27 junio 2026

A pie de aula 9: gracias por todo. Un homenaje personal a esa generación de docentes que se nos está yendo

Lentamente, poco a poco, están desapareciendo de nuestros institutos. Es un goteo silencioso pero imparable. Se nos está jubilando una generación de docentes a los que vamos a echar mucho de menos. Este post es mi homenaje particular a los que ya se han ido, a los que se están yendo y a los que, en breve, nos dejarán.

Llegaron muy jóvenes a la docencia de Secundaria, durante aquella explosión de la enseñanza pública en los años 80 a la que después se sumaría la implantación de la ESO, en los institutos, ya en los 90. Desde hace unos pocos años, por puro imperativo temporal, muchos de ellos están alcanzando la edad de jubilación y se van despidiendo de las aulas tras toda una vida dedicada a la enseñanza. Con tanta sensación de alivio como de cierta melancolía.

Como en cualquier otra generación de docentes, entre ellos ha existido la inevitable cuota tanto de delincuentes laborales como de pésimos profesionales, profesores realmente incapacitados para una labor tan complicada como la nuestra. Pero aviso, hoy no será el día en el que hable de ellos. No lo merecen. Hoy hablaré de los otros, de la mayoría, de los que siempre merecieron la pena, de los que tanto enseñaron, no solo a sus alumnos sino también a los nuevos docentes que fuimos llegando a sus centros.

Siendo muy jóvenes vivieron el mayor cambio educativo de este país en los últimos 50 años: la LOGSE (no toca tampoco hoy hablar de sus defectos) llevó a los institutos a alumnos desde los 12 años y la obligatoriedad de que estudiasen hasta los 16 años. Aquello supuso una auténtica revolución educativa e impuso, de la noche a la mañana, una nueva manera de entender la labor docente.

Siempre me gustó escuchar sus historias sobre aquellos "viejos" catedráticos de los años 80 y 90 y su altanería hacia ellos, tan jóvenes por entonces. Es curioso, a pesar de sus claros intentos de diferenciación respecto a aquellos, cómo al final de sus carreras también se han terminado construyendo historias parecidas, de desprecios y prepotencia, respecto a algunos de ellos. En mi experiencia personal, especialmente en mis muchos años como interino, solo puedo decir que nunca las viví: la mayoría de ellos fueron siempre un ejemplo de respeto, compañerismo y horizontalidad relacional.

Sin que casi nadie lo notara, absorbidos todos por el ritmo infernal que impone el transcurso de cada curso, se fueron haciendo mayores durante los últimos 20 años. Los que estaban en los 40, allá por la mitad de la primera década de este siglo, cuando yo llegué, fueron cumpliendo los 50 y, finalmente, han terminado llegando a los 60. 

Entonces sí, de repente, en estos últimos años, al acercarse la jubilación, algo cambiaba, detalles casi imperceptibles: docentes que habían sido muy combativos en la sala de profesores y en los claustros se iban quedando en silencio, cada vez les costaba más relacionarse con los nuevos docentes que llegaban al centro y se refugiaban cada vez más en los suyos, en los profesores de su generación. Por otro lado, para muchos de ellos, la brecha generacional con sus alumnos se iba haciendo, lógicamente, cada vez más difícil de salvar y la cercanía de la jubilación hacía cada vez más complicado un nuevo reciclaje profesional.

En el fondo, casi sin ser plenamente conscientes de ello,  lo que iban haciendo era ir preparando, de una manera tremendamente digna, su salida, su final, su adiós a las aulas y a esa vida dedicada a la enseñanza.

En los últimos tiempo he visto he visto cómo algunos compañeros muy jóvenes, que llegan los institutos con su arrasadora energía juvenil y sus inevitables ansias de cambio radical, criticaban de algunos de ellos su perpetuo encabronamiento, su estancamiento profesional y cierto cinismo inmovilista. Estas críticas contienen su parte verdad, claro; también yo he ido asistiendo, con cierta tristeza, a cómo algunos se iban agriando excesivamente con el tiempo. Pero siempre admiré una cosa de la mayoría de ellos: tras despotricar de todo y de todos en la sala de profesores estos tipos iban al aula y lo daban todo. Cumplían con absoluta profesionalidad.

Si hay algo que los jóvenes docentes pueden aprender de esta generación de docentes que nos está dejando antes de que desaparezcan por completo de nuestros institutos, para no caer en un equivocado adanismo, tan victimista como narcisista, es cómo, en la sala de profesores, estos docentes veteranos pueden caer en una excesiva queja y una melancolía equivocada pero después, en el aula, siguen siendo excelentes profesionales con una excelente gestión de aula y de los tiempos educativos.

Una mayoría de estos docentes que se están jubilando cumple, en general, esa premisa que tantas veces he defendido: no existe posibilidad de enseñar nada a los adolescentes sin saber gestionar el aula promoviendo el respeto a tu explicación.

Si no te escuchan, no vas a enseñar nada a nadie.

Se nos están yendo unos excelentes docentes, una generación a caballo entre el tradicionalismo más rancio y la innovación más ridícula, los cimientos de los institutos en los que trabajé. La mezcla del ímpetu de los más jóvenes con su experiencia dinamizaba y le daba cierto poso a los institutos. En los últimos años, ciertos excesos utópicos eran siempre atemperados por su mirada, más pragmática, más apegada a la realidad.

Se está jubilando, sin hacer ruido, sin querer molestar, una extraordinaria generación de docentes y a nadie parece importarle lo más mínimo. Cuando los veo jubilarse y desaparecer en silencio, casi pidiendo disculpas por los entrañables y sencillos homenajes que les hacemos en los claustros de ese último instituto en el que han trabajado, siento siempre una punzada de rabia, una sensación de injusticia, una necesidad insuperable de reivindicarlos

De esta manera, también casi sin darnos cuenta, a los que llegamos a la docencia en la primera década del siglo, los que hemos trabajado durante casi dos décadas bajo el paraguas de esta generación que ya se marcha, nos va tocando, lo queramos o no, recoger el testigo de los que se van. Y no tengo nada claro que seamos muy conscientes de ello ni de si sabremos estar a su altura.

Por todo lo escrito, también por el desprecio de la Administración hacia ese docente que se jubila tras décadas enseñando, siempre he defendido esos humildes homenajes que hacemos en los institutos a ese docente que se jubila: esos pequeños obsequios que pagamos entre todos, esos aplausos privados que recibe, ese momento de protagonismo final que le damos. Me gusta observarlo en esos momentos, cuando recibe ese cariño y ese respeto final de un claustro repleto de profesores que, en su mayoría, en el fondo, no saben apenas nada de la trayectoria profesional de ese docente que ese día nos dice adiós.

Yo siempre soy de los que aplaude con fuerza, casi con fiereza, porque soy consciente de que no lo hago en mi nombre, que represento, de manera pobre, a los cientos de compañeros docentes y a los miles de alumnos que ese día no pueden estar presentes. Mientras aplaudimos a ese profesor que se despide, resulta conmovedor intuir ese último atisbo de orgullo por el trabajo realizado en su mirada.

Vaya este post por ellos, por los docentes que se jubilaron estos años, por los que se jubilan este curso y por los que próximamente nos dejarán.

Mi respeto, mi cariño y mi admiración por todos ellos.

 Post ampliado a partir de la base de un hilo escrito en X/Twitter el 23 de enero de 2026

22 mayo 2026

Un manifiesto educativo personal: contra los unos (#EnsoñaciónPedagógica) y contra los otros (#ClasistasDelConocimiento)

En España, en el ámbito de la enseñanza secundaria, existe una disputa pedagógica, interminable y de imposible resolución, que diariamente se pone de manifiesto en medios de comunicación y redes sociales y que ha terminado filtrándose, de manera tóxica, en nuestras leyes y en nuestros claustros.
 
 
Una de las muchas excusas para alimentar, de manera irresponsable, el fuego de una confrontación educativa que se nutre de toneladas de egotismo y narcisismo, es el falso debate sobre cuál debe ser el origen de la motivación del alumnado de la ESO y Bachillerato hacia sus estudios y el papel que debe jugar el docente en la misma.
 
En este combate, tan cruento como hipócrita, se alinean en una trinchera los #ClasistasDelConocimiento, que dicen defender la necesidad de una enseñanza reglada pura, una enseñanza que se mantenga lo más ajena posible al contexto sociofamiliar y económico en el que vive ese alumno al que el Estado, a través de la enseñanza pública, ofrece la posibilidad de una formación académica que le permitirá tanto obtener una mínima formación cultural como una mayor capacidad de opciones laborales en el futuro. Según ellos, solo la propia existencia de esta excelente oportunidad que, con los impuestos de todos, ofrece la enseñanza secundaria obligatoria debiera obligar a los alumnos adolescentes a traer ya de casa, en su mochila personal, la motivación necesaria para encarar sus estudios y aprovecharlos. Abanderan una Escuela falsamente meritocrática, en la que todos tienen las mismas oportunidades y deben ser tratados de la misma manera. Una inevitable consecuencia de esta Escuela, claro, sería que los docentes de Secundaria siempre debieran enseñar sus materias en un contexto favorable a su labor, con plena atención y respeto a la misma por parte de sus alumnos y, en el caso de que esta situación no se produjera, esos alumnos disruptivos debieran ser expulsados lo más rápido posible del itinerario común y desviados a otro tipo de formación más acorde con sus "motivaciones profesionales" (que, para algunos, sí presentan ya estos alumnos, en un curioso ejercicio de madurez selectiva, a edades tan tempranas como 12, 13 o 14 años).
 
Frente a ellos, en la trinchera contraria, se posicionan, desde una ridícula superioridad moral, absolutamente inmunes a la razón y a una realidad que desmiente sus postulados diariamente, aquellos a los que llevo años denominando los de la #EnsoñaciónPedagógica. Ensimismados en sus anhelos y enrabietados porque jamás la realidad de las aulas les devuelve la imagen del imposible (y equivocado) cambio pedagógico que defienden, nunca  pierden la ocasión de despreciar, tanto directa como indirectamente, el valor del conocimiento y la exigencia académica en una Escuela que sueñan con convertir en motor de un cambio social que dicen desear (aunque siempre que pueden, optan por conseguirlo desde fuera de las aulas, para que la realidad no les manche). Aunque no siempre se atreven a verbalizarlo directamente, consideran que la función principal de la Escuela (y, si les dejasen decidir, casi que la única), en aras de una equivocada visión de la equidad social y como única manera de paliar y compensar las extraordinarias diferencias sociofamiliares y económicas que, de origen, arrastran los adolescentes, debiera ser la defensa de una enseñanza paliativa, anoréxica de contenidos, emotivista y competencial, en la que el cuidado de la salud emocional del alumno fuera núcleo fundamental de su labor. Una Escuela en la que, por tanto, la responsabilidad de la motivación (o la falta de ella) de los alumnos recaería por completo en un docente que, siempre que no se termine plegando a sus dogmas, solo podrá fracasar ante sus ojos.
 
Se trata de un debate artificial, emponzoñado, maximalista y miserable. Un falso debate que no busca mejorar la realidad de nuestras aulas y en el que resulta imposible que se escuchen los unos a los otros porque nunca se trató de confrontar ideas respetando los matices, sino de encontrar las voces más mediocres y extremistas de la trinchera contraria para estigmatizar después, públicamente, a cualquier docente que intente aportar una visión personal sobre los males de la educación, desde su experiencia en las aulas, por acercarse demasiado a los unos o a los otros. Cada vez tengo más claro el objetivo fundamental de esta lucha fratricida: la obsesión de los ideólogos de ambas visiones es la domesticación de los docentes de Secundaria, tan dados ellos a mantener ideas propias sobre cómo se deben organizar y enseñar los contenidos de sus materias.
 
Ampliemos la descripción de ambas visiones.
 
Existe una corriente pedagógica, que se considera progresista, la de los militantes de la #EnsoñaciónPedagógica, que ya no se corta en denostar el aprendizaje de saberes, lo que siempre se llamó transmisión de conocimientos y, sin muchos matices, defiende que la labor fundamental de la Escuela debiera ser la compensación de las desigualdades sociales de origen (algo loable y necesario) que producen una supuesta desafección de gran parte del alumnado de las clases populares hacia los contenidos académicos que se ofrecen en esa Escuela construida de manera clasista para legitimar las diferencias sociales. Una Escuela, dicen, tan solo al servicio de las clases medias y la legitimación de la reproducción social, una Escuela a la que los retoños de estas clases medias se adaptan con facilidad porque está construida para ellos. Seguidores mediocres de la pedagogía crítica, construyen una visión tan absolutamente determinista del porqué de la existencia de la enseñanza obligatoria reglada que, sin darse cuenta, terminan siendo el reflejo especular de los que todavía creen que los sistemas de educación obligatoria que se fueron conformando en los últimos dos siglos y medio son completamente neutrales, sirven para dar una oportunidad igualitaria a todos y legitiman una saludable meritocracia. Ambos planteamientos hace tiempo que dejaron de permitir que la realidad perturbase sus ensoñaciones. Prefieren obviar el entramado de intereses que se disputan el control de la Escuela y cómo esta permanente disputa ha permitido la posibilidad real de existencia de una Escuela que ayuda (y mucho ) a que multitud de alumnos empiecen a construir las bases de una mejor vida, con más posibilidades reales, que la que tuvieron sus padres (y ellos mismos como niños) gracias a la formación recibida.
 
Frente a los discursos, supuestamente neutrales, que proclaman las bondades de una Escuela exclusivamente meritocrática que todo docente de Secundaria con dos dedos de frente (que se lo digan a cualquier tutor de un 1º o un 2ºESO en cualquier instituto de barrio) es perfectamente consciente que no existe, los adalides de la #EnsoñaciónPedagógica se han echado al monte y hace mucho tiempo que desistieron de seguir ofreciendo una oportunidad académica real, viciada de origen, sí, pero real y posible, a todos esos alumnos que parten de una radical desigualdad sociofamiliar de origen. Así, en lugar de priorizar en sus discursos la necesidad de más recursos para la enseñanza pública, ratios más bajas, el reparto de los alumnos con mayores necesidades educativas entre todos los centros educativos (no solo dentro de un mismo barrio, la primera herramienta de segregación escolar) o la eliminación de la enseñanza concertada para que los docentes puedan enseñar más y mejor a todos sus alumnos, decidieron centrar el grueso de sus esfuerzos y de sus intervenciones en el debate público en la construcción de una Escuela sentimentaloide, que dice priorizar el bienestar emocional de los alumnos mientras les roba la posibilidad de un futuro, que denuesta y demoniza cualquier atisbo de exigencia académica y de cualquier defensa del necesario esfuerzo que supone cualquier aprendizaje. Para conseguir sus objetivos, y obviando cualquier contradicción ideológica, encontraron en el insustancial, tecnocrático y neoliberal enfoque competencial de la enseñanza la mejor herramienta para alcanzar sus metas. Un paradigma educativo que conseguiría, por fin, la ansiada la dilución del aprendizaje de conocimientos, sortear la especialización de los docentes de Secundaria y convertir la Escuela en una continua experiencia emocional, en un simulacro constante, absurdo y feliz, de aprendizaje.
 
La búsqueda (imposible) de la felicidad del niño como motor de una Escuela despojada de cualquier autoridad intelectual.
 
El problema es que la ficción, por mucho que les pese, se sostiene durante la Primaria, aguanta a duras penas durante los primeros cursos de la ESO pero se derrumba, mostrando todas sus vergüenzas, al final de la ESO y durante el Bachillerato. No se puede dejar de señalar lo más perverso de este planteamiento metodológico y de organización curricular: son las familias de clase media progresista, esas que necesitan no abandonar la escuela pública para no traicionar sus planteamiento ideológicos, las que más disfrutan (y defienden con fiereza) esta Escuela inane, emotivista, experiencial y despojada de contenidos académicos que no perturba sus vidas privadas durante la infancia de sus hijos. Son las mismas que cuando sus hijos llegan a 4ºESO o al Bachillerato y las consecuencias de esa Escuela insustancial comienzan a ser insoslayables tienen los medios económicos, mediante profesores particulares o colegios privados, de solucionar los problemas educativos de sus hijos.
 
Con un paternalismo perturbador, los defensores de la #EnsoñaciónPedagógica aseguran defender una Escuela en favor de los más desfavorecidos cuando la realidad nos muestra cada día que sus planteamientos pedagógicos se alinean finalmente, con precisión milimétrica, con las necesidades de una familias progresistas de clase media que, en el fondo, luchan por lo mismo que las familias neoliberales: una Escuela que no perturbe las felices infancias de sus hijos con prematuras y absurdas exigencias académicas.
 
Frente a ellos, en los último años, aprovechando la desafección laboral que se ha ido larvando durante las últimas décadas entre unos docentes de Secundaria absolutamente desbordados por las exigencias de unas leyes que, una tras otra, han sumado atribuciones imposibles a su labor mientras la burocratizaban hasta la extenuación, menospreciaban el conocimiento y despreciaban cualquier atisbo de exigencia académica, ha (re)aparecido una corriente educativa que, en un principio, centraba su crítica en las contradicciones y delirios de la #EnsoñaciónPedagógica hasta que, poco a poco, muchos de sus simpatizantes fueron envalentonándose y mostrando sin tapujos su clasismo educativo. Son en su mayoría, a diferencia de los otros, compañeros en activo, docentes a los que la realidad mancha cada día pero que han abandonado cualquier aspiración de una Escuela universal y pretenden conseguir una Escuela mínima, segregadora y falsamente meritocrática con la excusa de la defensa del conocimiento y la exigencia académica. Los he denominado #ClasistasDelConocimiento.
 
Durante un tiempo se limitaron a defender una Escuela basada en el conocimiento que abandonara el absurdo enfoque competencial y se centrara en la necesidad de que los alumnos adquirieran y supiesen manejar una serie de saberes asociados a unas asignaturas impartidas por especialistas. Apoyaban la necesidad del esfuerzo en el proceso de aprendizaje y, por supuesto, frente a veleidades absurdas, tenían claro que, a partir de ciertos niveles educativos, los alumnos tenían que estudiar en sus casas para poder reforzar los aprendizajes adquiridos en las aulas. Sus argumentos eran (y son) compartidos por la mayoría de los docentes de Secundaria en activo ya que entroncaban con el sentir mayoritario del colectivo docente, pese a quien le pese. También se posicionaban, de forma acertada, en contra de la agrupación de asignaturas en los primeros cursos de la ESO mediante ámbitos que no solo diluían el aprendizaje de conocimientos sino que también menospreciaban la importancia de la formación académica de unos docentes que pasaban de ser expertos en su materia a transformarse en una especie de extraños animadores socioculturales, con mayor empeño en lo emocional que en lo intelectual. Pero el delirio curricular que supuso la implantación de la LOMLOE les dio alas y empezaron a darse cuenta de que podían ir más allá, no solo defenderse contra la visión pedagógica de los otros, tan absurdamente buenista que terminaba derivando en totalitaria, y podían comenzar a (re)construir su visión alternativa de la educación obligatoria: clasista, segregadora, miserable y falsamente meritocrática.
 
Con la excusa de la defensa de esa Escuela del Conocimiento que tantos de nosotros apoyamos, y aprovechando el caldo de cultivo de ese extraordinario malestar docente ya citado, han empezado discutir de nuevo, sin rubor y sin atisbo de vergüenza, que realmente todos los adolescentes tengan derecho a una oportunidad formativa real en nuestros institutos, que realmente se la tienen que ganar, que para conseguirlo ya tienen que venir educados (léase "adaptados al sistema") de casa, que no molesten, que no les impidan dar sus clases sin tener que gestionar indeseables disrupciones en el aula. Escondidos tras el discurso de la exigencia académica intuyo en ellos a un pequeño grupo de docentes finalmente inútiles para su labor, incapaces de conectar con sus alumnos, de respetarlos más allá de lo formal y a los que hace mucho tiempo que dejó de importarles lo más mínimo que todos sus alumnos (TODOS) aprendiesen o no. Desesperados por encontrar argumentos que puedan defender públicamente para excusar su fracaso en las aulas, el movimiento de #ClasistasDelConocimiento les ha venido estupendamente para disfrazar dicho fracaso tras la máscara de la exigencia académica: el problema no son ellos, el problema son esos alumnos disruptivos, casualmente siempre hijos de las clases populares, siempre hijos de la que no es su clase social, incapacitados de serie para aprovechar su sapiencia.
 
Traicionando el espíritu de esa Escuela del Conocimiento que tantos defendemos, tanto públicamente como a pico y pala cada día dentro de nuestras aulas, apuestan sin tapujos por una Escuela elitista, clasista y socialmente segregadora a la que cada día los alumnos tendrían que llegar absolutamente motivados desde sus casas, perfectamente educados por sus familias y plenamente predispuesto a admirar el conocimiento que les vamos a obligar a aprender.
 
Una Escuela aislada de la sociedad, una Escuela de conocimiento puro, con alumnos agradecidos y profesores que solo tengan que preocuparse por enseñar sus contenidos sin atender a nada del contexto personal de esos alumnos, sin tener que conocerlos, ni entenderlos, sin tener que soportar su juicio y el de sus familias respecto a su labor; ahí, levitando en sus atalayas de sabiduría. 
 
Entre todos esos mensajes que se lanzan al aire en las redes sociales y que no siempre ya pueden ser solo justificados como desahogo frente a la dureza de nuestro día a día laboral, hay uno especialmente repulsivo: corrompiendo de forma ruin la esencia de aquel lema de una Escuela Pública de todos y para todos que tantos de nosotros seguimos defendiendo y por el que trabajamos cada día, aseguran cínicamente que su planteamiento educativo es el único que ofrece una oportunidad formativa real para los hijos de las clases populares; que realmente defienden esa Escuela, rancia y casposa, pensando en ellos. Eso sí, claro, siempre que no molesten demasiado.
 
El alumno pobre como adorno pedagógico, el alumno pobre como excusa ideológica, el alumno pobre como ese Plácido dócil al que se deja sentar en la mesa del conocimiento puro siempre que no moleste y se sienta agradecido, pero que a poco que disturbe la paz impostada de las aulas pueda ser rápidamente expulsado no vaya a ser que termine convirtiéndose en parte de una turba disruptiva, cruel y revolucionaria, a lo Viridiana.
 
Y entre ambos extremos sobrevivimos la mayoría de docentes, sin voz pública, sin representantes con poder e influencia en las esferas políticas y mediáticas, siendo apelados constantemente por los unos y por los otros para posicionarnos en cada uno de los temas (muchos absurdos, casi todos menores) que diariamente proponen los unos y los otros para alimentar la polarización, ganar su cuota de influencia y repartir carnets de pureza.
 
Este manifiesto personal contra los unos y contra los otros espero que resuma y aclare todos los posicionamientos públicos que llevo haciendo durante todos estos años en el #ClaustroVirtual a través de este blog y de Twitter/X. No tenemos por qué aceptar compañeros indeseables de viaje educativo solo para sentirnos identitariamente partícipes de una idea abstracta y teórica de cómo debe ser la Escuela. Es mi modesto intento de transmitir a tantos de los compañeros que, como yo, defienden una Escuela cuyo motor pedagógico sea el conocimiento, alejada del enfoque competencial y que respete la necesidad del esfuerzo académico, que se puede mantener uno en la defensa firme de esos principios sin caer en los brazos de aquellos que pretenden alejar tan pronto como puedan a todos los alumnos que les sobran en las aulas sin intentar darles la oportunidad formativa que merecen. 
 
Siempre con los medios y recurso suficientes. Esos que no tenemos. Esos que tenemos que exigir. Esa es otra de las batallas fundamentales.
 
No hay equidistancia alguna en mi planteamiento. Al contrario, hay rabia y hostilidad, de forma educada pero manifiesta, contra los unos y contra los otros; no pretendo alcanzar ningún tipo de consenso con ninguna de las dos trincheras, deseo mostrar sus contradicciones y sus incoherencias discursivas así como mi desprecio por sus exageraciones interesadas, sus campañas difamatorias y su ridícula aspiración de pureza pedagógica. El objetivo es cambiar el paradigma, el foco del debate, dejarlos a todos ellos fuera de la necesaria discusión que los profesionales de la enseñanza pública debemos mantener para intentar que no se termine de derrumbar un sistema educativo que presenta claros síntomas de agotamiento. Que no seamos nosotros los que tengamos que acercarnos a ninguna de estas dos trincheras para ser escuchados y aceptados, que no seamos nosotros los que tengamos que quedarnos callados para no vernos señalados por sus huestes inquisitoriales, que sean ellos los queden orillados en la nada, bramando en el vacío,  hasta que se vean obligados a abandonar esas dos trincheras que tanto daño están haciendo al debate educativo en España.