liberty Valance.

(Para ello Ford recurre a uno de los pocos flashback de su carrera. Acerca la cámara al rostro de Tom y las arrugas de Wayne casi nos permiten intuir a Ford dictando testamento, construyendo una vez más (tal vez la última) mediante la ficción el universo moral y emocional en el que le hubiera gustado habitar). 

Tom camina despacio, envuelto en la oscuridad. Al fondo vemos a Ransom y a Valance. Presenciamos de nuevo el duelo pero desde otro punto de vista. Sabemos que Valance va a matar a Ransom. Pero también sabemos que eso no fue lo que sucedió. Tom ha terminado por aceptar no solo que Ransom representa una oportunidad de futuro para el pueblo sino que también lo supone para Hallie, a la que Ransom ha enseñado a leer y a escribir. Hallie, la mujer con la que Tom soñaba formar una familia ya no puede dejar de mirar más allá, de mirar a un futuro distinto en el que Tom no está, pero en el que sí estará ese abogaducho, ese ingenuo con ínfulas, ese picapleitos que ha subyugado a todos con su autenticidad pero cuyo cadáver, en breve, alimentará a los gusanos. Ransom no debe morir. Herido y aturdido, Ransom a duras penas es capaz de alcanzar con su mano izquierda el revólver del suelo. Tom sabe lo que tiene que hacer y con voz fría le pide el rifle a su fiel compañero, Pompey. Tom está a punto de disparar de manera rastrera y cobarde a Liberty Valance, un tipo cobarde y rastrero que domina a la pequeña sociedad conformada en torno a ese pueblo mediante la violencia y la intimidación. Tom es consciente de que se está suicidando y que lo va a hacer matando a Valance de manera cobarde y rastrera, matando un tipo rastrero y cobarde para que su muerte permita vivir a Ransom Stoddard, ese absurdo abogado pacifista con ganas de cambiar el mundo que en ese momento acaba de alcanzar su revólver del suelo con la certeza de que está a punto de morir... 

Tom Doniphon murió cuando mató a Liberty Valance. Y, según John Ford, un país nació abonado por sus huesos.
 

17 julio 2020

17 de julio, 18 años después

Por aquel entonces, en 2002, todavía llevaba una especie de diario en unos cuadernos de pastas azules. Esto lo escribí unos meses después de la muerte de Mercedes, mi hermana.
"Hoy pusieron Titanic en la tele, la música de James Horner, recuerdos que me asaltan, subconsciente encerrado que surge de lo profundo. Casi dos meses desde que murió Mercedes. Lágrimas que no cayeron entonces aparecen ahora en mis ojos. Es un martes cualquiera, son casi las dos de la mañana. Hace dos meses, el 17 de julio, mi hermana Mercedes murió. Cayó después de un penoso y sanguinario cáncer que en seis meses escasos la consumió. Murió sin saber que se moría. Murió sin entender nada de lo que le sucedía. Murió rodeada de una madre, hermanos y hermanas enlodazados por el dolor, la miseria de la enfermedad y todo lo que rodea al cuidado de una enferma. Yo me enteré en un autobús. Camino precisamente de Sevilla ante la inminencia de su final. No llegué a tiempo. Eran las 15:30 de ese 17 de julio [...]. Aquí intento reflejar la muerte de una hermana. El vacío que deja. Y la vida que sin ella continúa inexorable. Este es mi homenaje a ti, mi Mercedes. A las tardes de sábado de películas de aventuras, a tus sonrisas de niña grande perdida en un mundo no hecho a tu medida, a tus historias, a tus proyectos de trabajos. Con 34 años te fuiste con todo por delante y, a lo mejor, para nosotros, desde fuera, con demasiado poco por detrás. Extraña vida la tuya. Tan diferente a lo que exige la evolución natural de nuestro mundo de hoy. Ingenua, con ese punto infantil. Te recuerdo, Mercedes, siempre entre tus libros, siempre soñando con otros mundos a través de ellos. Esos libros que hoy, tristes, ya echan de menos a su dueña, encerrados en cajas en el pudridero. Te recuerdo [...] en ese cuartito sobrecargado de madera verde que tú misma diseñaste en la casa [de nuestros padres], aguardando el momento de saltar a una vida que se te negó (o que te negaste a ti misma).

Nada es igual, pero todo lo parece. Solo en ciertos días como el de hoy, en ciertos momentos, aparecen de la nada las ausencias. Y arrasan con todo. El resto del tiempo todo parece avanzar como siempre. Aunque es mentira, claro. Todo es diferente, como es diferente hablar en pasado de vosotros [...]"

09 abril 2020

Las 50 mejores películas de una década: 2010-2019

Hace ya una década que empecé a apuntar en un pequeño cuaderno todas las películas nuevas que iba viendo durante aquel 2010. Después, cuando llegaron las navidades, escribí, como un torrente, pequeñas reseñas sobre cada una de ellas, sobre las sensaciones que me habían provocado y el poso que me habían dejado en mi cabeza con el paso de los meses.  Estas reseñas, por la manera en que fueron concebidas y por su gran cantidad, se inclinaron desde el principio más hacia la transmisión de sensaciones y emociones que hacia la reflexión y el análisis profundo. A partir de esa primera vez, cada año y cada vez con mayor esfuerzo, he repetido el ritual y he  dejado constancia por escrito en el blog de mis recuerdos cinematográficos anuales. Con el paso del tiempo, estas reseñas han terminado suponiendo una guía personal muy especial que me permite no solo indagar en la nebulosa de la memoria sobre las razones por las que aquellas películas, al verlas por primera vez, me provocaron entusiasmo, rechazo o indiferencia, sino también reconstruir, a partir de esos recuerdos cinematográficos, momentos que se van perdiendo de mi propia historia personal.

En esta década pasada, desde 2010 hasta 2019, he visto casi 900 películas nuevas, entendiendo como nuevas aquellas que, en ese momento, las estaba viendo por primera vez (independientemente de su año de estreno). Siempre he aclarado con la palabra "cine" entre paréntesis aquellas que veía en una sala de cine. Tras releer todas las reseñas que había escrito de estas casi 900 películas, he seleccionado estas 50 películas como las mejores de mi personal década cinematográfica. Tanto por lo que escribí en el año en el que las vi como por el recuerdo que mantengo de ellas. Hay algunas ausencias dolorosas pero necesarias para conseguir este número exacto, así como alguna inclusión de última hora provocada por un extraño impulso sentimental. Eliminaciones e inclusiones finales sin más fundamento que la propia evolución constante y necesaria del gusto cinéfilo. Están ordenadas cronológicamente según las fui viendo durante estos 10 años.

  • La cinta blanca (2009) Michael Haneke (cine). De lo mejor que vi ese año en el cine. Mediante una pulcra y elegante fotografía en blanco y negro se hace un retrato demoledor de los efectos de la represión en la educación de los niños. El plano final es antológico.
  • El año pasado en Marienbad (1960) Alain Resnais. Cine con mayúsculas que introduce al espectador en un laberinto onírico de salas, pasillos, espejos y personajes extraños. El silencio perturba tanto como la átona y redundante voz en off. El resultado es una de las películas más misteriosas, inextricables y fascinantes de la historia del cine.
  • Hasta que llegó su hora (1968) Sergio Leone. Desmesurada, maravillosa, hipnótica, apabullante y genial. Leone es el primer posmoderno del cine. En su cine (y especialmente en esta película) referencia continuamente a los más grandes del género para homenajearlos y al tiempo subvertir su mensaje. Nadie como Ford había retratado los grandes espacios de Monument Valley hasta que llegó Leone con esta película. Personajes desgarrados a los que la civilización alcanza y amenaza, que ven como su mundo se acaba mientras ajustan cuentas entre ellos.
  • El desencanto (1976) Jaime Chávarri. Una de las joyas ocultas del cine español. Las fronteras entre el cine documental y el de ficción se derrumban ante obras como ésta. Poética, sensible, hermosa, decadente, la historia de los Panero avanza entre retazos de nostalgia y despreocupación social y familiar hasta que la irrupción de Leopoldo, el mediano de los hijos, arrambla con todo y sirve para desenmascarar las ficciones y las máscaras de una de tantas familias que vivieron cómodamente en el franquismo. De esta manera, desde lo particular hasta lo general, la película compone un retrato de la España franquista de clase media (esa que cierto político vasco afirmó que “vivía con enorme placidez”) que desaparecía.
  • Take shelter (2012) Jeff Daniels. Apasionante e inquietante película en la que un ciudadano de la América profunda comienza a tener visiones que adelantan el fin del mundo. Una de las mejores películas de aquel año que utiliza la historia como excusa para investigar en la psique colectiva del pueblo norteamericano y en su transformación en un país atemorizado por todo tipo de amenazas (imaginarias o no) procedentes del exterior.
  • Arrebato (1979) Ivan Zulueta. Impactante, arrebatadora, sugestiva, extraña y subversiva. Una película fantástica, un testimonio fílmico de amor pasional al cine, un historia sugerente sobre el poder destructivo de las drogas y sobre la necesidad del cine, entendido éste como una forma de vida. Imprescindible.
  • Moonrise Kingdom (2012)Wes Anderson (cine) La penúltima película dirigida por Anderson sea tal vez su obra maestra hasta el momento. Vuelve a usar con inteligencia alguna de las constantes más evidentes de su universo particular, como esos niños con modos de adulto sin por ello dejar de parecer niños, y esos adultos desorientados que terminan aceptando la brújula vital que los niños representan. Además, la construcción del relato es más compacta que en otras ocasiones y el drama se cuela con naturalidad en esa visión agridulce del mundo que este director nos ofrece. Fantástica. Extraordinaria.
  • El último tango en París (1972) Bernardo Bertolucci. Qué decir de una película de la que se ha dicho ya todo. Sólo destacar, por tanto, la importancia brutal que tiene la interpretación de un Marlon Brando en estado de gracia que es el que eleva la historia hacia cotas inimaginables. El misterio que lo envuelve lo hace al espectador tan atractivo como a su amante, y la revelación de la cruda realidad mediocre de su condición hace que entendamos perfectamente la resolución final a la que se ve abocada ella. Indispensable.
  • Holy motors (2012) Leos Carax (cine) Una película fascinante y cautivadora. Con multitud de puntos de fuga, posibilita múltiples lecturas mientras asistes a las dolorosas transformaciones de un inmenso Dennis Levant en los diferentes personajes a través de los que el director reflexiona sobre la historia y el futuro del cine, sobre el ser humano y el paso del tiempo y sobre los sueños, lo que somos y lo que quisimos alguna vez ser.
  • Diamond flash (2011) Carlos Vermut. Rareza que ya se ha convertido en película de culto de minorías. Estrenada inicialmente sólo a través de la red, es una extraña deconstrucción del mito de los superhéroes sustentada a través de diferentes y duras historias de corte social mínimamente entrelazadas. Impacta, seduce, sorprende. Merece mucho la pena.
  • La puerta del cielo (1980)Michael Cimino (cine). Una obra mayor. Muy grande, tan grande y tan desmesurada. La leyenda negativa la persigue, le hace la responsable final de la destrucción del cine de autor americano de los setenta. Por megalómano y consentido. El último cine para adultos que Hollywood produjo. Hay que verla sin prejuicios, despojada de esa aura de fracaso y malditismo que arrastra. Western crepuscular, moderno, social y maravilloso. Fantástica.
  • The master (2012)Paul Thomas Anderson (cine). Una de las mejores películas que vi en 2013. Compleja, sutil, ambiciosa, profunda y apasionante. Interpretaciones increíbles para la historia de amor y rencor entre dos tarados. Uno que construye lentamente una secta que gira alrededor de su supuesto carisma y otro que trata de encontrarse a sí mismo y dar sentido a su vida desde sus evidentes limitaciones mentales. Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix bordan ambos papeles. Genial. No se puede dejar de ver.
  • Amor (2012) Michael Haneke (cine). La enfermad y la muerte. El paso del tiempo. El amor, la cotidianeidad. Haneke en estado de gracia. Contiene una de las frases más hermosas de la historia del cine. La dice la protagonista, ya con evidentes problemas de memoria y movilidad por culpa de una enfermedad degenerativa. Mira un álbum de fotos antiguo. Mientras lo hace, sentada junto a su marido, musita: "qué bonita la vida… y qué larga". Impresionante.
  • Old Boy (2003)Park Chan Wook. Sorprendente, impactante, retorcida y con secuencias que quedan para siempre en la memoria. Un despiporre visual y argumental. Absolutamente recomendable.
  • Los amantes del Pont Neuf (1991)Leos Carax. Qué película más bonita. Qué historia de amor tan desesperada, tan miserable, tan humana. Un gozo para los ojos, cine de extraordinaria calidad. El baile enloquecido y desquiciado de los dos protagonistas en la noche de fin de año es una de esas secuencias que corta la respiración y detiene el tiempo, en la que el cine se hace arte y alcanza una dimensión diferente. Extraordinaria
  • Después de mayo (2012)Oliver Assayas. Narración con tintes autobiográficos en la que se cuenta la convulsa juventud militante de algunos jóvenes antisistema en la Francia de los setenta, en plena resaca histórica del mayo del 68. Humana y contradictoria, tan realista como amarga, destila un cierto derrotismo imposible de superar ante la necesidad de rechazar los ideales para construir los cimientos de una vida personal y profesional. Algo tan lógico y comprensible como, al tiempo, egoísta y miserable
  • La caza (1965)Carlos Saura. Un calor que enloquece, el erial, los conejos, la muerte, el pasado tan presente. El sudor, tanto sudor, la rabia hipócrita que consume a los personajes, la envidia, el rencor y el paso del tiempo. Una película extraordinaria que sigue viva más allá del paso del tiempo, que se mantiene joven y que transmite a sus espectadores una podredumbre moral que resulta útil para comprender los lodos sobre los que está edificado la España moderna.
  • El lobo de Wall Street (2013) ­– Martin Scorsese (cine). Un Scorsese pata negra. Su mejor película en muchos años, tal vez desde Casino. Absolutamente frenética y con un Di Caprio volcado. El espectador queda apabullado ante el cinismo que destila la historia, el desenfreno, el descontrol y la falta de escrúpulos y de raciocionio de cierta parte del mundo de las finanzas. Un apunte: como siempre pasa con el cine de Scorsese, a pesar de la dudosa moralidad de los personajes y de los delitos que cometen defraudando tanto a ciudadanos individuales como al fisco, el director parece no poder evitar sentir simpatía por estos hijos de puta individualistas, miserables y egoístas, y conseguir que nosotros hagamos otro tanto. Al final terminamos convertidos los simples mortales en meros espectadores patéticos de las andanzas de "los que se arriesgan" a vivir de otra manera.  Y Scorsese "nos filma". Dos veces. La primera cuando muestra al tipo del FBI en el metro. La segunda como asistentes imbéciles de la charla motivacional que al final imparte el personaje que interpreta Di Caprio.
  • La gran belleza (2012) Paolo Sorrentino. Una auténtica gozada. Sorrentino, transmutado en un Fellini del siglo XXI nos traslada con mano firme la decadencia y el vacío que rodean a las élites presuntamente intelectuales de una Roma desconcertante y onírica. Peliculón
  • Snowpiercer (2013)Bong Joon-Ho. Una inteligente distopía enmascarada tras una convencional película de acción con toques asiáticos. Una de las películas más recomendables del año cuya carga política pasará desapercibida porque ni los unos, creadores y distribuidores, se atrevieron a explicitarla mejor, ni los otros, los espectadores, estarán dispuestos o capacitados para ver más allá de la acción convencional y reflexionar sobre un final violento que apuesta por una solución radical al viejo conflicto marxista.
  • Boyhood (2014)Richard Linklater (cine). Brillante propuesta de un Linklater obsesionado con mostrar el paso del tiempo en la vida de un niño, desde la infancia hasta la mayoría de edad. Y lo hace a través de retazos (rodados durante más de una década, mientras los actores crecían al ritmo de sus personajes) que se alejan de los momentos de trascendencia para centrarse en los supuestamente irrelevantes, en algunos de los muchos que pueblan la vida de todos nosotros, mediante los que nos cuenta el difícil tránsito desde la dependencia emocional infantil hasta la primera lucidez adolescente previa a la mucho más gris vida adulta. Una vida adulta en la que todos sobreviven sin brújula, perdidos. Imprescindible. Maravillosa.
  • Magical girl (2014)Carlos Vermut (cine). Vermut confirma todo lo que apuntara en su excelente opera prima (Diamond flash) y nos ofrece una película de extraordinaria calidad: dura, difícil, delicada por momentos, con unos personajes extremadamente frágiles a través de los cuales, de manera sutil, se adentra en las tinieblas del alma humana, construyendo un relato coral en el que de manera inevitable, y por mucho que intenten evitarlo, seres extraordinariamente dañados por la vida sólo sobreviven y tienen un respiro a base de hacer daño a otros que están tan jodidos como ellos. Fabulosa.
  • Dos días y una noche (2014)Hermanos Dardenne (cine). La película que mejor ha retratado los devastadores efectos de la crisis en los trabajadores no cualificados nos llega desde Bélgica. Marion Cotillard, en uno de sus mejores interpretaciones, se transforma en una empleada que justo al reincorporarse a su puesto de trabajo, tras una larga baja por depresión, se encuentra con que su empresa obliga a sus empleados a elegir entre mantener su paga extra o despedir a uno de ellos. Tras una primera votación en la que se deciden por su paga y por tanto aceptan el despido del personaje interpretado por Cotillard, esta tendrá dos días y una noche para hablar uno a uno con sus doce compañeros, y así intentar hacerles cambiar de opinión en la votación definitiva. La película nos muestra de manera dolorosa como la evolución del capitalismo y la destrucción de los lazos (también sindicales) entre los trabajadores solo nos ha llevado hacia una soledad alienante en la que, tras el cuento del individualismo competitivo, solo se esconden un derrota perpetua y una pérdida de autoestima que entronca con la pérdida de identidad y la corrosión del carácter de las que hablara el sociólogo Sennet. El tono final es a pesar de todo optimista: tal vez debido a la tormenta que nos devora uno a uno nos tendremos que dar cuenta de que solo desde el combate político y social en defensa de nuestros derechos podremos recuperar nuestras vidas. Imprescindible.
  • Interstellar (2014)Christopher Nolan (cine). Ambiciosa, irregular, emocionante, demasiado discursiva en ocasiones, un McConaughey genial, visualmente espectacular. Película de ciencia ficción con tintes filosóficos en la que, junto a decisiones argumentales cuestionables (e incluso chapuceras), se encuentran algunos de los mejores minutos de cine del año. A ratos, soberbia.
  • Dos semanas en otra ciudad (1962)Vincente Minelli. Es tan buena que hace daño. Una de esas películas-testamento con las que el viejo Hollywood se desnudaba y mostraba por fin su alma cínica y corrompida, sabedor de que su tiempo, por fin, ya había pasado. Minelli había filmado anteriormente Cautivos del mal, otra obra maestra que también mostraba las entrañas de la industria del cine de Hollywood pero con otro filtro, igual de cínico tal vez, pero con la potencia de los que se saben en plena forma y pueden aún disfrazar sus miserias tras la satisfacción final del éxito conseguido. Aquí, en cambio, Minelli ha envejecido, tal vez empieza a verse fuera del sistema, como sabe que les está ocurriendo a otros grandes como Ford, Lang o Hawks. Y ya no esconde nada: traslada al anciano director, interpretado magistralmente por Edward G. Robinson, todo el dolor de una generación de directores que veía cómo se derrumbaba su universo a su alrededor mientras ellos todavía se veían capaces de alumbrar grandes películas (que sabían, por otro lado, que ya nadie quería ver). Traslada a un maduro Kirk Douglas la tortura que para un actor supone que las luces de neón empiecen a alumbrar a aquellos que vienen por detrás a sustituirlo, mientras sufre la soledad y la deslealtad de aquellos en los que confió. Y el dolor, el dolor de la vieja industria traspasa la pantalla. Peliculón imponente.
  • Mad Max, Road Fury (2015)George Miller (cine). Brutal. Increíble. Una experiencia adrenalítica, visualmente apabullante. Miller, con setenta años, le da una lección a todos esos jóvenes directores que confían en los efectos digitales y en un montaje epiléptico para construir un ritmo desenfrenado. La nueva película de Mad Max fue uno de los acontecimientos cinematográficos de 2015 y con seguridad la mejor película de acción de lo que llevamos de siglo. No se puede dejar de disfrutar.
  • The fake (2013)Sang-ho Yeon. Tal vez el personaje principal de esta película animada coreana sea uno de los más complejos y ricos de los que he visto en el cine de los últimos años. Una película despiadada que aprovecha la animación para sobrepasar los límites habituales de las ficciones cinematográficas. Una historia sobre la fe, la ira, el poder y el control. Fantástica.
  • Deliverance (1972)John Boorman. Extraordinaria. Una reflexión terrible sobre el equivocado y ensoñador romanticismo que envuelve siempre a la idea de la vuelta a la esencia del hombre, del retorno a la naturaleza, dejando atrás una civilización pretendidamente alienante. Los actores colaboran con unas interpretaciones excepcionales a una película en la que, desde el principio, el espectador siente que algo va a ir muy mal en ese viaje "artificial" por la salvaje naturaleza. La tensión crece de manera imparable hasta desembocar en una brutal muestra de salvajismo y animalismo humanos que está rodada con una frialdad lacerante. A partir de ese momento, ese grupo de amigos se enfrentarán de verdad con la naturaleza y comprenderán finalmente por qué el ser humano tuvo que buscar mejores (y más civilizadas) formas de convivencia. Un clásico imprescindible.
  • El club (2015)Pablo Larraín  (cine). Tal vez sea la película más dura jamás filmada contra la iglesia católica. Porque no ataca a su ornamento, ni a las altas jerarquías de sus estamentos, sino a su propia esencia. El terrible retrato de las miserias humanas de esos sacerdotes que conviven en una casa de retiro, tras ser expulsados de los hábitos por comportamientos delictivos, y que no dudarán en hacer lo que sea para sobrevivir, no es menos demoledor que el de esa nueva iglesia que representa el cura joven que viene a evaluar su situación, cuyo acto final lo convertirá en el mayor hipócrita de todos, haciendo imposible cualquier atisbo de salida digna para ninguno de ellos. La sutileza en el tratamiento formal (despojado por completo de artificios), el feísmo de las imágenes, las difíciles interpretaciones, el tono aséptico y la critica acerada a la doble moral tanto de la vieja como de la nueva iglesia, convierten la visión de esta descarnada película en una experiencia desoladora. Impresionante. 
  • Canino (2010)Yorgos Lanthimos. Una pequeña obra maestra. Unos padres deciden criar a sus hijos en una casa a las afueras de una ciudad sin contacto con el exterior. El lenguaje se subvierte y se manipula para hacer desaparecer lo sexual, lo conflictivo y lo subversivo de la vida de unos adolescentes incapaces de sobrellevar la tensión vital provocada por sus instintos. Peliculón. 
  • Viridiana (1961)Luis Buñuel. Perversa y venenosa. Cine con mayúsculas que construye un humanismo artificial de origen religioso solo para destruir, con saña, con lucidez, de manera reflexiva, sin ambages. Una película extraordinariamente moderna cuya fuerza se agiganta con el paso de los años y con un tramo final antológico. Extraordinaria. 
  • Los olvidados (1950)Luis Buñuel. Una auténtica obra maestra. Buñuel construye una historia con vocación atemporal que pone el foco sobre la violencia intrínseca de una juventud criada en los arrabales del sistema, que nada espera de la vida y que por tanto no solo no teme a la muerte sino que la desafía y la invoca. Estremecedora. 
  • Anomalisa (2015)Charlie Kaufman, Duke Johnson. Hace daño. Es lo mejor que se puede decir de esta película: hace daño. Porque habla del paso del tiempo, de las ilusiones rotas, de la vitalidad física que ya no se encuentra, de la ensoñación permanente que ya no erotiza, de una madurez que no se valora. Y de los errores vitales que destrozan vidas y familias. Cine de animación estimulante e inteligente. 
  • Patterson (2016)Jim Jarmush (cine). ¿Existe realmente la felicidad? Tal vez solo sea ese estado en el que, cubiertas la necesidades básicas, no estamos sometidos al temporal de la enfermedad y somos capaces de situarnos en la misma frecuencia del momento y el lugar en el que vivimos y de aquellos con los que convivimos. Tan poca cosa, tal vez. Tanto, en el fondo. Jarmush construye su historia sobre esta idea y ofrece una de sus mejores películas. Una joya. 
  • Animales nocturnos (2016)Tom Ford. Extraordinaria e impactante ya desde sus títulos de crédito iniciales, difíciles de asimilar para un espectador educado desde siempre en la belleza de los cuerpos jóvenes de la pantalla. Historia alambicada y dura rodada con pulcritud y estilo, con unos actores en estado de gracia que se esmeran en mostrar, a través de su interpretación, una visión oscura y dolorosa del ser humano, de sus necesidades, debilidades y miedos. 
  • Comanchería (2016)David McKenzie. Cine que exuda sudor, rabia y derrota. Volvemos a la América profunda para  asistir un relato duro sobre las consecuencias de la ruina que provoca el sistema capitalista en cualquier rincón del mundo. Peliculón, con una interpretaciones extraordinarias. 
  • Queridísimos verdugos (1973)Basilio Martín Patino. Documental que te deja sin respiración, pegado a la pantalla, devorando no ya solo la crítica subterránea al franquismo, sino el espectáculo doliente de una España negra, visceral y pobre. 
  • Blade Runner 2049 (2017)Dennis Villenueve (cine). Espléndida secuela de una maravillosa película. Visualmente es arrebatadora, con una belleza dolorosa que nos habla de un pasado perdido que no solo no se puede recuperar sino que, convertido en nostalgia totalitaria, imposibilita el presente y destruye la posibilidad de futuro. El dilema sobre lo que nos hace humanos sigue presente pero se abren nuevas puertas filosóficas a través de ese replicante que sufre (y por tanto se humaniza) por el hecho de pensar que puede ser hijo de un humano. Los errores que pueda tener la película son ampliamente superados por sus aciertos y cuando las lágrimas en la lluvia se convierten en lágrimas en la nieve, mientras Deckard ve por primera vez a su hija con la música de Vangelis de fondo, el cine, ese arte, se hace extraordinario. 
  • El sacrificio de un ciervo sagrado (2017)Yorgos Lanthimos. Lo vuelve a hacer. Lanthimos vuelve a darnos una película excelente, fría, dura, inteligente y con personajes fascinantes. Descripción de una venganza con raíces mitológicas contra la familia de un médico que, debido a una negligencia, terminó matando a un paciente. Fantástica. 
  • Windriver (2017)Taylor Sheridan. El guionista de la también estupenda Comanchería se pasa a la dirección con un guion firmado por él mismo. La película lo tiene todo: dirección impecable, una trama bien hilada que va desentrañando el misterio a cuentagotas, unas interpretaciones poderosas, una atmósfera opresiva y una dura historia enmarcada en los arrabales emocionales de un país, EEUU, que nació con el enorme pecado de masacrar a los indios para después recluir a los pocos que quedaban, y a sus descendientes, en reservas. Estas reservas, con el tiempo, terminaron convertidas en cárceles sin barrotes para unos jóvenes que ven pasar sus vidas en ellas sin expectativas vitales. Espléndida.
  • The Florida Project (2017)Sean Baker. Una autentica joya. En el submundo de los suburbios del capitalismo, la luz de la infancia refulge durante un breve periodo de tiempo antes de que la realidad termine de pudrir una inocencia que ya no se volverá a encontrar. Ni siquiera servirá correr para escapar del mundo real y esconderse en DisneyWorld, ese mundo artificial donde la emoción pueril se convierte en objeto de consumo. Magnética, sensible, dura, conmovedora. Maravillosa. Encoge el corazón. 
  • The Square (2017)Ruben Östlund. Hay una cierta corriente en la crítica y en el público que denuesta cierto cine intelectual que se realiza desde la frialdad y el distanciamiento. Östlund, como buen heredero de Haneke, construye un artefacto cinematográfico de difícil digestión pero que funciona como un reloj: la crítica a la vacuidad del postureo que rodea al arte contemporáneo sirve como espejo deformado de una exposición descarnada de las pulsiones y emociones más prosaicas de una élite cultural decadente, que ya es incapaz de sobrevivir más allá de su burbuja de clase. Personas que cortocircuitan cuando la vida les hace interaccionar con la periferia de esa burbuja. Excelente. Con alguna secuencia para el recuerdo. 
  • Cold War (2018)Pawek Pawlikowski (cine). Un prodigio cinematográfico. Su sensibilidad y belleza a nivel visual solo son comparables con su capacidad para construir una historia de amor desesperado a través de retazos y elipsis radicales. Una auténtica gozada, cine de calidad, con una secuencia final soberbia que no solo sirve para sintetizar de manera inteligente el espíritu del relato al que hemos asistido, sino también para ilustrar de manera portentosa el carácter de los dos protagonistas. Pelos como escarpias. 
  • Roma (2018)Alfonso Cuarón. Película enorme y honesta. Nadie puede presentar objeción alguna a un acabado formal de una calidad incontestable. Las críticas han surgido en relación al supuesto clasismo que destila la historia. No entiendo esas críticas porque precisamente ese clasismo es algo que Cuarón, de manera tremendamente honesta, no pretende enmascarar en ningún momento: Cleo es la criada de la familia. No es un miembro de ella. Y es en las contradicciones y exigencias emocionales (y de sumisión) que esa relación laboral demanda donde surgen las reflexiones más perturbadoras e inquietantes que se pueden extraer de la historia. En ese sentido el final es elocuente y lacerante: toda la familia ya está en la casa tras el episodio de la playa y los niños se sientan para contarle a la abuela el heroísmo de Cleo para salvarlos del mar. Solo interrumpen la historia para pedirle a esa misma mujer, sin mirarla, que les traiga bebidas y pasteles. Magistral. Obra maestra. 
  • O futebol (2015)Sergio Oksman. Extraño, lírico y cautivador documental que comienza con un inseguro viaje a Brasil del director de la cinta con el objetivo de reencontrarse con su padre, ausente en su vida durante décadas. Con delicadeza emocional se muestra cómo rápidamente se da cuenta de que la conexión ya es imposible salvo a través de una pasión compartida: el fútbol. Mientras, el caos y el azar que rigen nuestras vidas deciden aparecer y aportar un elemento final dramático que el director, con pudor, incorpora a un relato visual muy hermoso y tremendamente humano. 
  • Pity (2018)Babis Makridis. Magnífica. Absolutamente brillante. Desde su primer e inquietante primer plano, con ese tipo que espera en su casa, a primera hora de la mañana, a que la vecina llame a su puerta para traerle ese pastel que cada mañana les hace a él y a su hijo desde que su mujer está en coma tras un accidente. Radiografía cruel y venenosa de un vampiro emocional que descubre el placer del protagonismo social y familiar que adquiere a través de la compasión que produce la casi segura muerte de su mujer. Un protagonismo que no está dispuesto a dejar escapar. La película es extraordinaria, en la senda del mejor Yorgos Lanthimos. No es casual que el guionista de la cinta sea el que habitualmente trabaja con él. Fantástica. 
  • The act of killing (2012)Joshua Oppenheimer y Christine Cynn. Escalofriante documental que se adentra en el asesinato de cientos de miles de comunistas y disidentes del régimen político instaurado en Indonesia tras la llegada al poder de Suharto mediante un golpe de estado militar en 1965. Más de 40 años después de los hechos, dos de los asesinos a sueldo que el régimen utilizara para ejecutar esos crímenes aceptan contar y reconstruir muchos de los asesinatos que cometieron. Y lo hacen con una crudeza, una vanidad y un distanciamiento emocional que harían estremecer incluso a la Arendt que escribiera aquello de la banalidad del mal. Imprescindible. Menuda hostia en el estómago. 
  • Los jóvenes salvajes (1961)John Frankenheimer. Los primeros cinco minutos de esta película siguen siendo hoy día una auténtica barbaridad: sin que escuchemos una palabra, mediante un deslumbrante montaje de imágenes y sonidos tan creativo como desquiciado, se contextualiza el enfrentamiento social entre bandas de chavales de los guetos de Nueva York y se muestra el contexto social y físico depauperado en el que estos jóvenes violentos desarrollan sus vidas. Espectacular. La recomiendo vivamente.
  • La sal de la tierra (1954)Herbert J. Biberman. Magnífica. Emocionante. Inolvidable. Película semidocumental sobre una huelga minera en el Nuevo México de los años 50. Es de lejos, junto a Las uvas de la ira (John Ford, 1939), lo mejor y más honesto que he visto nunca en el cine sobre la lucha por los derechos laborales. Resulta también impresionante (y casi sin fisuras, incluso visto hoy) el relato inicialmente secundario y finalmente definitivo (y definitorio) de empoderamiento femenino que plantea la trama. Transmite tanto dolor como verdad. Antídoto perfecto contra el cinismo. Imprescindible. 
  • Parásitos (2019)Bong Joon-hoo (cine), Brillante alegoría sobre la desigualdad social. La película, que comienza con un cierto tono despreocupado de comedia, nos cuenta cómo una familia de pillos se va introduciendo en el servicio de una mansión familiar de unos pijos buenistas que tratan de aparentar que no desprecian a esos pobres con los que, lamentablemente, deben convivir. Lentamente, de manera orgánica, la película se va oscureciendo hasta desembocar en una pesadillesca y cruenta metáfora final sobre la lucha de clases. Cine inteligente que utiliza la ficción para reflexionar sobre la imposibilidad de asimilación social de la enorme distancia que existe en las sociedades modernas entre las vidas disparatadas, ociosas y decadentes de lo más ricos y la miseria de los mas pobres (cuando además, estos viven expuestos al bombardeo continuo de imágenes que les recuerdan lo que no tienen y jamás podrán alcanzar). La secuencia de la fiesta en la casa y la de la carrera posterior bajo la lluvia, cuando la familia de pobres corre desesperada hasta su verdadero hogar, son brutales. Obra maestra.

31 marzo 2020

Mi top 5 de canciones de Western

El confinamiento y la enfermedad ha detenido de alguna manera el tiempo. El futuro se diluye, el presente está entancado y el pasado reaparece con fuerza. Hoy me he puesto a recordar aquellas viejas canciones de aquellas "películas del oeste" que llenaban mi cabeza infantil de aventuras, grandes llanuras, épica, indios y vaqueros.

El western es un género que murió hace ya mucho tiempo. De vez en cuando revive con alguna gran película pero lo cierto es que su tiempo ya pasó, su épica es de otra época y por eso los parámetros con los que el género puede reaparecer hoy nunca podrán ser aquellos bajo los que se contruyó en la época dorada del cine americano. 


Hoy construyo #MiTop5de canciones de westerns clásicos. Tienen que ser canciones, no melodías sin voz. Y me he dejado fuera algunas que también son muy especiales.

5. Río Bravo (Howard Hawks, 1959) 

Recuerdo con gran cariño este momento en el que la película se paraba por completo, el tiempo de la aventura y del drama se congelaba, y Dean Martin, Ricky Nelson y el maravilloso Walter Brennan nos hacían partícipes de su intimidad.
 



4. El Álamo (John Wayne, 1960) 

Es una canción que no solo me lleva a esta película sino a otras, como La conquista del oeste (1962). Es increíble su capacidad para transmitir nostalgia y melancolía. En El Álamo, además, sonaba espectacular poque Tiomkin se marcó una BSO y unos arreglos musicales de canciones tradicionales brutales.




3. Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952) 

Una auténtica gozada, perfectamente engarzada a la sucesión de imágenes que ponía en marcha la película, contraponiendo su gran belleza a la inquietante amenaza que se va construyendo. Otra vez el gran Tiomkin dejándonos una melodía para el recuerdo.




2. Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954)

Recuerdo el impacto que me provocó esta película cuando la vi por primera vez. El extrañamiento que provocaba el cromatismo de sus imágenes y la intensidad que transmitía esa imposible historia de amor, con el pasado como pesado lastre, de Viena y Johnny. Y esta canción (¡qué canción!) de Peggy Lee.



1. El árbol del ahorcado (Delmer Daves, 1959)

Mi preferida. Mis hermanos y yo descubrimos el placer por el cine clásico gracias a mi padre. Él durante mucho tiempo adoró aquel cine y sentía especial predilección por esta película. Cada 4 de marzo, el día que falleció, esta es la canción que cuelgo en mis redes en su homenaje.


01 marzo 2020

10 consejos (prácticos) para un profesor novato

Llevo casi quince años siendo profesor de Secundaria en la enseñanza pública. Ha pasado el tiempo suficiente para que comience a sentir cierta diferencia generacional con los jóvenes veinteañeros que acceden por primera vez a este trabajo. Es ahora cuando empiezo a constatar que no me faltaba razón cuando intuía (siendo profesor novel y veinteañero terminal) que en nuestra profesión la diferencia de edad entre compañeros es algo poco significativo y un pésimo indicador de una mejor o peor labor docente. Una vez que cada profesor establece las bases de su forma de entender la docencia durante los primeros años, las consecuencias de su labor en el aprendizaje de sus alumnos es completamente independiente de su edad.

Desconfía de aquel que afirme que no le molesta trabajar porque no podría vivir sin lo que hace. Es, sin duda, un cantamañanas. No recuerdo un solo día laborable que no me haya molestado el sonido de la alarma del despertador. Pero eso no quita que, al mismo tiempo, pueda reconocer que soy muy feliz con el trabajo que elegí, que disfruto en el aula, con mis alumnos, intentando transmitir tanto ese conocimiento científico básico que debe permitirles no ser unos analfabetos científicos como esa actitud escéptica y racional ante la realidad que ha de ayudar a convertirlos en ciudadanos críticos. Considero trascendente la formación académica del adolescente. Pero que me guste lo que hago no significa que minusvalore la enorme dificultad de nuestra labor diaria, que no entienda lo difícil que es mantenerse proactivo en ella, que no reconozca lo complicado que resulta que la rutina o la apatía no colonicen nuestras clases o que llegue un momento en la vida de todo docente en el que el nivel de esfuerzo físico y emocional que supone dar clases lo supere y la calidad de su labor se resienta. Yo sigo llegando cada día a casa, más allá de las tres de la tarde, absolutamente muerto físicamente. En eso no he notado ningún cambio en los años pasados desde que empecé a trabajar en esto. Llego roto porque cada día doy de media cuatro clases a unos 120 alumnos adolescentes de diferentes niveles y sigo considerando cada minuto de cada clase un reto, un desafío personal en el que debo conseguir la atención de la mayoría de los alumnos. A ese esfuerzo hay que sumarle las horas de guardia, las correcciones de exámenes y trabajos, la preparación de las clases y el tiempo dedicado a la comunicación con los padres y a la gestión de las situaciones personales de los alumnos. Por la tarde, por supuesto, siempre toca seguir corrigiendo o preparar  materiales para las clases del día siguiente. Y, desde hace años, asumo que la tarde del domingo es, en parte, laboral. No pasa nada, no cuento esto por victimizarme, hay trabajos mucho más jodidos que el mío (y muchos otros que no los son pero aparentan serlo), pero sí espero que sirva para dejar constancia del hastío que me provocan esos estúpidos que andan siempre empeñados en criticar (envidiar) las vacaciones de los profesores y son incapaces de entender y apreciar la importancia de nuestro trabajo con sus hijos.

La intención de este post no es otra que ofrecer una serie de consejos realistas a los nuevos docentes. Consejos basados en mi experiencia y que, por tanto, vienen tamizados por mi propia concepción de lo que debe significar nuestra labor en las aulas. Como será evidente, mis consejos están muy lejos de las grandes intenciones y ambiciones hipertrofiadas y ampulosas de esos gurús pedagógicos que no han pisado un aula en su vida y se arrogan el derecho de darnos lecciones a los profesores cada día a través de los medios de comunicación y de los cursos de (de)formación. Personajes oscuros que se disfrazan de subversivos y dinamizadores de nuevos enfoques educativos cuando están a sueldo de fundaciones privadas de bancos y empresas que los utilizan para reenfocar los objetivos de la Educación y tratar de ponerla al servicio de sus necesidades. Vendemotos pedagógicos que subliman sus frustraciones y dan rienda suelta a sus egos en cursos de formación de un profesorado cautivo que tiene que soportar cómo se lo infantiliza para deconstruir su autoridad intelectual y así convertirlo en un guiñapo maleable en manos de advenedizos con ínfulas.

Este es mi decálogo para los nuevos profesores, una serie de ideas y reflexiones que considero que pueden ser útiles para aquellos profesores de Secundaria y Bachillerato que comienzan su singladura docente.

1. Acabas de empezar. Escucha, observa y no pretendas opinar de manera tajante de lo que aún apenas conoces. Durante los primeros años empápate de la vida de un centro educativo. Ser profesor va mucho más allá de dar tus clases, hay dinámicas y rutinas adquiridas por todos tus compañeros que al principio te desconcertarán y provocarán tu agobio. Busca algún profesor (no necesariamente de tu departamento) que te ayude a navegar por los meandros burocráticos, pregunta hasta que comprendas cómo se han de hacer las cosas pero no trates de apelar continuamente a tu bisoñez para excusar tus errores. Asúmelos y endurécete.

2. No te refugies en un cinismo impostado y prematuro para tratar de esconder tu inexperiencia, como una manera de intentar mostrarte como un profesor con poso que ya sabe lo que se trae entre manos. No lo eres y todos lo saben. Asume que tu fuerza está en la ilusión que debe darte comenzar en esta profesión. No emules de manera ridícula la crítica hacia los alumnos de ciertos profesores más veteranos porque, en mucho casos, ellos sí son capaces de suplir su decadencia física y emocional (en un trabajo que desgasta enormemente) con la experiencia (que tú no tienes). Muchos de ellos son capaces de ser grandes profesionales en el aula mientras despotrican contra todos y contra todo. Evita intentar convertirte en un miembro más de la tribu mediante la queja o el victimismo.

3. Aprovecha tu juventud para acercarte a tus alumnos y que tus clases resulten más efectivas. Nos guste más o menos la edad de ese nuevo profesor que llega a un centro suele ser uno de los aspectos que más impacta inicialmente a los adolescentes. La cercanía generacional te debería permitir encontrar valiosas vías de comunicación con los alumnos. Hace no tanto que eras uno de ellos. No te confundas y consientas que esa cercanía se convierta en un colegueo pueril. Eres su profesor, no pretendas ser su amigo. No te necesitan como amigo pero en cambio les resultarás muy útil como esa figura adulta y cercana que les ayude a centrarse en sus estudios y pueda aconsejarles en los malos momentos.

4. Evita las absurdas trincheras cavadas durante años en los claustros de los centros a los que llegues. Ahora, por supuesto, estoy hablando de la enseñanza pública, donde todavía hay oportunidad para la crítica, la disensión y la oposición a la dirección del centro o a los grupos de poder que tratan de controlar la vida educativa del centro. Al poco tiempo de empezar a trabajar en un IES te darás cuenta de que difícilmente su ambiente laboral será una balsa de aceite. Dependiendo de con quién empieces a relacionarte y a conversar habitualmente comenzarán a llegarte informaciones (en general contradictorias) de viejas rencillas, de enfrentamientos personales entre miembros de un mismo departamento, de disputas entre departamentos y, por supuesto, de discrepancias con la dirección y la jefatura de estudios. No te posiciones en una guerra que no es la tuya para así poder compartir la crítica estéril del café mañanero con compañeros a los que acabas de conocer. Ni siquiera aunque te caigan bien. Date tiempo, interacciona con todos, también con los "jefes" o con "los otros", construye tu propia opinión, sé educado pero no actúes como un borrego,  no te posiciones sin toda la información y solo por una inicial simpatía personal en batallas que, analizadas con detalle, suelen ser muchas veces absurdas y, en general, solo sirven  para alimentar egos sobredimensionados.

5. Este punto es importante. A ver cómo te lo explico. Yo, desde luego, lo veo así y es clave en mi trabajo diario: no solo eres profesor de los alumnos de los grupos a los que das clases. Eres profesor de tu instituto y, por tanto, eres profesor de todos los alumnos de ese centro. Y lo eres desde que entras por la puerta del IES hasta que coges tu medio de transporte para volver a tu casa. Aprovecha cada minuto en el centro y cada interacción personal con el alumnado para hacer entender a los adolescentes de tu instituto (les des clases o no) que eres alguien a quien no solo tienen que respetar sino al que pueden recurrir en cualquier momento para solucionar cualquier problema. Si cada vez que haces una guardia, cada vez que te relacionas con alumnos a los que no das clases, cada vez que caminas por un pasillo repleto de adolescentes (desconocidos o no) siempre te muestras distante y arisco (que suele ser una forma de protección de los que no se sienten seguros), terminarán viéndote como el enemigo o, simplemente, te convertirás en alguien intrascendente e invisible para ellos. Con el tiempo llegará el día que tengas que intervenir en cualquier conflicto o solucionar algún problema y te darás cuenta de que los chavales apenas son capaces de escucharte cuando les hablas (salvo que el miedo les obligue).

6. La prioridad fundamental de un profesor es conseguir que sus alumnos aprendan algo cada día gracias a su labor. Nunca olvides que ese debería ser el objetivo fundamental de la enseñanza reglada. Podrás elegir entre diferentes estrategias pedagógicas para conseguirlo pero no te equivoques, no conviertas la felicidad de los alumnos (o el cariño que te muestren) en una medida del éxito de tu trabajo. No seas presuntuoso, eres una gota de agua en el mar de su aprendizaje, no pretendas ser trascendente, no confundas sus expresiones de aprecio con un refrendo a la calidad de tu labor (no siempre son los mejores jueces en el momento pero con el tiempo sí sabrán juzgarte). Nunca cedas a la tentación de ser su "profesor Keating" y ten absolutamente claro aquellos contenidos del currículo oficial que no pueden dejar de dominar el curso siguiente. Empatiza con ellos, entiende la dificultad que supone estudiar y esforzarse a esas edades para muchos de ellos, pero no dejes de exigirles. Necesitan de tu exigencia y de tu afecto para crecer. No los abandones cuando fallen, no los menosprecies, deja siempre una puerta abierta a los que se han convertido en objetores educativos, a esos que parecen desafiarte desde el primer día, trátalos en todo momento como un alumno más, hasta el final necesitan saber que existen mecanismos para reengancharse a un sistema educativo en el que ya han naufragado.

7. Tu actitud al entrar en el aula va a determinar completamente el desarrollo de tu clase. Y no te puedes imaginar cuánto. Si tu pretensión es que la clase que vas a empezar a dar sea importante para tus alumnos y que lo que les vas a enseñar se convierta en un aprendizaje significativo para ellos solo tienes una opción: entra en el aula arrasando. Te lo repito, por si acaso no lo has entendido: a-r-r-a-s-a-n-d-o. Exigiendo, sonriendo (sonríe siempre que puedas), interpelando a alumnos particulares, obligándoles a que se sienten con rapidez y que saquen sus materiales para poder empezar a trabajar. Imponiendo (con tu autoridad, sí) un silencio inicial para poder empezar la clase. Cuando ya estén sentados, cuando hayas conseguido su atención, nunca pretendas empezar a explicar nada sin interesarte por ellos. No estás grabando un video de Youtube, tus alumnos son personas con las que te tienes que relacionar, son chavales que te tienen que importar, pregúntales cómo están, interésate por su momento vital, por sus agobios académicos, por sus frustraciones e ilusiones. Van a percibir, sin duda alguna, si tu interés es real o no. No les tengas miedo. Ironiza con ellos pero no los trates como niños, ya no los son, trátalos como protoadultos, es lo que quieren y lo que se merecen. Nunca entres en un aula a dar clases y que durante unos pocos (pero interminables) minutos tu presencia en el aula resulte insignificante, intrascendente e irrelevante. Es la primera piedra en el camino de tu fracaso como docente. El show debe comenzar cuando tú llegas y no olvides que ellos, en el fondo, están deseando conectar contigo. Necesitan que domines el espacio y los tiempos del aula.

8. No te encierres en tu departamento y socializa con tus compañeros, la docencia no es una labor individual. La utilidad de tu labor y las consecuencias de ella siempre dependerá de otros. Vuelvo a centrar mi consejo en aquellos profesores primerizos de la enseñanza pública. Es increíble la heterogeneidad de los claustros y la enorme riqueza experiencial, ideológica e intelectual a la que permite acceder la horizontalidad de nuestro trabajo, el valor que tiene que todos los profesores, ya sean novatos o veteranos, ya tengan plaza fija o sean interinos, ya sean excelentes o inútiles, tengan las mismas responsabilidades y obligaciones, que nadie pueda construir una jerarquización en nuestras relaciones personales. No permitas que la diferencia de edad y los prejuicios (generacionales o ideológicos) te impidan disfrutar de la sapiencia y de la experiencia de compañeros a los que merece la pena escuchar. Aprende de todos pero sin sentirte obligado a reverenciar a nadie. No existe un solo docente que no haya fracasado en alguna ocasión. En muchas ocasiones, serán esas relaciones personales-laborales que hayas sido capaz de establecer las que determinen la posibilidad de resolución de conflictos con alumnos. 

9. Lo sabemos. Vienes a cambiar la Educación. Ahora que eres docente necesitas impugnar con la mayor premura posible la labor de todos aquellos "inútiles" que te dieron clases cuando eras adolescente. Tú lo vas a hacer todo mejor y de manera diferente. Aún  no eres consciente de la enorme distancia que existe entre ser un profesor de masas (realidad) y ser un profesor de salón (ensoñación). En todo caso, date tiempo. Antes de pretender innovar y cambiarlo todo estudia, escucha, lee y analiza qué pretendes conseguir con eso que tú consideras un necesario cambio de paradigma educativo. Utiliza con inteligencia y humildad el método de ensayo-error para no perjudicar a tus alumnos con tus quimeras. Y evalúa a posteriori los resultados de tu labor, investiga qué pasó con esos alumnos a los que diste clases al año siguiente, cuando otro profesor les dio clases de tu asignatura. Porque sí, tú venías a cambiar la Educación, pero procura que en una década no haya sido la rutina laboral la que haya pasado por encima de ti y te haya convertido en ese amargado con ínfulas que termina culpando a los alumnos y al sistema de que no se aprecie como corresponde tu capacidad de "innovación pedagógica". 

10. Un tema importante. No te lo tomes a  mal. A ver cómo te lo digo: no te pagan por dar clases en el vacío. No eres un youtuber. Te pagan por dar clases a alumnos que están en el aula contigo. Tienes que interaccionar con ellos. Resulta tan desconcertante como desolador que haya profesores (y los hay, nadie quiere hablar de ellos pero existen) que por diferentes motivos (incapacidad, desidia...) terminan transmitiendo cada día conocimientos al vacío de un aula repleta de alumnos que no lo escuchan. Hay profesores que pretenden convencernos de que cumplen con su obligación profesional explicando lo que la ley dictamina que tienen que explicar a un grupo de adolescentes que lo humillan diariamente ignorándolo de manera manifiesta. Su sufrimiento (real) no sirve como excusa para su fracaso profesional. Poco importa la vocación (o la falta de ella) que sientas si cuando cierras la puerta de tu aula no consigues que tus alumnos te escuchen, si solo los alumnos mas aplicados (esos que seguramente menos te necesitan) son los que apenas atienden a tus explicaciones mientras los demás desdeñan lo que les intentas transmitir. Nunca continúes una clase sin la atención del grupo. Y eso es algo que deberás conseguir desde el pirmer minuto de la primera clase que tengas con ellos. Las normas de aula deben ser pocas, claras y contundentes pero debes obligarte cada día a hacerlas cumplir aunque el esfuerzo sea gigantesco.

Son 10 consejos pero podrían ser algunos más. También te podría hablar de la necesidad de conocer la legislación que contextualiza la labor docente, de la obligación de explicitar perfectamente la manera de calificar exámenes, pruebas, trabajos y evaluaciones para que los alumnos nunca puedan pensar que tus notas son relativamente arbitrarias, de cómo debes intentar hablar cara a cara, sin dramas ni amenazas, con esos alumnos que inicialmente te desafían en clase para tratar de reengancharlos, de que jamás renuncies a repetir una explicación si un alumno te la pide y el ambiente de clase es el adecuado, de que si eres docente de la pública tienes que aceptar tu responsabilidad como funcionario y conocer críticamente las políticas educativas que afectan a tu labor diaria, de cómo debes compaginar una preocupación real y un afecto sincero hacia tus alumnos con cierto desapego emocional hacia ellos (no puedes ni debes llevarte sus problemas personales ni a tu casa ni a tu vida)... Este trabajo es apasionante pero los detalles que determinan nuestro día a día son infinitos y no tenerlos en cuenta, creer que solo "dando clases" cubres el expediente, suele ser el camino más rápido para la frustración, la desilusión y la decepción docentes.

Pero de todo esto escribiré otro día.

22 febrero 2020

Un año de libros (2019)

Estos fueron los libros que, durante 2019, leí por primera vez . No cuento, como siempre, ni algunas relecturas ni tampoco los 10 o 15 libros que comencé pero por diferentes motivos no llegué a terminar. Al final, la lista se reduce a estos 35. De nuevo, el ensayo se impuso a la novela
  • El funeral de Lolita (2018)Luna Miguel. Novela.
  • Los combatientes (2013)Cristina Morales. Novela.
  • Haneke por Haneke (2018)Michel Cietat y Philippe Rouyer. Entrevista (cine).
  • La farsa de las Startups (2019)Javier López Menacho. Ensayo (sociología).
  • Silencio administrativo (2019)Sara Mesa. Ensayo (sociología).
  • La moda reaccionaria en Educación (2019)Jauma Trilla Bennet. Ensayo (educación).
  • Los orígenes de la posmodernidad (1998)Perry Anderson. Ensayo (filosofía).
  • El director (2019)David Jiménez. Ensayo (periodismo).
  • Happycracia (2019)Edgar Cavanas y Eva Illouz. Ensayo (sociología).
  • El aliado (2019)Iván Repila. Novela.
  • Narrativas precarias (2019)Christian Claesson (coord.). Ensayo (literatura).
  • Suicidio (2010)Edouard Levé. Novela.
  • El derecho a la pereza (1848)Paul Lafargue. Ensayo (política y sociología).
  • Por un populismo de izquierdas (2018)Chantal Mouffe. Ensayo (política).
  • El miedo, historia y usos políticos de una emoción (2019)Patrick Boucheron y Corey Robin. Ensayo (sociología).
  • Ofendiditos (2019)Lucía Lijtmaer. Ensayo (sociología).
  • Serotonina (2019)Michel Houellebecq. Novela.
  • Airbnb, la ciudad uberizada (2019)Ian Brossat. Ensayo (sociología).
  • Cabezas cortadas (2018)Pablo gutiérrez. Novela.
  • Hoy es un buen día para morir (2016)Colo. Novela gráfica.
  • Liquidación (2014)Iván Reguera. Novela.
  • Tres décadas de estilo visual en el cine: evolución de la fotografía cinematográfica (1980-2010) (2018)Laura Cortés Selva. Ensayo (cine).
  • Capitalismo big tech (2018)Evgeny Morozov. Ensayo (sociología).
  • No society: el fin de la clase media occidental (2018)Christophe Guilluy. Ensayo (política).
  • Mabuse, el eterno retorno (2019)Noemi Guillermo. Ensayo (cine).
  • Cine y vanguardias artísticas: conflictos, encuentros y fronteras (2004)Vicente Sánchez-Biosca. Ensayo (cine).
  • Los surcos del azar (2013)Paco Roca. Novela gráfica.
  • Ecofascimo, lecciones sobre la experiencia alemana (2019)Janet Bichl y Peter Staudenmaler. Ensayo (política).
  • El calentamiento global (2019)Daniel Ruiz García. Novela.
  • Aquí mando yo. Una historia íntima de Podemos (2019)Luca Constantini. Ensayo (política)
  • La dictadura del coaching (2019)Vanesa Pérez gordillo. Ensayo (sociología).
  • Null island (2019)Javier Moreno. Novela.
  • La inutilidad de Pisa para las escuelas (2015)Julio Carabaña. Ensayo (educación).
  • Educación tóxica (2019)Jon E. Illescas. Ensayo (sociología)
  • Tierra de mujeres (2019)María Sánchez. Novela.