Tirar hacia delante, dicen, hay que seguir, afirman. Afirmo.
Lo repito continuamente, de hecho. Para evitar la compasión, el momento tenso
de la empatía que no deseo. Pasan los días, y ríes, y vuelves al mundo, ése que
nunca dejó de girar, pero algo falla, no funciona, nada es como debiera, tal
vez sean esos sueños que nunca tuviste, que te despiertan temblando, entre fantasmas que se aparecen, entre zombies que se multiplican, entre enfermos
infinitos y situaciones surrealistas, manifestación subsconciente de un dolor
que sólo se manifiesta en soledad, en las horas muertas, en los vacíos, en los
intersticios de la vida. Siento el paso del tiempo, a veces creo envejecer por segundos, en cada inspiración, en cada espiración. Y nada me reconforta, nada de lo que antes lo consiguiera,
el desconcierto es total, nada tiene sentido, todo parece dar igual. Lo da,
pero sabes que tampoco debe hacerlo. O sí. Has perdido las coordenadas de la
isla, que se mueve en el espacio-tiempo sin control alguno. El tiempo. A eso te
aferras, al tiempo. Que diluye los recuerdos, que prioriza al presente y
especula sobre el futuro, sin pararse en el pesado pasado, en las fotografías
que muestran lo que ya no existe. La habitación verde sólo sirve como refugio
en la tormenta pero es un ancla que impide el movimiento. No ha pasado ni un
puto mes. A veces parece que fue un año, a veces parece que fue ayer.
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