01 abril 2006

Federico Jiménez Losantos: devorado por los adjetivos

Se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Un guiñol desaforado que se encuentra permanentemente enfrentado al mundo. Enfrentado a todo aquél que no comulgue con sus principios. Él, que comenzó defendiendo la libertad frente a la asfixia intelectual generada por el imperio del monopolio, no supo aplicarse lo que un día creyó defender. Inteligente, culto, sarcástico y mordaz, magnífico tertuliano por su rapidez y creatividad mental, ha terminado dejando diluir hasta la nada todas las cualidades que atesoraba y que sus enemigos (tan sólo por ideología y desde la incapacidad) no quisieron nunca valorar. Ensoberbecido y con la odiosa certeza de estar siempre en la posesión de la verdad absoluta, ha derivado en un personaje oscuro, mezquino, lleno de rencores, henchido de poder y de orgullo hasta la náusea, propenso a la megalomanía y capaz de decir los mayores disparates con la mayor desfachatez. Federico Jiménez Losantos, el hombre que fue devorado por sus adjetivos.

Comenzó utilizando con inteligencia y soltura el amplio surtido gramatical que el castellano nos otorga a todos, pero pocos pueden utilizar. Usó los adjetivos como nadie. Inventó palabros, sustantivos, definiciones espléndidas de largo recorrido conceptual. Recuerdo ese magnífico Prisoe, hoy ya tan manoseado. Repleto de mierda por el uso constante e indebido que sus cachorros hacen de él. Da pena y asco leer los distintos foros de Internet y ver como repiten hasta la extenuación, sin gracia ni inteligencia, lo que su ídolo mediático dicta cada mañana desde su atalaya radiofónica. Ha conseguido una cohorte de admiradores paletos, jóvenes con ínfulas de patéticos patriotas, neoliberales de manual que idolatran como memos el libre mercado, fachitas de pacotilla y resentidos sociales. A todos los mima sin pudor desde su micrófono, y ellos se dedican a difundir lastimosamente sus consignas de forma panfletaria, cayendo siempre en el exabrupto, el grito y la ofensa. Internet está repleto de ellos. Se dedican a su tarea con pasión y furia, sus comentarios son un monumento a Darwin y a su teoría de la evolución, pues no se puede escribir ni hablar tan mal, diciendo las barbaridades y obscenidades que dicen, sin entender que nuestra parte animal, la menos inteligente, se hace más evidente en ellos. No escriben, no hablan, no comunican. Rebuznan.

Losantos ha suprimido de su cabeza la posibilidad de entender que haya gente que no vea el mundo a su manera. Para ello se ha desembarazado de voces discrepantes y se ha rodeado de vasallos intelectuales, un grupo de tertulianos cada vez más mediocre que aplaude con risotadas serviles sus desvaríos enfebrecidos. Además, como el Nerón de Quo Vadis, ha conseguido incluso subyugar públicamente a personajes de tanta enjundia periodística e intelectual como él, que maleados o abrumados por su personalidad arrolladora, se han convertido en parias infames, sombras de sí mismos, olvidando quienes fueron, de donde vinieron y que fracasar por un camino no lleva irremisiblemente a tomar el otro (pongamos que hablo de Albiac).

La pena es que todo esto ha eliminado cualquier rastro de posible credibilidad en su discurso; nadie salvo sus fanáticos seguidores pueden creer que lo que dice es cierto y no una inmensa y continua mentira para derrocar y destruir a los progres, a Prisa y al PSOE. La fijación es tal, que sabemos imposible que pueda ya seguir haciendo críticas veraces en las que se pueda confiar. Es un periodista amortizado. Para aquéllos que lo escuchábamos hace algunos años, cuando aún no se había convertido en el que es hoy, que lo escuchábamos desde posiciones ideológicas totalmente dispares pero sabiendo que había que escuchar otras voces más libres en un mercado monopolizado por las huestes de Polanco, es una pena constatar que otro foco de información se cierra, que la posibilidad de escuchar voces razonables desde las distintas trincheras se hace ya imposible desde ésta. Es una pena saber que con él los sociatas tendrán siempre su muñeco de pim- pam- pum y no tendrán que dar la cara y purgar sus propias miserias y sus propias hiprocresías. Es una pena escribir este epitafio periodístico de un periodista. Un periodista que fue devorado por sus propios adjetivos.

25 marzo 2006

Miserable extorsión

Xavier Vendrell es el secretario de organización del partido ERC, siendo también actualmente secretario general del primer consejero del gobieno tripartito catalán. Ante la noticia que recogen hoy distintos medios respecto a que ERC exige cuotas para su partido a trabajadores de la Generalitat, éstas son las explicaciones de dicho personaje, extraídas de El País:

"Cualquier persona que trabaje en un departamento de la Generalitat sin ser funcionario, está allí porque tiene la confianza del consejero y por lo tanto es un cargo de confianza, por eso debe pagar al partido."

Se le pregunta si eso afecta al los interinos:

"Sí. Cualquier persona no funcionaria y por lo tanto susceptible de ser sustituida por otra debe hacer su aportación al partido, aunque no sea militante. También administrativos o telofonistas."

Para terminar de aclarar el malentendido:

"Esquerra es un partido republicano, nosotros no tenemos reyes, y aquí pagamos todos."

No sé bien qué escribir ante esto. Lo fácil sería hablar de asco, miseria, descaro o indignidad. Pero lo cierto es que esta realidad lo que debería darnos es miedo. Este tipo de gente es la que nos gobierna, la que decide nuestra manera de organizarnos como sociedad, la que debe solucionar nuestros problemas, la que nos representa. Este tipo dice con total desfachatez lo que otros partidos seguro que también hacen, pero con mayor discreción gracias a los años que otorga la experiencia. Pero de verdad, es demasido duro, me parece increíble:

gente susceptible de ser sustituida...

aunque no sea militante...

aquí pagamos todos...

El Padrino no podría decirlo mejor; yo al leer esas palabras es como si lo escuchara, con la voz susurrante, arrastrando las sílabas. El imaginario de la mafia que nos legó Coppola hecho realidad.

Pd: Para todos los que con toda la razón del mundo nos hemos quejado alguna vez al ver o tratar a funcionarios inoperantes, aposentados, vagos o incompetentes esto debe ser un aviso para navegantes. El PSOE está manejando una posible ley de funcionariado que establecería incentivos, bajadas de sueldo e incluso despidos para tratar de dinamizar a una anquilosada administración pública. Cuando leí esa noticia me pareció positiva y sigo pensando que se haría desde el convencimiento de que así mejoraría el trabajo público. Pero se nos olvida el porqué de esa seguridad laboral de los funcionarios. Precisamente el motivo es intentar evitar que los distintos gobiernos en el poder puedan inmiscuirse en sus trabajos La idea es que puedan ser lo más independientes posibles y que no dependan sus sueldos y su futuro de uno de los muchos Vendrells que pululan por el lodazal de nuestra política. Ignoro entonces la solución, sólo sé que no debe pasar por decisiones políticas a no ser que queramos que la administración, en sus importantes labores que afectan a nuestro dinero, nuestra intimidad y nuestra organización, se quede ya completamente expuesta al chantaje, al mercadeo y a la extorsión.

Qué asco.

17 marzo 2006

Correr. Huir. Escapar

Escapar. Huir. Correr. Lo más rápido posible. De la manera que sea. Pero sin mirar atrás. No mirar atrás. No. Imposible. Un sudor frío que recorre la frente. La respiración agitada reventando los pulmones. El corazón que golpea y machaca brutalmente el pecho. Pero seguir. Seguir. ¿A dónde? ¿Por qué? Correr. Huir. Escapar. Sin fuerzas. Necesitaba parar, descansar. Lo observaban. Vigilaban. A su alrededor desconocidos a los que no veía sabía que posaban sus ojos sobre él. Sobre mí. Sobre él. Lo miraban desdeñosos, sin pena, sin compasión. Lo escrutaban. Lo conocían. Pero eso no podía ser. Tantos no podían saber de él. Él no los podía conocer. Vergüenza. Miedo. Una esquina. Otra. Un pequeño parque. El banco, vacío. Necesario. Sentarse un instante, parar. Descansar. Nervios, tensión. Sentía que no tenía escapatoria. Que lo atraparían. Venían tras él. Por mí. Tras él. Pisándole los talones. Allí, detrás de la esquina. Los escuchaba hablar, sisear. Sobre él. Seguro. ¿Pero quién era? ¿Por qué huía? ¿De quién? ¿De qué? En pie. Y rápido. Volvían a venir. Escapar. Correr. Huir. Iba a morir. Eso ya lo intuía. Casi, atropellado. Revuelo. Gente a su alrededor. La calle de repente atestada. Golpes. Empujones. Miradas inteligentes interceptadas. Todos estaban en la trama. Contra él. Lágrimas de angustia por las mejillas. En sus labios, mezcladas con sudor. Y sangre. Se mordía los labios con la tensión. Otra calle. Otro golpe. El suelo de nuevo. El revuelo de nuevo. La sangre. El motorista aullando de dolor. Incorporarse y seguir. Seguir. La vista nublada. La sangre de nuevo. Ahora no era en los labios. La brecha en la cabeza. Los dedos sobre ella. La sangre entre los dedos. Dolor. Pero no había tiempo. No podía detenerse, los sentía tras de sí. Parecían esperar que reventara. Que cediera. Que se rindiera. No, eso no. Huir. Correr. Escapar. Otra esquina. Otro mundo. Otra posibilidad. ¿Tal vez ésta?... Otra avenida, enorme. Infinita. Pasos, susurros, gemidos. Detrás. Delante, los edificios. Enormes cuevas del futuro. Gigantes hasta el cielo. Pequeñas las ventanas. Espaciosas las terrazas. Todas iguales, clónicas. Perturbadoras. Y en ellas, ellos. No los distinguía bien, tan sólo los intuía en su carrera. Y sus miradas. Sobre él. Miraban desdeñosos, sin pena, sin compasión. Lo vigilaban. Y detrás... Los sentía en su nuca. Percibía sus pasos, sus carreras. Sus alientos. Casi. Eran decenas, cientos. ¿Quiénes eran? ¿Qué querían? ¿Por qué lo perseguían? ¿Por qué no le dejaban en paz? Escapar. Huir. Correr. Ya todo él era un charco de sudor. La camisa empapada, pegada a su piel. Los pies lacerados, sangrando sudor. La mente aterrorizada, huyendo de él. La razón, a punto de abandonar su ser. Los ojos desquiciados. Fuera casi de sus órbitas. No más. Nada más. No pensar más. Ya no. Ya sólo el fin. Un único objetivo. Correr. Huir. Escapar. No ser cazado. No ser apresado. Continuar. A través de la avenida sin fin. Extrañamente rectilínea. Los balcones repletos, vigilantes. Allí, ellos. Presentes y ausentes. Quietos. Por él. Para él. Contra él. Marchar, marchar. Correr, correr. Para atisbar, de repente, sin lógica, el fin de la avenida sin fin. Otra posibilidad del refugio final. Pero detrás ya están. Corriendo como seres inertes animados. No volver la mirada, no mirar atrás. Pero ahí están, ahí están. Casi lo tocan. El tropiezo. El bordillo. El tobillo. El dolor. Dolor frenético. Frenéticos, abrumadores los brazos se ciernen sobre él. Tan cerca de la salvación. Una mirada desolada al final de la avenida. Casi, casi. Una asustada mirada en derredor... Entonces los ve, los reconoce. Entonces lo miran. Me miran. Lo miran. Ellos son él. Ellos son yo. Yo soy él. Silencio, sorpresa. Retirada. Unos pasos, tan solo. El tiempo se para. Me(se)levanto(ta). Las terrazas. Las ventanas. Los edificios hasta el cielo. Ellos allí también son él. También son yo. Paralizados, todos. En la calle y en los edificios. Petrificados, parecen. Y yo.
 
Huir. Correr. Escapar. ¿De quién? ¿Por qué? ¿ De qué? Allí, al fondo, el fin de la avenida. Acaban las calles. Acaba la ciudad. El fin del pasado. Un nuevo futuro. De nuevo, intentarlo. De nuevo, los brazos. Brazos que reptan, que se agarran con fiereza. Con desesperación. Brazos de hierro. Sus brazos. Todos son suyos. Los que se defienden, los que se liberan. Los que atrapan, los que atacan. No será. Imposible. Jamás podrá llegar. Y ahí está. Tan cerca, tan cerca...Tan lejos.