27 mayo 2017

Historias de una graduación de la enseñanza pública

Los observo con orgullo mientras suben al escenario, con esas sonrisas congeladas en sus caras, sonrisas que transmiten una extraña mezcla de nervios, excitación y satisfacción. Hoy es su fiesta, su graduación, han terminado 2º de Bachillerato, ese curso tan complicado, para muchos el más difícil de sus vidas.

Conocí a esta generación de alumnos hace cuatro años, en 2013, en 3º de ESO, cuando repetía por segundo curso consecutivo en el mismo instituto. No es fácil para un profesor interino dar varios cursos seguidos en el mismo centro y se tuvieron que dar dos circunstancias para ello: que a mí no me importara repetir con jornada parcial (importante) y que el instituto fuese (y sea) uno de esos centros que el colectivo docente cataloga como "complejo" (clave), por lo que no suele ser excesivamente solicitado por los profesores que tienen ya plaza fija y, por tanto, poseen cierta capacidad de decisión sobre el destino en el que trabajar.

Yo había llegado allí el curso anterior, en septiembre de 2012. Lo recuerdo como si fuera ayer. Empecé a trabajar un 20 de septiembre. Mari, mi hermana, había fallecido del putocancer el 9 de ese mismo mes. No parecía fácil volver al mundo real tras ese verano en el infierno pero dar clases resultó ser, finalmente, algo reparador... Pero esa es otra historia.

Cuando conocí a esta generación que ahora se gradúa estaban distribuidos en tres cursos de 3º ESO. Les daba clases de Física y Química, claro. Dos horas a la semana. ¿Cómo eran por entonces? Pues como son en general los adolescentes a esa edad, en ese nivel, tan complicado, tan difícil. Los había infantiles, insolentes, enormemente inteligentes, protestones. Los había divertidos, introspectivos, inquietos, incapaces de atender en clase. Los había objetores educativos, responsables, creativos, trabajadores. Y casi todos ellos ejercieron, en algún momento del año, en una de esas categorías en las que pobremente terminamos clasificando a los alumnos. ¿Qué era lo que les unía a todos? Nada sorprendente, nada que todo el mundo no sepa: todos, de una manera u otra, parecían estar enfadados con el mundo. Con sus profesores, con sus padres, con sus obligaciones. Pero tan solo había que rascar un poquito, acercarse a ellos, escucharlos con cierta atención para percibir que, tras esa primera capa de rebeldía natural, se escondían niños y niñas encantadores, se ocultaban muchos sueños, muchos miedos, muchas penurias y demasiada poca rabia. Casi todos, por acción, obligación o respeto respondieron positivamente a la única exigencia ineludible de mis clases: había que estudiar, que trabajar, las clases debían servir no solo para aprender sobre ciencia (prioritario) sino también para entender la necesidad de esforzarse cada día para conseguirlo. Había algunos, pocos, que demostraban en cada clase un enorme interés por aprender. Menos de lo que uno siempre desea. [¿Te extraña? ¿Qué te crees? ¿Que estás leyendo un relato de fantasía pedagogista?  Esto es la vida real.] Lo que sí aceptaron casi todos fue lo que todo profesor debiera desear: no estudiar no era opción. En el fondo, vistos desde fuera, pudiera parecer que nada los distinguía de tanto otros estudiantes de tantos otros centros de las zonas pobres de Madrid. Nada pareciera poder servir para distinguirlos. No es verdad. En absoluto. Para mí, que les daba clases, se convirtieron en especiales, diferentes y entrañables

Tras el curso 2013/2014 ya no repetí, me marché. O decidieron que me marchara. Qué más da. Era lo lógico, lo que tenía que pasar y pasó. De todas maneras sigo defendiendo que nada mejor para un grupo de alumnos que no repetir con el mismo profesor, en la misma materia, durante varios años. Aparecen nuevas voces, surgen nuevas ideas y se abren nuevas puertas cuando se cambia de profesor. De manera que ellos, ya sin mí cerca, se fueron haciendo mayores. Cursaron  4º de ESO y 1º de Bachillerato mientras algunos iban quedándose atrás, otros se desviaban hacia el mundo de la Letras y yo gravitaba de centro en centro, haciendo lo que creo que mejor sé hacer: trabajar enseñando ciencia en unos niveles educativos determinantes para el futuro académico y laboral de los adolescentes.

De repente, en el verano de 2016, en uno de los peores momentos de mi vida laboral, el destino me llevaba de nuevo a ese pueblo de Madrid que pocos pueden poner en el mapa cuando se menciona en cualquier conversación. Y no solo regresaba al centro sino que tenía que volver a dar clases a muchos de ellos, a muchos de mis antiguos alumnos, ahora ya en 2º de Bachillerato. Nada más y nada menos que en la materia de Física. Con asombro y aprensión descubría, además, que eran casi 25 los chicos que la cursaban (una anomalía debida a las necesidades organizativas de un centro pequeño). Recuerdo el primer día que vi a algunos de ellos en esos primeros días de septiembre y cómo una de ellos exclamaba: "¡Pepe, qué alegría, estás igual!". Y lo decía feliz, confiada, contenta por volver a tenerme como profesor. Mientras, yo, consciente del horizonte que se abría, empezaba a angustiarme, a agobiarme: ¿sabría estar a la altura del reto que se me exigía? 

El curso ha sido largo y complicado. Los he visto sufrir, llorar, encabronarse, someterse, rebelarse, volver a sufrir, y a llorar. Pero sobre todo los he visto luchar. A casi todos. Luchar, una  y otra vez,  enfrentándose  a sus propias capacidades, desafiando a miserables determinismos socioeconómicos, enfrentándose a un sistema que los impulsa hacia otras labores y hacia otros estudios, que los quiere apartar de los estudios superiores, que ignora sus sueños y sus necesidades. Ellos sí se enfrentan en soledad, solo con sus armas, a la exigencia educativa. Muchos otros, cuando sufren, gracias a su posición socioeconómica, disponen de todo tipo de ayudas para superar las dificultades, mientras que ellos solo cuentan con su esfuerzo, con su cabezonería y con su grupo de amigos. No todos lo consiguieron. No todos fueron capaces de aprobar. Casi todos lo merecieron por su esfuerzo pero lamentablemente con eso no basta. Tendrán otras oportunidades y terminarán consiguiéndolo. Seguro.

Ahora ya, por fin, el curso está acabado. Y ellos, por fin, respiran. Ahí están, encima del escenario. Tan estupendos, tan jóvenes, tan felices, tan inconscientes. Uno a uno recogen las orlas de manos de sus dos excelentes tutoras. Profesoras de la enseñanza pública que durante todo el curso los cuidaron, guiaron y animaron para que no desfallecieran. Que un profesor u otro sea el tutor de un grupo de alumnos es producto del azar cuando se organiza el curso. Convertir la labor de tutor en una herramienta imprescindible para la superación del curso por parte de los alumnos es, en cambio, solo debido a la implicación del docente. Por ello, desde aquí, mi felicitación y mi respeto para ellas.

Yo les aplaudía desde mi asiento, sonreía, recordaba conversaciones, risas, broncas, clases complicadas, anécdotas impagables, mis momentos de equivocada impaciencia, sus momentos de equivocada frustración. Ellos, mientras, en sus discursos y en sus vídeos trasmitían un sincero cariño hacia su etapa educativa en el centro, preferían quedarse con lo bueno (lo ha habido) y dejar de lado lo malo (que también lo hubo).

Reitero mi orgullo. Por ellos. Por todos. Por los que aprobaron conmigo y por los que, desgraciadamente, no fueron capaces. Orgulloso de haberles dado clases porque en cada momento demostraron que, más allá de las dificultades, estaban dispuestos a seguirme para aprender. Y eso, curiosamente, lo complicaba todo. Hicieron de cada clase un reto ineludible para mí: tenía que estar a la altura de su compromiso y conseguir enseñarles, conseguir que comprendieran cada uno de los conceptos abstractos y extraordinariamente complejos que mi asignatura plantea a este nivel.

Al final de curso, medio en broma medio en serio, les comentaba que no recordaba curso más complicado que este en mis años de carrera docente. Es verdad. Creo que darles clases a ellos este año ha sido el reto más complicado de mi carrera docente. Y estoy muy satisfecho con el resultado. Modesto tal vez, anecdótico pensarán muchos, intrascendente dirán otros. En absoluto. Creo firmemente en que son las pequeñas batallas el espacio en el que más podemos aportar. Dar una oportunidad de futuro a los que todo lo tienen en contra, sin traicionarles, sin regalos, sin buenismos condescendientes es una de las vías que la enseñanza nos permite. Jamás le di tantas vueltas a cada una de mis clases. Ni dediqué más recreos a resolver dudas individuales que nunca hubieran podido tener espacio en las clases.

Pero ahí estamos todos ahora, en un teatro de pueblo, compartiendo su felicidad, celebrando su triunfo. El final de una etapa que les permite incorporarse a los estudios superiores, ir a la Universidad, equipararse a tantos a los que llegar hasta ahí no les supuso ni la mitad del esfuerzo que ellos necesitaron. Y no precisamente por capacidad intelectual. Yo les aplaudo, me río, me emociono, me relajo, por fin, y espero que ahora, que poco a poco mi recuerdo se diluirá en sus vidas, algo permanezca de lo que les intenté transmitir. Respecto a la importancia del pensamiento racional, del conocimiento, del saber y de la duda legítima.

Y espero que no se olviden de dónde vienen. De dónde surgieron. Ahora que volarán lo más lejos que puedan y que quieran. Que no olviden que ellos son carne de la enseñanza pública. De esa enseñanza pública que tantos machacan cada día. Que sin la enseñanza pública difícilmente se les hubiera abierto la ventana de oportunidad que ahora se les abre. Que fue la enseñanza pública la que ningún mérito les pidió, ni ninguna cuota, la que no miró sus apellidos, ni indagó en su origen social. Que fue su trabajo y el de sus profesores lo que les permitió llegar hasta dónde ahora están. Y hasta donde llegarán. La desmemoria y el infecto elitismo son el cáncer que devora a una educación pública que lucha contra los prejuicios de un clase media que olvidó sus orígenes. Ellos son el futuro, dicen. Pero yo, hoy, solo puedo alegrarme por su presente.

17 mayo 2017

Peligros y contradicciones de la nueva educación emocional

Dedicarte a la docencia durante 10 años ofrece cierta perspectiva. Pasar curso tras curso dentro las aulas de la enseñanza pública en Madrid, cada vez más complicadas y masificadas gracias a la doble segregación Concertada/Pública y Bilingüe/No Bilingüe, permite, si trabajas con los ojos abiertos y vives de manera activa tu profesión, construir un opinión sobre lo que enseñamos, cómo lo enseñamos y el contexto social y legislativo en el que podemos enseñar. Cuando curso tras curso cambias de centro y terminas comprobando que existen realidades inalterables cuyo origen es ese contexto socioeconómico y familiar del alumnado que menosprecia la Administración, eres aun más consciente de cómo el auge mediático de la innovación educativa y las nuevas pedagogías no son más que la manera con la que el sistema esconde sus vergüenzas e intenta imponer sus necesidades económicas a la escuela. No basta con la experiencia docente (que es imprescindible), creo firmemente que todo profesor que intente construir un argumentario fuerte sobre la educación y sus consecuencias está obligado a estar continuamente leyendo. Pero no hablo de leer sobre nuevas técnicas pedagógicas y cómo con ellas los alumnos alcanzarán ese insustancial y tiránico estado de absoluta felicidad, sino que hablo de leer sobre economía, política, filosofía y actualidad para realmente comprender el contexto real en el que trabaja cada día.

Una mirada curiosa e indagadora permite asegurar a todo el que sea honesto con la razón intelectual que, más allá de esa realidad determinista de origen socioeconómico y familiar que afecta decisivamente a la trayectoria educativa de los alumnos, no existen verdades absolutas en relación a las mejores maneras de enseñar. En cada centro no constreñido por proyectos educativos totalitarios y que permite libertad de método pedagógico a sus profesores se observa con facilidad cómo los mejores profesores, los que terminan calando en el alumno, aquellos que permanecerán en su memoria para siempre, nunca tienen un único perfil: no tienen por qué ser jóvenes ni mayores, ni innovadores tecnológicos ni representantes de la vieja escuela, ni han de ser obligatoriamente cercanos y empáticos, ni necesariamente distantes. Pero hay una constante que se cumple inevitablemente en todos ellos y que surge siempre que los alumnos hablan sobre ellos, sobre sus mejores profesores. Es una certeza transversal: esos profesores les enseñaron. Les enseñaron cosas. Aprendieron con ellos. Aprendieron conocimientos. Conocimientos que en los siguientes cursos les facilitaron la vida para aprender nuevos conocimientos. No hablan así de aquellos que fueron buenos o cariñosos con ellos, aunque eso lo valoren. A esos profesores los aprecian pero no suelen ser los que los marcan. De los que hablan con esa profunda admiración adolescente que solo surge en los momentos especiales son de los otros, de los que les enseñaron de verdad, de los que les abrieron las puertas de saber. Aunque solo fuese una rendija durante un solo curso. 

La enseñanza de contenidos (la instrucción) es la única que, paradójicamente, deja espacio al alumno para la crítica y la rebelión. Para el uso de la razón y de la reflexión. No se puede enseñar nada desde la nada. No se puede aprender nada cuando la nada inunda las aulas. Por mucho que las "invirtamos". Solo desde una defensa expresa del conocimiento podemos defender una escuela realmente útil para la sociedad. Por eso hay que luchar contra ese mantra liberal que, desgraciadamente, los viejos y caducos partidos socialdemócratas europeos han terminado asumiendo como propio: "hay que poner la escuela al servicio de la sociedad". En absoluto. La escuela (pública) es un servicio de la sociedad a sus ciudadanos.

El alumno solo encontrará ese espacio de libertad en las escuelas si sus profesores no son elegidos por empresas, entidades religiosas o estados totalitarios. Es irónico que aquellos que defienden poner el dinero público en manos de empresas privadas u organizaciones religiosas para que eduquen a sus hijos según sus limitantes principios ideológicos son los mismos que lanzan cada día soflamas histéricas sobre el supuesto control ideológico de los alumnos por parte del Estado a través de los profesores funcionarios. Hay que no tener ni puñetera idea de cómo funcionan los IES y los colegios públicos para creerse algo así. La oposiciones y el anoréxico mercado laboral hacen que exista una enorme pluralidad de voces en la enseñanza. ¿Control ideológico de la información que le llega a los alumnos? ¿Control ideológico y moral de la labor docente?  No lo duden, si quieren encontrarlo saben dónde buscar: en la enseñanza privada y privada-concertada.

Actualmente vivimos inmersos en una nueva batalla por la "modernidad" de la educación. De momento apenas roza el día el día de las aulas pero se está convirtiendo en una clamor mediático que construye los cimientos para el asalto final del capitalismo al mundo de la enseñanza ¿Eres profesor? Pues o eres innovador o eres una rémora. Y por innovación hay que dejar de pensar en nuevas tecnologías. La cosa no va por ahí.  La "nueva" educación psicoafectiva, cuyos mayores defensores  se encuentran curiosamente en cierta clase media pijoprogre que ha convertido la crianza de los hijos en un proyecto vital totalitario, intenta modelar emocionalmente a los alumnos y (re)construirlos según valores pretendidamente positivos.

Lo que finalmente se busca son consumidores dóciles y trabajadores entrenados (el puto coaching) emocionalmente para tolerar la frustración. Consumidores poco exigentes, sin criterio propio, sin rabia. Trabajadores adiestrados (¿amaestrados?) en las competencias y habilidades que el mercado considera adecuadas y aprovechables. Sin conocimientos, sin posibilidades económicas de alcanzar estudios superiores de nivel, las clases populares (vamos, los pobres) vuelven a estar de nuevo condenadas. Pero eso sí, estarán "educados", "entrenados" no solo para soportar su miseria y "comprenderla". Sino también para  justificarla. No sabrán nada de nada pero creerán que lo que les pasa es normal, natural. Y ese será el gran triunfo de la nueva educación, esa que promete hacerlos felices a todos solo mientras son niños y adolescentes, para después abandonarlos en manos del Mercado, para que  pueda disponer de ellos eficazmente. Y los siga formando durante toda su vida.