Lentamente, poco a poco, están desapareciendo de nuestros institutos. Es un goteo silencioso pero imparable. Se nos está jubilando una generación de docentes a los que vamos a echar mucho de menos. Este post es mi homenaje particular a los que ya se han ido, a los que se están yendo y a los que, en breve, nos dejarán.
Llegaron muy jóvenes a la docencia de Secundaria, durante aquella explosión de la enseñanza pública en los años 80 a la que después se sumaría la implantación de la ESO, en los institutos, ya en los 90. Desde hace unos pocos años, por puro imperativo temporal, muchos de ellos están alcanzando la edad de jubilación y se van despidiendo de las aulas tras toda una vida dedicada a la enseñanza. Con tanta sensación de alivio como de cierta melancolía.
Soy tan consciente como cualquiera de que, como en cualquier generación de docentes, entre ellos ha existido la inevitable cuota tanto de delincuentes laborales como de pésimos profesionales, profesores realmente incapacitados para una labor tan complicada como la nuestra. Pero aviso, hoy no será el día en el que hable de ellos. No lo merecen. Hoy hablaré de los otros, de la mayoría, de los que siempre merecieron la pena, de los que tanto enseñaron, no solo a sus alumnos sino también a los nuevos docentes que fuimos llegando a sus centros.
Siendo muy jóvenes vivieron el mayor cambio educativo de este país en los últimos 50 años: la LOGSE (no toca tampoco hoy hablar de sus defectos) llevó a los institutos a alumnos desde los 12 años y la obligatoriedad de que estudiasen hasta los 16 años. Aquello supuso una auténtica revolución educativa e impuso, de la noche a la mañana, una nueva manera de entender la labor docente.
Siempre me gustó escuchar sus historias sobre aquellos "viejos" catedráticos de los años 80 y 90 y su altanería hacia ellos, tan jóvenes por entonces. Es curioso, a pesar de sus claros intentos de diferenciación respecto a aquellos, como al final de sus carreras también se han terminado construyendo historias parecidas, de desprecios y prepotencia, respecto a algunos de ellos. En mi experiencia personal, especialmente en mis muchos años como interino, solo puedo decir que nunca las viví: la mayoría de ellos fueron siempre un ejemplo de respeto, compañerismo y horizontalidad relacional.
Sin que casi nadie lo notara, absorbidos todos por el ritmo infernal que impone el transcurso de cada curso, se fueron haciendo mayores durante los últimos 20 años. Los que estaban en los 40, allá por la mitad de la primera década de este siglo, cuando yo llegué, fueron cumpliendo los 50 y, finalmente, han terminado llegando a los 60.
Entonces sí, de repente, en estos últimos años, al acercarse la jubilación, algo cambiaba, detalles casi imperceptibles: docentes que habían sido muy combativos en la sala de profesores y en los claustros se iban quedando en silencio, cada vez les costaba más relacionarse con los nuevos docentes que llegaban al centro y se refugiaban cada vez más en los suyos, en los profesores de su generación. Por otro lado, para muchos de ellos, la brecha generacional con sus alumnos se iba haciendo, lógicamente, cada vez más difícil de salvar y la cercanía de la jubilación hacía cada vez más complicado un nuevo reciclaje profesional.
En el fondo, casi sin ser plenamente conscientes de ello, lo que iban haciendo era ir preparando, de una manera tremendamente digna, su salida, su final, su adiós a las aulas y a esa vida dedicada a la enseñanza.
En los últimos tiempo he visto he visto cómo algunos compañeros muy jóvenes, que llegan los institutos con su arrasadora energía juvenil y sus inevitables ansias de cambio radical, criticaban de algunos de ellos su perpetuo encabronamiento, su "estancamiento" profesional, cierto cinismo inmovilista. Estas críticas contienen su parte verdad, claro; también yo he ido asistiendo, con cierta tristeza, a cómo algunos se iban agriando excesivamente con el tiempo. Pero siempre admiré una cosa de la mayoría de ellos: tras despotricar de todo y de todos en la sala de profesores estos tipos iban al aula y lo daban todo. Cumplían con absoluta profesionalidad.
Si hay algo que los jóvenes docentes pueden aprender de esta generación de docentes que nos está dejando antes de que desaparezcan por completo de nuestros institutos, para no caer en un equivocado adanismo, tan victimista como narcisista, es cómo, en la sala de profesores, estos docentes veteranos pueden caer en una excesiva queja y una melancolía equivocada pero después, en el aula, siguen siendo excelentes profesionales con una excelente gestión de aula y de los tiempos educativos.
Una mayoría de estos docentes que se están jubilando cumple, en general, esa premisa que tantas veces he defendido: no existe posibilidad de enseñar nada a los adolescentes sin saber gestionar el aula promoviendo el respeto a tu explicación.
Si no te escuchan, no vas a enseñar nada a nadie.
Se nos están yendo unos excelentes docentes, una generación a caballo entre el tradicionalismo más rancio y la innovación más ridícula, los cimientos de los institutos en los que trabajé. La mezcla del ímpetu de los más jóvenes con su experiencia dinamizaba y le daba cierto poso a los institutos. En los últimos años, ciertos excesos utópicos eran siempre atemperados por su mirada, más pragmática, más apegada a la realidad.
Se está jubilando, sin hacer ruido, sin querer molestar, una extraordinaria generación de docentes y a nadie parece importarle lo más mínimo. Cuando los veo jubilarse y desaparecer en silencio, casi pidiendo disculpas por los entrañables y sencillos homenajes que les hacemos en los claustros de ese último instituto en el que han trabajado, siento siempre una punzada de rabia, una sensación de injusticia, una necesidad insuperable de reivindicarlos
De esta manera, también casi sin darnos cuenta, a los que llegamos a la docencia en la primera década del siglo, los que hemos trabajado durante casi dos décadas bajo el paraguas de esta generación que ya se marcha, nos va tocando, lo queramos o no, recoger el testigo de los que se van. Y no tengo nada claro que seamos muy conscientes de ello ni de si sabremos estar a su altura.
Por todo lo escrito, también por el desprecio de la Administración hacia ese docente que se jubila tras décadas enseñando, siempre he defendido esos humildes homenajes que hacemos en los institutos a ese docente que se jubila: esos pequeños obsequios que pagamos entre todos, esos aplausos privados que recibe, ese momento de protagonismo final que le damos. Me gusta observarlo en esos momentos, cuando recibe ese cariño y ese respeto final de un claustro repleto de profesores que, en su mayoría, en el fondo, no saben apenas nada de la trayectoria profesional de ese docente que ese día nos dice adiós.
Yo
siempre soy de los que aplaude con fuerza, casi con fiereza, porque soy
consciente de que no lo hago en mi nombre, que represento, de manera pobre, a
los cientos de compañeros docentes y a los miles de alumnos que ese día no
pueden estar presentes. Mientras aplaudimos a ese profesor que se
despide, resulta conmovedor intuir ese último atisbo de orgullo por
el trabajo realizado en su mirada.
Vaya este post por ellos, por los docentes que se jubilaron estos años, por los que se jubilan este curso y por los que próximamente nos dejarán.
Mi respeto, mi cariño y mi admiración por todos ellos.
Post ampliado a partir de la base de un hilo escrito en X/Twitter el 23 de enero de 2026

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