15 febrero 2020

Un año de cine (2019). Segunda parte

Aquí comparto la segunda tanda de películas que vi por primera vez durante 2019. Aclaro, mediante la palabra cine, las que vi en pantalla grande. Están ordenadas cronológicamente según las fui viendo.
  • Cómo entrenar a tu dragón 3 (2019)Dean DeBlois. Digno cierre de una trilogía que comenzó de manera brillante con aquella primera y fresca película en la que sonó por primera vez la estupenda música que John Powell ha compuesto para esta trilogía. Se hace demasiado evidente que el chicle ya no se podía estirar más y la inevitable maduración de unos personajes que ya están dejando atrás su gozosa infancia y deben aceptar sus nuevas responsabilides adultas está llena de clichés.
  • Casi imposible (2019)Jonathan Levine. Comedia romántica, con cierto espíritu gamberro y una estimulante subversión de los roles de género, que termina difuminándose por el absurdo abuso de excesivas convenciones. Tras un arranque prometedor se atasca sin solución. Se ve con simpatía pero no deja mayor huella que disfrutar en pantalla de una espléndida Charlize Theron.
  • Alita (2019)Robert Rodríguez. Decepcionante. Nunca llegué a entrar en esta adaptación del famoso manga de ciencia ficción de la que se hablaba desde hacía años por el hecho de tener detrás de la producción a James Cameron. Termina siendo un mero espectáculo pirotécnico de efectos especiales sin alma y sin ningún sentido del ritmo narrativo. A poco de comenzar deja de interesarme ese universo en el que se desarrolla una película a la que tampoco le hace ningún bien un montaje en el que se notan demasiado las tijeras. Una pena.
  • Réplicas (2018)Jeffrey Nachmanoff. Resulta increíble la capacidad que tiene cierto cine americano (que me disculpe Pedro Vallín) para reducir dilemas éticos sociales a pueriles conflictos personales y familiares. El manido pretexto de la necesidad de proteger a la familia (casi siempre es el hombre el que protege y decide, claro) termina permitiendo a un sufrido Keanu Reeves disfrutar de su nueva-vieja familia (clonada) a cambio de que el capitalismo más depredador e inmoral se haga con el negocio de un sistema de clonación que él ha inventado. El dolor por la pérdida de los seres queridos, la posibilidad de recuperarlos y la obligación de protegerlos como coartada para la vileza. Y sin moraleja política alguna. El final solo sirve para que el espectador se vea impelido a tener que entender y empatizar con un ejemplo perverso de individualismo lacerante. Vomitiva.
  • Shazam! (2019)David F. Sandberg. Yo qué sé. Uno espera de estos subproductos del género de superhéroes, que se ruedan a la sombra de los megaproducciones, una mayor libertad, riesgo y frescura. No fue el caso. Los clichés se acumulan en cada fotograma y solo unas pocas risas ayudan a digerir este auténtico bocadillo de ladrillo. Una pérdida de tiempo.
  • Singularity (2017)Robert Kouba. Y llegó el premio gordo. Estábamos en verano y estaba claro que la cosa cinematográfica no marchaba bien. Una cosa es bucear en los subproductos de la ciencia ficción en busca de alguna cosilla simpática y otra encontrarse frente a frente con este engendro cósmico. Pura basura infinita y cosmogaláctica. En un futuro cercano un Skynet de Mercadona decide cargarse a la humanidad. 100 años después, solo unos pocos humanos sobreviven. Una chica fuerte y decidida se encuentra con un gilipollas y, a pesar de las señales, se une a él en una aventura sin sentido, sin ritmo, sin dirección y sin vergüenza. Los añadidos de John Cusack (imagino que para su distribución internacional) son el horror, la peor pesadilla de montaje que he presenciado en años. Nada tiene sentido. El hilo narrativo es una madeja en manos de un gato ciego, la puesta en escena es un mal chiste, los actores deambulan por la pantalla y no se atisba rasgo alguno de inteligencia en esta producción. La chica, tras un pequeña reyerta, transita de liderar la pareja y defender al inútil, a correr detrás de él y esperar a que el pavo tome todo tipo de decisiones sin sentido. Y para terminar ese final, abriendo la puerta... ¿a qué? ¿A una trilogía? ¿A una saga? ¿Pero estamos locos? ¡Dejad de hacer daño! Qué cosa más mala, la verdad, pero las risas viéndola no me las quita nadie.
  • Money monster (2016)    Jodie Foster. A su manera, Hollywood nos ha dado un buen puñado de películas que nos hablan sobre la falta de límites del turbocapitalismo actual y como termina afectando a las vidas de ciudadanos anónimos que caen en sus redes. En esta producción, dirigida con buen pulso por Jodie Foster, un hombre secuestra en directo y amenaza con matar a un famoso gurú económico que lanza sus consejos y consignas liberales desde un plató de televisión. El planteamiento resulta de interés aunque, lamentablemente, la película termina decantándose por un convencional drama emocional sin apenas espacio final a la reflexión política.
  • El vengador sin piedad (1958)Henry King. Western menor que destila un machismo descorazonador pero que se salva por una puesta en escena vibrante y, a ratos, pesadillesca. Está estupendamente dirigida Henry King, uno de los grandes artesanos del viejo Hollywood. Curiosa.
  • Un día más con vida (2018)Raúl de la Fuente y Damian Nenow. Maravillosa. Absolutamente maravillosa. Basada en los escritos del periodista Kapuściński, narra sus días como corresponsal de guerra en la Angola que está a punto de dejar de ser portuguesa. La animación rotoscópica otorga a la película un aire de irrealidad visual que resulta de gran utilidad a una historia que termina encogiendo el corazón. Su intensidad es brutal y su visión es imprescindible. Gran película.
  • Pickpocket (1959)Robert Bresson. Tan austera formalmente como profunda narrativamente, estamos ante una obra de cine mayor: angustiosa, moralmente ambigua, desesperada y existencialista. Una excelente película que, mediante un montaje de imagen y sonido magistrales, nos cuenta el camino hacia el abismo, desde sus excitantes y temerosos primeros días hasta su inesperadamente ambiguo final, de un carterista que termina convirtiendo en arte su labor delictiva. Peliculón.
  • Cristal oscuro (1982)Jim Henson y Frank Oz. Años oyendo hablar de este mito del cine de animación de los 80. La que se supone que es la obra cumbre de dos genios como Henson y Oz. Y nada. A pesar de disfrutar y admirar la técnica, la puesta en escena, la imaginería visual y la música, la historia me dejó absolutamente frío y jamás conseguí conectar emocionalmente con una película que, tristemente, me aburrió y me decepcionó.
  • El niño que pudo ser rey (2019)Joe Cornish. Intento de revisión en clave de comedia gamberra del mito artúrico. Termina naufragando por agotamiento de ideas después de media hora por la reiteración de las propuestas y por un cansino acto final. Un pasatiempo para niños.
  • La virgen de agosto (2019)Jonás Trueba. La búsqueda continua de su lugar en el mundo de una treintañera madrileña que no encuentra nada con lo que realmente dotar de sentido a su vida. Como suele sucederme con Jonás Trueba, su cine me obliga a suspender durante hora y media mi juicio moral sobre sus personajes para empatizar con ellos por su humanidad y naturalidad. Trueba lo vuelve a hacer, insufla vida y reviste de verdad a unos personajes que deambulan por un Madrid veraniego sin terminar ni de encontrarse, ni de olvidarse ni de reiventarse. Cine en estado puro cuyo único defecto es esa artificiosa suspensión del tiempo narrativo que permite eludir los temas de calado social que también afectan a nuestras vidas. Se prioriza la exposición de un yo vulnerable y dubitativo que, desde su debilidad, termina convertido en un yo totalitario y omnímodo, capaz de absorber por completo nuestra atención y nuestra energía.
  • Érase una vez... en Hollywood (2019)Quentin Tarantino (cine). Gozada absoluta. El mejor Tarantino en años me hizo disfrutar enormemente con cada una de las set pieces con las que construye su película. Las mejores de ellas, para mí, la que protagoniza Brad Pitt en la granja de la secta, el falso metraje y el rodaje del western de serie B que rueda Leonardo Di Caprio, y ese final desbocado y delirante en el que un Pitt drogado se enfrenta con una lata a los tarados de Manson. Tarantino reincide en su idea del cine como artilugio mágico con el que reconstruir aquellos hechos del pasado que, si hubieran sucedido de manera diferente, habrían hecho al mundo (Malditos bastardos) y a la sociedad  americana (Érase una vez... en Hollywood) distintos, mejores, más inocentes, menos oscuros. En el fondo, Tarantino ya siente que se ha hecho mayor y parece utilizar al cine como herramienta para sobrellevar la nostalgia y el paso del tiempo. Espléndida.
  • Trumbo (2015)Jay Roach. Clásico biopic americano para reivindicar la figura de uno de los mejores guionistas del viejo Hollywood. Como casi todos los biopics de este tipo peca de ensalzar en exceso la figura de Trumbo en su lucha contra los poderes conservadores de la América de los 50, minimizando el papel de otros que fueron igual o más importantes que él en esa batalla. Pero, en todo caso, más allá de las licencias y a su falta de interés por indagar en las oscuridades que se intuyen en sus personajes centrales, la película funciona por su ritmo ágil y la excelente interpretación de Bryan Cranston.
  • Zombieland (2009)Ruben Fleischer. Fresca y muy divertida vuelta de tuerca al apocalipsis zombie. Comedia desvergonzada y sin pretensiones que se entrega por completo al buen hacer de sus cuatro grandes actores protagonistas (que transmiten en todo momento un buen rollo que se traslada al espectador). El cameo de Bill Murray haciendo de sí mismo es impagable.
  • El hombre de las figuras de cera (1924)Paul Leni. Película representativa del cine fantástico alemán de los años 20. Se cuentan tres historias a través de la imaginación de un escritor que es contratado para que construya narraciones que sirvan de contexto a la exposición de las figuras de cera de Haroun al-Raschid, Iván el Terrible y Jack el Destripador en un museo de cera de una feria. Aunque irregular y excesivamente morosa en alguno de sus fragmentos, resulta muy interesante, destacando por encima de todo el último tramo, apenas 10 minutos, en el que se utilizan de manera ingeniosa algunos de los trucos y sobreimpresiones y que tanta fama dieron al expresionismo.
  • La transacción (2017)Kikol Grau. Interesante documental que utiliza de manera inteligente fragmentos de películas y programas de televisión para explorar la historia no contada (e incluso censurada) de la Transición. Critica el discurso oficial que se ha instaurado en nuestro país sobre esa época, data en la fecha de emisión del famoso documental de TVE sobre la Transición (que presentara Victoria Prego) la institucionalización de ese discurso oficial, y su visión resulta estimulante.
  • Arizona (1939)George Marshall. Extraño western, con un joven James Stewart en el papel principal, que se desmarca de los clichés del género, otorga fuerza a la acción política y social no violenta y tiene un final antológico (el real, no el añadido de mierda posterior impuesto por los productores) en el que son las mujeres del pueblo las que terminan por erigirse victoriosas. Una excelente muestra de una época del cine americano en la que a ciertos guionistas de la izquierda de Hollywood se les permitió soñar con contar las historias bajo su prisma ideológico. Pronto llegaría el Macartismo.
  • El último magnate (1976)Elia Kazan. Fallido acercamiento al viejo Hollywood desde el Hollywood desencantado y cínico de los años 70. Ni la historia de la labor del productor con las películas, ni su aburrida e insustancial historia de amor, ni los apuntes acerca de la corrupción sindical en el mundo del cine terminan por interesar a nadie. Tan aburrida como pretenciosa.
  • Los jóvenes salvajes (1961) John Frankenheimer. Los primeros 5 minutos de esta película siguen siendo hoy día una barbaridad, cine que impacta. Sin que suene una palabra, mediante un deslumbrante montaje de imágenes y sonidos tan creativo como desquiciado, se contextualiza el enfrentamiento social entre bandas de chavales de los guetos de Nueva York y se muestra el contexto social y físico depauperado en el que estos jóvenes violentos desarrollan sus vidas. Espectacular. La recomiendo vivamente.
  • Z (1968)Costa Gavras. La película con la que comenzó la leyenda internacional de Costa Gavras como cineasta comprometido, azote de dictaduras fascistas y del capitalismo corrupto. Está a la altura de su fama, transmite tensión y urgencia sociopolítica pero su visión, tantos años después de su estreno, también inocula al espectador una enorme melancolía y cierta desesperación política. Grande.
  • La herencia del viento (1960)Stanley Kramer. Una muestra de lo mejor del cine clásico americano. El juicio real que se celebró contra un profesor en 1925, en el estado de Tennesse, que fue detenido por explicar a sus alumnos la teoría de la evolución de Darwin, se convierte en el vehículo perfecto para defender una visión liberal y moderna del mundo, en el que la ciencia se discute pero no se prohíbe, frente al pensamiento trasnochado, rancio y reaccionario de los que pretenden seguir imponiendo su fe (y su poder) a los demás. Película honesta y necesaria.
  • Una cuestión de género (2018)Mimí Leder. Estupendo y muy instructivo biopic sobre la apasionante lucha por la igualdad legal de sexos de la que fuera jueza del Tribunal Supremo de EEUU, Ruth Bader Ginsburg. La directora, de manera inteligente, entiende que debe poner su trabajo al servicio de un guion que prioriza la descripción de los hechos y no pretende construir una dramatización impostada. Por esa razón acierta con la elección de una puesta en escena sencilla, clara y didáctica, mediante la que exige al espectador no limitarse a emocionarse con la historia personal de Bader, sino que debe reflexionar sobre la injusticia y la vergüenza que supuso la discriminación naturalizada (y legalizada) de la mujer durante siglos.
  • 7 días de mayo (1964)John Frankenheimer. Con esa fotografía en blanco y negro dura, plana, nerviosa y tensa que fue la firma de este excelente director durante la década de los 60, se nos cuentan los preparativos de un golpe de estado en los EEUU dirigido por un jefe militar de reputación intachable (interpretado, con la profesionalidad que le caracterizaba, por Burt Lancaster). Espléndida.
  • La edad de oro (1930)Luis Buñuel. Con la imprescindible guía del capítulo que le dedica Vicente Sánchez-Biosca en ese maravilloso libro de cine titulado Cine y vanguardias artísticas, me atreví con esta obra legendaria de Buñuel. Su lectura se convirtió en la caja de herramientas imprescindible para que la visión de esta película pudiese trascender la mera visión cinéfila militante. Así, con la tutela intelectual de Sánchez-Biosca, disfruté de una película apabullante y libérrima, que sorprende en cada fotograma.
  • El nadador (1963)Frank Perry. Basada en el relato de Cheever (que no he leído), lo que empieza siendo la ocurrencia imbécil de un pijo despreocupado (volver a su casa tras nadar por todas las piscinas de todos los vecinos de clase media alta con los que convive en su residencial-burbuja), termina convirtiéndose en una radiografía cruel y lúcida de un extracto social parasitario y decadente. De la mano de un fantástico Burt Lancaster nadamos y nadamos, cada vez con menos fuerza, sin ganas, intentando vampirizar la energía de los otros, esos que están casi tan jodidos como nosotros, casi dejándonos morir, como él, un guiñapo humano cuya máscara social en descomposición ya no puede ocultar por más tiempo su superficialidad y sus miedos.
  • Sicario 2 (2018)Stefano Sollima. Correcta continuación sin la fuerza que la dirección que Villenauve impregnara a la primera y sin la brillantez visual con la que dotara a aquella ese mago de la fotografía que es Roger Deakins. Sin estos dos genios, la película se convierte en una mera narración de frontera y narcotráfico. Se empieza a ver con interés pero los meandros en los que enfanga el guion hace que vaya perdiendo interés a medida que pasan los minutos.
  • Spider.man: far frome home (2019)Jon Watts. Secuela precipitada que no encaja con el momento emocional en el que la saga marveliana se encontraba tras la muerte de Tony Stark. De lo peor que vi este año.
  • Ad-Astra (2019)James Gray (cine). Tan brillante formalmente como fría y equivocada en su concepción. No termina de cuajar en la gran y profunda película que pretende desesperadamente ser. Un hierático Brad Pitt trata de encontrar a su padre, al que creía fallecido hacía décadas, en este solitario viaje espacial al que asistimos en permanente estado de somnolencia mientras escuchamos los monólogos pretenciosos de su voz en off, con los que se intentan explorar las difíciles relaciones padre-hijo. Los momentos de pretendida tensión (el momento mono) provocan vergüenza ajena, parecen añadidos de otra producción. De todas maneras, se agradece el intento de ofrecer algo distinto.
  • La última lección (2018)Sebastiasn Mernier. Película realmente inquietante. Un profesor interino llega a una escuela francesa para sustituir a un profesor que se ha suicidado tirándose por la ventana mientras sus alumnos realizaban un examen. El nuevo profesor se convierte en tutor de un grupo de alumnos tan brillantes como inadaptados socialmente. Forman un grupo homogéneo, con indicios de formar una especie de secta, que se enfrentan una y otra  vez a la autoridad de su cada vez más desconcertado y desquiciado nuevo profesor. A medida que la película avanza resulta más perturbador el comportamiento de unos chicos que parecen creer en la cercanía del fin del mundo. Su extraño final es digno cierre de una apuesta arriesgada que me dejó un un buen regusto.
  • La sal de la tierra (1954)Herbert J. Biberman. Magnífica. Emocionante. Inolvidable. Película semidocumental sobre una huelga minera en el Nuevo México de los años 50. Es de lejos, junto a Las uvas de la ira (John Ford, 1939), lo mejor y más honesto que he visto nunca en el cine sobre la lucha por los derechos laborales. Resulta también impresionante (y casi sin fisuras, incluso visto hoy) el relato inicialmente secundario y finalmente definitivo (y definitorio) de empoderamiento femenino que plantea la trama. Transmite tanto dolor como verdad. Antídoto perfecto contra el cinismo. Imprescindible.
  • Terminator: Dark Fate (2019)Tim Miller (cine). No salí descontento cuando la vi en la sala de cine. Me gustó el regreso al espíritu de Terminator 2, volver a encontrarme con Sarah Connor e incluso el humor (en el límite de la vergüenza ajena) con el que se enfrentaba Arnold Schwarzenegger a la enésima revisión de su icónico papel. Pero, a medida que ha pasado el tiempo desde su estreno, ha perdido fuerza en mi memoria. Creo que puse más yo como espectador, con mis ganas y con mi nostalgia de regresar al universo de Terminator de la mano de Cameron, que lo que realmente me ofreció la película. En todo caso, me parece una secuela digna Al mismo tiempo nos recuerda lo difícil que es volver a emocionarte con historias que estiran aquello que en el pasado te emocionó.
  • El tren (1964)John Frankenheimer. Espectacular. Adoro el estilo visual, la complejidad de las tramas y la fuerza de las imágenes del cine de Frankenheimer. Especialmente lo que rodó en los años 60. Dura, fría, tensa y radical historia, enmarcada en la Segunda Guerra Mundial, en la que la resistencia francesa no duda en matar a sangre fría a nazis y a sus colaboradores para evitar que se lleven importantes pinturas francesas a Alemania. Burt Lancaster está soberbio.
  • Parásitos (2019)Bong Joon-hoo (cine), Brillante alegoría sobre la desigualdad social. La película, que comienza con un cierto tono despreocupado de comedia, nos cuenta como una familia de pillos se va introduciendo en el servicio de una mansión familiar de unos pijos buenistas, que tratan de aparentar que no desprecian a esos pobres con los que, lamentablemente, deben convivir. Lentamente, de manera orgánica, la película se va oscureciendo hasta desembocar en una pesadillesca y cruenta metáfora final sobre la lucha de clases. Cine inteligente que utiliza la ficción para reflexionar sobre la imposibilidad de asimilación social de la enorme distancia que existe en las sociedades modernas entre las vidas disparatadas, ociosas y decadentes de lo más ricos y la miseria de los mas pobres (cuando además, estos viven expuestos al bombardeo continuo de imágenes que les recuerdan lo que no tienen y jamás podrán alcanzar). La secuencia de la fiesta en la casa y la de la carrera posterior bajo la lluvia, cuando la familia de pobres corre desesperada hasta su verdadero hogar, son brutales. Obra maestra.
  • Booksmart (2019)Olivia Wilde. Fantástica película cuyo único problema es que termine pasando desapercibida cuando es una pequeña joya. Destila una enorme humanidad y mucha verdad este retrato de una de esas amistades, tan intensas y excluyentes, que se construyen en la adolescencia. Unas amistades que, aun siendo útiles para empezar a configurar el yo social y defenderse de los otros, también pueden terminar convirtiéndose en una jaula emocional de la que finalmente hay que escapar para poder seguir creciendo. Estupenda.
  • Light of my Life (2019)Casey Affleck. Distopía minimalista. En un futuro posapocalíptico, tras un una extraña enfermedad que prácticamente ha dejado sin mujeres el planeta, un padre recorre el país junto a su hija preadolescente tratando de encontrar un lugar donde vivir en el que pueda protegerla y procurar que crezca en paz. Una reflexión interesante sobre la imposibilidad de construir burbujas familiares de protección para los hijos y sobre la necesidad de estos de aprender a enfrentarse al mundo con las herramientas intelectuales y emocionales suficientes para ello. Emotiva. Bonita.
  • Krull (1983)Peter Yates. Fantasía kitsch, un simpático pastiche que intentaba sumarse a la ola del cine de evasión infantil de la época y que consiguió mantenerme atento a su historia con una sonrisa en la boca. El diseño de producción y los efectos especiales son, en muchos momentos, realmente imaginativos (aunque en otras ocasiones el nivel de chapuza técnica es alto), y la trama de malos muy malos y buenos muy buenos se sostiene, como suele pasar en estos casos, gracias a unos personajes secundarios que aportan el alivio cómico que la película necesita. Además, la música que firma mi añorado James Horner es una maravilla. Qué puedo decir, me pilló en un buen día y me lo pasé muy bien con ella.
  • El irlandés (2019)Martin Scorsese. Brillante cierre a una forma de entender el cine de gansters del director que mejor supo mostrarlos en pantalla. Testamento fílmico de un Scorsese que vuelve a retratar a la mafia italo-americana para explicar el ascenso y la muerte de Hoffa. La película es un notable ejercicio de estilo melancólico y autorreflexivo que demuestra la sabiduría cinematográfica de uno de los mejores directores norteamericanos de todos los tiempos.
  • Historia de un matrimonio (2019)Noah Baumbauch. Es una gran película. Aunque parece sostenerse tan solo por las soberbias interpretaciones de Scarlett Johansson y Adam Driver, la mano de un director tan talentoso para el detalle y para el análisis de las relaciones humanas como es Baumbauch es más que evidente, y es lo que eleva a la película a algo más allá del clásico melodrama. La secuencia del enfrentamiento en la casa que alquila el personaje que interpreta Driver deja al espectador sin respiración. Seguramente es la secuencia del año. Pero no puedo dejar de ponerle la objeción habitual: estamos ante un cine de pijos, que trata sobre el drama de dos pijos con la vida resuelta, mucho ego y una enorme necesidad narcisista de ser admirados y deseados. Y el enfrentamiento entre ellos se nos muestra con enorme delicadeza y compasión. Con esa "clase y dignidad" con la que los pijos siempre pretenden mostrarse al mundo. La otra cara de la moneda de esta película sería aquella comedia negrísima dirigida por Danny de Vito en 1989 (La guerra de los Rose) que, en clave de humor exagerado, mostraba la fiereza, la brutalidad y la enorme crueldad que pueden aparecer en una separación matrimonial. Incluso entre dos pijos.
  • Chicago Boys (2015)Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano. Excelente documental que narra como se conformó el grupo de economistas chilenos que, bajo el paraguas de la universidad de Chicago (en la que se formaron de jóvenes y en la que crearon importantes lazos de amistad), influyó decisivamente en las decisiones económicas del régimen dictatorial de Pinochet. Estremece la naturalidad y la prepotencia con la que esta gentuza presume de lo que hicieron, eluden la responsabilidad por lo que sucedió y, a poco que se les deja hablar, terminan declarándose orgullosos de todo lo que pasó. Esclarecedor y doloroso.
  • El buen maestro (2017)Oliver Ayache-Vidal. Un profesor de un instituto público pijo de París termina viéndose abocado a dar clases durante un año en un centro público de los suburbios de la ciudad. Película que se enmarca en esa tradición del cine francés que trata de analizar el contexto social y económico en el que se desarrolla la labor de la Escuela, sin perder de vista las relaciones personales entre alumnos y profesores. No llega a la altura de La clase (Laurent Cantet, 2008) y opta más por lo puerilmente emocional que por la crítica social. Pero en todo caso, resulta digna.
  • El último boy scout (1991)Tony Scott. Me parece increíble no haberla visto nunca. Uno de los mejores ejemplos del cine de acción que tanto éxito tuviera durante los 80 y primeros 90. Buddy movie de manual en la que se nota la mano en el guion de ese genio de los diálogos que es Shane Black. Hipermasculinizada, divertida, provocadora e inverosímil, supone un divertimento culpable muy de otra época.
  • The Rise of Skywalker (2019)J.J. Abrams (cine). Y llegó un nuevo final. Como en 1983 (que para mí fue a finales de los 80). Como en 2005. Como en 2019. Tristemente, un nuevo final de Star Wars llegaba a mi vida. Con todos sus errores de guion, a pesar de su ritmo narrativo excesivamente acelerado y más allá de la sobreinformación discursiva, disfruté como un niño del final de la saga de los Skywalker. Porque si hay algo en lo que J.J. Abrams siempre ha demostrado una gran pericia es en dotar de humanidad y frescura a las relaciones emocionales entre sus personajes. Y ese el alma de Star Wars: sus personajes. Disfruto de la camaradería de Poe y Finn, sonrío con melancolía cuando vuelvo a ver a Lando, la nostalgia me invade cuando soy testigo de las últimas conversaciones entre C-3PO y R2-D2, sufro junto a Chewbacca la muerte de Leia, empatizo con las dudas de Rey y aparece una lágrima en mi mejilla cuando Kylo convoca al recuerdo de su padre, Han Solo para poder pedirle perdón, para decirle que se equivocó y, justo antes de que le vaya a decir que lo quiere, Han sonríe a su hijo con ese gesto suyo tan característico, le interrumpe, y le dice: "I know". Pelos como escarpias. El viaje ha sido largo, acaban de cumplirse 30 años desde que Star Wars entrara en mi vida y sigo sintiéndome un privilegiado por poder emocionarme con esta simple pero maravillosa leyenda. Que el viaje no acabe nunca.

25 enero 2020

Un año de cine (2019). Primera parte

Estas son las películas nuevas (no tengo en cuenta las revisiones) que vi durante el año que acaba de finalizar. Aclaro, mediante la palabra cine, las que vi en pantalla grande. Están ordenadas cronológicamente según las fui viendo. Separo la lista en dos partes para hacer más digerible su lectura. 
  • Expo Lío´92 (2017)María Cañas. Documental de trinchera (realizado con nervio, compromiso político e inteligencia) centrado en los fastos del 92, cuando la España paleta quiso dejar de serlo y pretendió mostrar al mundo su nueva modernidad democrática. Con un excelente montaje la película deviene en mosaico social y político de un país incapaz de superar sus contradicciones. Estupendo.
  • O futebol (2015)Sergio Oksman. Extraño, lírico y cautivador documental que comienza con un inseguro viaje a Brasil del director de la cinta con el objetivo de reencontrarse con su padre, ausente en su vida durante décadas. Con delicadeza emocional se muestra cómo rápidamente se da cuenta de que la conexión ya es imposible salvo a través de una pasión compartida: el fútbol. Mientras, el caos y el azar que rigen nuestras vidas deciden aparecer y aportar un elemento final dramático que el director, con pudor, incorpora a un relato visual muy hermoso y humano.
  • Glass (2018)  M. Night Shyamalan (cine). El capítulo final de la singular trilogía con la que Shyamalan unificó sus películas de El protegido (2000) y Múltiple (2016) es una sugestiva película adulta dedicada a la deconstrucción y posterior reflexión de los códigos y aristas filosóficas del universo de los cómics de superhéroes, por los que Shyamalan muestra un respeto reverencial. Un aplauso a ese cierre de película,  a ese final tan anticlimático como sustantivo.
  • Las distancias (2018)Elena Trapé. Película generacional que opta con acierto por la frialdad y la contención dramáticas para indagar en el desconcierto vital de treintañeros estancados en una realidad precaria. Incapaces de enfrentarse a un mundo real poco acogedor, sobreviven alimentándose de ensoñaciones egóticas que ya a duras penas les sirven para enmascarar sus fracasos vitales. Me gustó.
  • Bohemian Rhapsody (2018)Bryan Singer. Amable biopic de Queen que se ve con agrado sobre todo por el magnetismo que irradia Rami Malek interpretando a Freddie Mercury. La parte final centrada en la recreación del concierto de Wembley es espectacular.
  • La favorita (2019)Yorgos Lanthimos (cine). Tres actrices en estado de gracia al servicio de uno de los mejores directores europeos de las últimas décadas. La película es una autentica gozada: disección macabra y con rasgos de comedia negrísima de las pulsiones más oscuras del ser humano en su lucha interminable por el poder y por conseguir someter al otro. Fantástica.
  • IO (2019)Jonathan Helepert. Las historias enmarcadas en un futuro posapocalíptico son ya un género en sí mismas. En este caso el pecado de esta película no es que parta de una premisa convencional (aunque prometedora): una adolescente, hija de genio científico que intenta arreglar el problema de un planeta ya despoblado, intenta continuar el legado de su padre mientras tiene que decidir si embarca o no en el último trasbordador espacial que sale de la Tiera hacia una nueva colonia espacial humana. El problema es otro, el problema es que es insoportablemente soporífera. Un muermazo incontestable. Hora y media de aburrimiento en vena.
  • Velvet Buzzsaw (2019)Dan Gilroy. El punto de partida es inmejorable: una historia de terror al servicio de un acerada crítica a la superficialidad de la parásita élite cultural que rodea al arte moderno. Pero el resultado es decepcionante y esta historia de terror alegórica en la que unos cuadros se van haciendo con el alma y las vidas de aquellos que pretenden poseerlos y comercializar con ellos termina naufragando. Una pena. Prometía mucho más.
  • Mortal Engines (2018)Christians Rivers. Cuánto ruido visual, cuánta imaginería al servicio de una nada tan profunda, tan absurda y tan plúmbea. Qué pena de cine fantástico sin imaginación, sin ritmo y sin alma.
  • El reino (2018)Rodrigo Sorogoyen. Uno de los directores más interesantes del panorama español se lanza al cine político con una obra plena de ritmo y tensión sobre la corrupción. Apenas decae, presenta personajes tan reconocibles como poliédricos pero, y me jode decirlo, cuando llega el momento ir más allá de la persona corrupta en cuestión, cuando toca analizar la estructura de poder social y económico que sirve de caldo de cultivo a esa corrupción que es sistémica y no ocasional, llega ese fundido a negro (final) que para mí es el más cobarde de la historia del cine español.
  • Green Book (2018)Peter Farrelly. Cada año Hollywood intenta hacernos creer que todavía es capaz de ofrecernos algo de cine adulto. Suelen ser sucedáneos de aquel cine de los 90 que tanto asco me da (hablo de aquellas grandes producciones hipertrofiadas y sentimentalmente pornográficas tipo Forrest Gump o El paciente inglés) pero que, al menos, eran producciones técnicamente impecables.Hoy día estas películas ni siquiera tienen eso: Green Book es cine blando, plano, sin personalidad, sin aristas, de un buenismo tan condescendiente como estomagante. Lo único reseñable es la esforzada interpretación de Viggo Mortesen.
  • Aquaman (2018)James Wang. Entretenimiento para sábado por la tarde. Si la plantilla con la que Marvel ha construido su desmesurada saga ya me parece una fórmula agotada, no parece que el mejor camino para DC sea emular a su gran competidor y alejarse del camino mucho más interesante (aunque con errores) que marcara Zack Snyder. Pero qué sabré yo.
  • Renaissance (2006)Christian Volkman. Una película de animación sorprendente, visualmente arrebatadora, que bebe de esa fuente inagotable que es Blade Runner para presentar una distopía futurista en la que la interesante y espeluznante trama (experimentos genéticos, grandes corporaciones y búsqueda de la inmortalidad) sirve para indagar en los claroscuros más inquietantes del ser humano. Me encantó.
  • Mamá y papá (2017)Brian Taylor. Podría haber sido una gloriosa macarrada pero termina siendo tan solo un divertimento canalla (imagino que por la necesidad de una distribución sin restricciones). De repente, una mañana, sin mayores explicaciones, los padres de una pequeña ciudad norteamericana sienten una irrefrenable necesidad de matar a sus hijos. Y a partir de ahí la película, sin complejos, tira hacia delante con un Nicolas Cage gloriosamente desatado. El momento en el que los padres se concentran frente a las vallas que rodean a la escuela de sus hijos y empiezan a tirarse contra ellas como zombis enloquecidos para intentar atrapar a sus retoños y así poder cargárselos, es una de las secuencias con las que más me he reído en años. Se deja ver.
  • Hereditary (2018)Ari Aster. Nunca he sido el mejor espectador del cine de terror, me echan para atrás sus códigos y nunca he disfrutado de los sustos. La que para muchos es la mejor película de terror de los últimos años a mí me dejó más bien frío, aunque reconozco que no la olvido y que la capacidad del director para construir secuencias y situaciones inquietantes a partir de situaciones cotidianas es extraordinaria. Pierde fuelle cuando lo sobrenatural (curiosamente, más convencional que todo lo anterior) termina por apoderarse de la historia.
  • Nación salvaje (2018)Sam Levinson. Los rumores y las maledicencias dentro de un grupo de adolescentes en un pequeño pueblo americano terminan desembocando en una ola de violencia inusitada que sirve para canalizar una catarsis femenina y feminista liberadora. Estupenda.
  • Mary Poppins Returns (2018)Rob Marshall. La cuestión es que me recuerdo decir a mí mismo cuando acabé de verla que era digna, que me había gustado, pero ahora, unos pocos meses después, apenas la recuerdo. Mala señal. De la original recuerdo cada plano, canción, secuencia y giro de guion. Pero claro, todo esto tiene también mucho que ver con la imposibilidad de volver a ser un niño.
  • Phantom Thread (2017)P. T. Anderson. Cine de autor americano delicado, en ocasiones relamido, pero en todo momento interesante. No es de las películas que más me han gustado de un director que adoro, pero reconozco que no me olvido de la perturbadora relación que se establece entre ese rico modisto genialoide y esa camarera a la que elige como musa y compañera. Una relación que empieza a lo My Fair Lady y termina convertida en una película de Haneke.
  • Escape Room (2019)Adam Robitel. Cine de evasión de bajo presupuesto, sin pretensiones y con algunas ideas interesantes que continúa el camino que empezara a marcar en el cine moderno aquella mucho más estimulante Cube, de Vicenzo Natali, hace más de 20 años. Se deja ver. Pero tampoco mucho.
  • Amanecer de los muertos (2004)Zack Snyder. Resulta fresca y entretenida esta enésima revisitación del ya clásico apocalipsis zombi. Snyder saca lo mejor de sus actores y de ese centro comercial en el que se desarrolla gran parte del metraje, al tiempo que usa con inteligencia las pequeñas historias entre los personajes para humanizar el drama. Me sorprendió muy positivamente.
  • The Silence (2019) John R. Leonetti. Un remake encubierto de la mucho más interesante The Quiet Place (2018). Como en aquella, los seres humanos tienen que dejar de hacer ruido en sus vidas para no alertar, en este caso, a una especie de vampiros que han surgido de las entrañas del planeta. Pero mientras en aquella la excusa argumental servía para profundizar en las relaciones personales y en la dificultad de comunicación dentro de la familia, esta otra película se convierte en una sucesión de clichés de género mal digeridos, con interpretaciones forzadas y momentos de tensión ridículos. Innecesaria.
  • Hostiles (2017)Scott Copper. El western nunca muere y eso ya lo sabemos. El cine americano regresa una y otra vez a la leyenda mitológica y romántica que construyera el cine clásico sobre la conquista del Oeste para volver a deconstruirla, como forma de indagar en la personalidad política de un país corroído por un evidente complejo de culpa en relación con la persecución y exterminio de los indios. Película excelentemente rodada, compleja, con aristas y personajes poderosos que disfruté mucho.
  • La espía que me plantó (2018)Susanna Fogel. Una nadería sin sustancia y que divierte muy poco. Una comedia con muy pocos momentos divertidos que se diluye al poco tiempo de comenzar sin que haya indicios de recuperación en todo el metraje posterior. Prescindible.
  • Overlord (2018)Julus Avery. Lo que prometía ser un curioso experimento cinematográfico (producir, a partir de la interesante Cloverfield, una serie de películas de bajo presupuesto, con historias dispares del género fantástico, enmarcadas en un mismo universo en el que se produce un ataque extraterrestre), se ha ido diluyendo con los años a causa de la irregularidad de las propuestas y a que esas mínimas conexiones ya no son suficientes para sobrellevar mediocridades como esta película. Estamos ante una historia de monstruos construidos por los nazis mediante ingeniería genética en plena Segunda Guerra Mundial. Sirve para pasar el rato sin muchas pretensiones.
  • Avengers: endgame (2019)Hermanos Russo (cine). Hablar desde un punto de vista estrictamente cinematográfico de las películas de Marvel (llevo haciéndolo todo esta última década porque creo que las he visto todas) ha terminado por resultar un ejercicio estéril. Porque esta multiplicidad de películas, hipertrofiadas narrativamente y con una densidad de personajes sin parangón en la historia del cine, se ha terminado por convertir en algo que va mucho más allá del cine, seguramente en el más importante acontecimiento cinematográfico (desde un punto de vista emocional) de esa generación de jóvenes espectadores que ha crecido con ellas. Algo que puedo entender perfectamente porque es parecido a lo que a mí (y muchos como yo de mi generación) me sucede con Star Wars. Y como está claro que este no es mi negociado, nunca he podido dejar de ver el cine de Marvel con un enorme distanciamiento emocional y con un ojo cinematográfico de cuarentón cinéfilo, atento a todos los defectos y poco suceptible a sus posibles virtudes, que terminó por incapacitarme para disfrutar de este final de época que pretende sér épico y a mí, por momentos, solo me parece ridículo y grandilocuente. 
  • The Wandering Earth (2019)Frant Gwo. El cine chino se lanza a emular al cine de catástrofes estilo Roland Emmerich y hay que reconocerle que alcanza y supera por momentos al modelo. Es tan exagerada, usa de una manera tan chapucera y bochornosa todos los clichés y lugares comunes del género, que uno termina descojonánose y pasando un rato entretenido a la espera de la siguiente barrabasada ridícula y pretendidamente emotiva a la que va a asistir. Carne de perro con un puntito de disfrute canalla.
  • Pity (2018)Babis Makridis. Magnífica. Absolutamente brillante. Desde su primer e inquietante primer plano, con ese tipo que espera en su casa, a primera hora de la mañana, a que la vecina llame a su puerta para traerle ese pastel que cada mañana les hace a él y a su hijo desde que su mujer está en coma tras un accidente. Radiografía cruel y venenosa de un vampiro emocional que descubre el placer del protagonismo social y familiar que adquiere a través de la compasión que produce la casi segura muerte de su mujer. Un protagonismo que no está dispuesto a dejar escapar. La película es extraordinaria, en la senda del mejor Yorgos Lanthimos. No es casual que el guionista de la cinta sea el que habitualmente trabaja con él. De lo mejor que vi este año.
  • El manantial (1949)King Vidor. La adaptación que hizo el Hollywood clásico de la novela de la fanática liberal Ayn Rand resulta ser una película bien dirigida pero encorsetada y episódica a la que le cuesta  respirar debido al maximalismo de la reaccionaria propuesta ideológica. La construcción de personajes resulta vergonzante y maniquea: todos los que gravitan alrededor de Howard Roark (Gary Cooper), ese arquitecto creativo que pretende convertirse en adalid de una ética personal insobornable, o son mediocres envidiosos o caen rendidos (también sexualmente) a sus pies sin que, por supuesto, él se rebaje nunca a compartir el mundo (¡su mundo!) con ellos. La película naufraga porque resulta muy complejo en el cine convertir en un héroe puro, en un superhombre, a un desgraciado engreído con tantas ínfulas como poca empatía. La película nos deja algunas sentencias que podrían servir de frases de autoayuda para enmarcar en alguna casa de acogida para psicópatras retirados: "Ni doy ni pido ayuda". "Mi recompensa, mi objetivo, mi vida es el trabajo en sí mismo, mi trabajo hecho a mi manera. Nada más me importa".
  • Tiempo después (2019)José Luis Cuerda. Esta esperadísima continuación la genial Amanece que no es poco (1988) no defrauda. Respeta el legado de su antecesora y nos deja un puñado de secuencias memorables que transitan desde la crítica política o generacional hasta el surrealismo más tierno. Tan irregular como no puede dejar de ser (por su estructura episódica y la ausencia de trama), la película es una muestra más del genio de José Luis Cuerda, y lo poco que finalmente trascendió nos debería hacer reflexionar sobre los tiempos acelerados que vivimos en cuanto al consumo de  productos audiovisuales. Grande.
  • I am Mother  (2019)Grant Sputore. Ciencia ficción de serie B en el que un robot ejerce de cuidador en un refugio de una niña que parece crecer en un mundo devastado en el que no quedan supervivientes. Un giro de la trama pone en duda todo lo que esa niña ha creído hasta ese momento desencadenando la crisis y provocando el ya clásico conflicto entre lo humano y la conciencia de una inteligencia artifical. La verdad es que la película se eleva por encima de la media de este tipo de propuestas. La recuerdo con agrado.
  • Captive Staten (2019)Rupert Wyatt. Thriller enmascarado de ciencia ficción que funciona y genera interés. Su trama está centrada en la resistencia humana a la dominación alienígena. Aunque el tema está más que trillado termina resultando interesante e incluso, por momentos, emotiva.
  • Las reglas de Slaugherhouse (2018)Crispian Mills. Simpática pero decepcionante. Una gamberrada british que se desarrolla en un típico colegio privado en mitad de la campiña inglesa al que llega un nuevo alumno que desentona con la pija clase social dominante. Con subtramas centradas en el acoso escolar al diferente y la irresponsable explotación del medio ambiente. Todo queda finalmente supeditado a una estrambótica y delirante historia de monstruos subterráneos que no termina de cuajar (aunque ofrece momentos descacharrantes).
  • Brexit (2019)Toby Haynes. Apasionante y aterradora descripción de las herramientas de manipulación y contaminación del debate público con las que Dominic Cummings, gurú político, influyó de manera activa en el triunfo del a la salida del Reino unido de la Unión Europea. Cine político, urgente y con brío, que indaga en cómo se pueden controlar y canalizar las emociones primarias de una ciudadanía desnortada, que ha perdido los referentes ideológicos, familiares e institucionales en los se apoyaba en el pasado y que no sabe bien contra qué y quiénes dirigir su rabia. Acojona.
  • Los muertos no mueren (2019)Jim Jarmush (cine). Evidentemente no es su mejor película pero tiene algunos de esos grandes-pequeños momentos y ese ritmo narrativo moroso que tanto aprecio en el cine de Jarmush. En sus películas el tiempo parece dilatarse y aunque nada parece más alejado de lo que se puede esperar de una película suya que la temática zombi, lo que para tantos sería un pretexto argumental para las prisas narrativas y la imposición de un ritmo acelerado se convierte, para él, en la oportunidad perfecta para mostrar los pequeños detalles que realmente singularizan nuestras vidas. Y mientras lo hace, mientras la vida sucede, aparecen esos grandes acontecimientos vitales que provocan los necesarios puntos de inflexión. Qué grande es Jarmush. Con momentazos, la película me gustó mucho. Para incondicionales.
  • El bosque animado (1987)José Luis Cuerda. Un Cuerda en plena forma adapta y se apropia de la novela de Fernández Flórez en un relato de corte fantástico-costumbrista repleto de humanidad, vida y sentido del humor. Queda en el recuerdo ese alma en pena interpretado magistralmente por Miguel Rellán y ese bandolero, todo ilusión y actitud, que encarna con pasión un gran Alfredo Landa. Qué maravilla.
  • Alps (2011)Yorgos Lanthimos. El griego me vuelve a desconcertar y a subyugar por partes iguales. Tan extraña como preveía, la película trata, con la frialdad que suele ser habitual en la puesta en escena de Lanthimos, la incomunicación y la imposible gestión del dolor tras la muerte de un familiar cercano a través de un grupo de apoyo psicológico que se dedica a sustituir a los muertos dentro de la familia durante la primera fase del duelo. Brutal.
  • Superlópez (2018)Javier Ruiz Caldera. Siempre califico a este tipo de cine español como cine blanco, cómodo, sin más pretensiones que convertirse en entretenimiento superficial pero respetable. Lo que pasa es que con un personaje tan querido de mi infancia como Superlópez me da un poco de pena verlo convertido en algo tan absolutamente intrascendente. Pienso en lo que podría haber hecho con libertad con este personaje alguien como Álex de la Iglesia y me doy cuenta de cómo está desperdiciando el cine español a personajes del cómic patrio absolutamente formidables.
  • Anon (2018)Andrew Niccol. Niccol continúa con su tan interesante como irregular carrera desde que lo conociéramos como director y guionista de la magnífica Gattacca (1997) y como guionista de la estupenda El show de Truman (1998). Parábola de ciencia ficción que reflexiona sobre los límites de la privacidad en nuestras nuevas vidas digitales mientras se embarca en una (aburrida) investigación detectivesca a la que le falta fuelle. La película pierde interés a la media hora y ya no lo recupera. Decepcionante.
  • Dolor y gloria (2019)Pedro Almodóvar. Nunca he congeniado con el cine de Almodóvar. Su universo nunca me ha interesado, sus obsesiones no conectan con las mías, muchas de sus películas me suelen encabronar (por su banalidad) o resultarme molestas (por su emocionalidad impostada). Tal vez de ahí la sorpresa por el hecho de que esta película sí me emocionara: comprendí su dolor por el paso del tiempo, respeté su orgullo por lo hecho, compartí sus dudas respecto a decisiones trascendentes en su vida. Gran película.
  • Viaje al cuarto de una madre (2018)Celia Rico. Pequeña y delicada pieza de orfebrería sentimental que describe la relación de amor e incomprensión entre una madre y una hija que se enfrentan al difícil abismo que supone la necesidad de distanciarse la una de la otra para crecer personalmente, mientras sus vidas discurren en el asfixiante panorama de precariedad laboral y vital de nuestro país. Estupenda.
  • John Ford, el hombre que inventó América (2018)Christopher Klotz. Documental de TCM para conmemorar el 125 aniversario del que, para mí, es el mejor director de la historia del cine. No aporta nada nuevo a sus admiradores, que tan bien conocemos su vida y sus películas, pero siempre es reconfortante viajar durante dos horas a través de los fotogramas de un cine que ya se ha convertido en leyenda.
  • The act of killing (2012)Joshua Oppenheimer y Christine Cynn. Escalofriante documental que se adentra en el asesinato de cientos de miles de comunistas y disidentes del régimen polítco instaurado en Indonesia tras la llegada al poder de Suharto mediante un golpe de estado militar en 1965. Más de 40 años después de los hechos, dos de los asesinos a sueldo que el régimen utilizara para ejecutar esos crímenes, aceptan contar y reconstruir muchos de los asesinatos que cometieron con una crudeza, una vanidad y un distanciamiento emocional que harían estremecer incluso a la Arendt que escribiera aquello de la banalidad del mal. Imprescindible. De lo más importante que vi durante el año. Menuda hostia en el estómago.
  • El joven Karl Marx (2017)Raoul Peck. Como indica el título, la película está centrada en la juventud de Marx. Retrata su primer encuentro con Engels y narra los acontecimientos personales y políticos que terminaron desembocando en la redacción del Manifiesto Comunista. Interesante.

05 enero 2020

La araña

De todos aquellos juegos infantiles con los que disfrutamos tantas horas, uno de los que recuerdo con mayor cariño es "la araña". Jugábamos en la calle. En la reducida acera que rodeaba al bloque de pisos donde vivíamos, los niños corríamos perseguidos por uno de nosotros (la araña, claro). Solo se podía correr en un solo sentido. Cuando la araña te tocaba, quedabas eliminado y pasabas a formar parte de su red para cazar al resto. Te situaba en algún lugar del circuito, con brazos y piernas extendidos, y los jugadores que quedaban corriendo no podían tocarte porque si lo hacían quedaban también inmediatamente eliminados y pasaban a formar parte de esa red cada vez más difícil de evitar. Cuando en vacaciones regreso al que fuera mi hogar y miro la amplitud de esa acera solo puedo pensar en lo pequeños que teníamos que ser entonces para que el juego tuviera sentido.

Se aprovechaban los recovecos del edificio (puertas de locales, puertas de garaje, columnas...) para que la araña, en su acelerada persecución, te pasase y ya pudieses correr detrás de ella, a salvo durante un rato, antes de que el juego volviese a enloquecer. Al estilo de la mejor estrategia del parchís. Con cuidado de sus traicioneros parones, claro. Éramos niños y niñas de distintas edades, todos muy pequeños, vecinos del mismo edificio o de bloques cercanos. Aquello, por supuesto, no duró mucho, era un juego limitado a una cierta edad y tamaño físico. Se podría decir, incluso, que restringido a ese tipo de relaciones transversales que solo la primera niñez socializada permite. Pero cómo molaba, qué de risas nos echábamos, cómo competíamos, vaya forma aquella de correr y correr... Y qué sonrisa aparece en mi cara mientras lo recuerdo.


05 octubre 2019

21 de septiembre de 1999

Hace dos semanas se cumplieron 20 años desde que llegara a Tenerife para terminar allí mis estudios de Física. Desde que con 16 años decidiera que esos serían mis estudios universitarios, mi objetivo, que se convirtió en obsesión vital, fue realizar la especialidad de Astrofísica. Y todos los que pensábamos igual sabíamos que ningún lugar mejor para estudiar esa especialidad que aquella isla canaria, allí donde mayor concentración de talento universitario se dedicaba a esta hermosa rama del conocimiento. Aquella decisión de abandonar Sevilla (finalmente para siempre) con 22 años, marcó mi vida. Por entonces, tenía una especie de diario, un cuaderno de pastas azules en el que aquel día anoté "Estoy aquí. No hay palabras". Tan solo cinco palabras para expresar que realmente no podía decir nada. Recuerdo mi emoción, mis nervios, la tensión y la excitación.


Viajaba a la isla con una mano delante y otra detrás. Enredado en una diatriba sin solución con mi padre, solo contaba con una pequeña ayuda mensual de mi madre para pagar una habitación. Compartí piso aquel primer año con dos de mis mejores amigos. Los tres veníamos de Sevilla. Cada uno con sus sueños y con sus aspiraciones. No creo que Dani y Juanma (tan diferentes entre ellos y tan diferentes a mí) llegasen a comprender nunca lo mucho (muchísimo) que les debo, lo mucho (muchísimo) que me ayudaron para que no perdiera nunca del todo el norte y pudiera acabar mi carrera universitaria. El azar hizo que justo en la misma calle de aquel piso infame que alquilamos una cafetería necesitara un camarero para trabajar unas horas cada día por la tarde-noche. El Tutti-Frutti fue mi segunda casa durante el tiempo que viví en La Laguna. Mis recuerdos de aquella cafetería siguen manteniendo una enorme intensidad. Tal vez porque allí, sirviendo mesas durante aquellas interminables horas, compartiendo trabajo con gente absolutamente ajena a mi burbuja social, entendí, viendo a mis compañeros veteranos, lo que puede terminar significando alquilar tu vida por un salario apenas digno. Las consecuencias de un trabajo extenuante.


Al final, fueron casi tres años maravillosos. También fueron duros, no me engaña la nostalgia. Durante los primeros cinco meses tuve que compaginar la universidad por la mañana con el trabajo de camarero cada tarde. Recuerdo cómo llegaba destrozado a casa cada noche, ya de madrugada. Después, ahorrando, viviendo siempre en el alambre económico (tener 20.000 pesetas como colchón en la cuenta bancaria me parecía, por entonces, lo más natural del mundo), conseguí tener que trabajar allí, en el Tutti-Frutti, tan solo los fines de semana y, de manera intensiva, con horario laboral completo, los dos meses de los siguientes veranos. Hay un detalle que ilustra claramente el ritmo de mi vida por aquel entonces: perdí 10 kilos desde septiembre de 1999 a septiembre de 2000. Y no comía menos (aunque sí peor, claro). Daba igual. Nunca como entonces me sentí tan realizado conmigo mismo. Vivía en una nube de excitación permanente. Liberado del yugo familiar que me había asfixiado durante tanto tiempo me había hecho responsable, por fin, de mi propia vida. De golpe, dejé atrás la adultescencia para siempre y nunca podría ya regresar a su tan confortable como tóxica protección.

Se cumplen 20 años de todo aquello y parece que fue ayer. Terminé compaginando los estudios con la cafetería y con la coordinación de un ciclo de "Cine y Ciencia" en el Museo de la Ciencia y el Cosmos de La Laguna. Durante meses, cada domingo, proyectamos algunas de las mejores películas de ciencia ficción de todos los tiempos y, tras su visionado, yo "moderaba" un debate con el público enfocado, en principio, a los temas científicos que aparecían en el film. Un "niñato" (ya de 23 años) que disfrutaba sobre todo cuando llevaba la discusión y la polémica al terreno puramente cinematográfico. Todavía guardo el folio-guion, escrito a mano, que usé para el debate posterior a la proyección de mi adorada Blade Runner. A todo aquello había que añadir una agitada (para los parámetros en los que yo siempre me he movido) vida personal y social. Cuánta energía tenía por entonces. Y cuántas dudas, cuánta indecisión, qué pocas certidumbres vitales sobre aquel presente y el futuro que, como un abismo, se abría ante mí. Recuerdos.

Y aprendizaje vital: justo al acabar aquellas sesiones de cine tenía que salir corriendo hacia la cafetería, con el traje de camarero en la mochila, para trabajar, muchas veces, sirviendo zumos, cafés y copas a los mismos que hacía apenas una hora debatían bajo "mi coordinación" en el Museo.

Tras un primer curso repleto de experiencias, el segundo, el que terminó con lo del ciclo de cine, presentaba un problema: me quedaban 17 asignaturas para licenciarme. Con esa absurda impaciencia que la edad y las comparaciones con los otros provocan, no supe medir. Me matriculé de las 17. Con dos narices. No pudo ser, claro. Solo pude aprobar 13. Estamos ya en septiembre de 2001, cuando aquella comunidad de jóvenes estudiantes amigos que habíamos compartido una y mil vivencias durante aquellos dos años comenzaba a disolverse. Muchos partieron de la isla camino a nuevos desafíos mientras otros se quedaron pero ya no eran estudiantes de carrera, sino de doctorado A mí me tocaba esperar unos meses más. Tampoco me importaba mucho, la verdad. Aquellos meses hasta la convocatoria extraordinaria de diciembre me sirvieron para afianzar mi incipiente, difícil y confusa relación con la que hoy es aún mi mujer. En aquella convocatoria de diciembre de 2001 aprobé tres de las asignaturas (tenía que pasar) pero se me quedó una colgada, Electromagnetismo. Tocaba dejar Tenerife, no tenía sentido seguir allí. El nuevo plan era irme a vivir a Madrid, donde comenzaría a vivir en marzo de 2002. Desde allí, mientras Carol y yo ya nos ganábamos la vida dando clases particulares y la Filmoteca se convertía en nuestro segundo hogar, entre la muerte de mi padre (4 de marzo) y la muerte de mi hermana Mercedes (17 de julio), volvería en mayo a Tenerife para aprobar esa última asignatura de mi accidentada carrera universitaria.

Es curioso. Entonces no me di cuenta. Pero en Tenerife, en La Laguna, en aquella desangelada facultad a la que se llegaba tras cruzar aquel horroroso puente sobre la autopista, encontré algunos de mis más importantes referentes docentes. Por aquella época jamás me planteé la posibilidad de ser profesor de instituto. Ni supe prever lo mucho que podría disfrutar siéndolo. Yo venía de la Universidad de Sevilla. Había tenido algunos (pocos) profesores excelentes de la vieja escuela y había sufrido a (muchos) otros mediocres que pretendían emular a los primeros sin llegarles a las suelas de los zapatos. En Tenerife me encontré con otro perfil docente. Junto a profesores inútiles y delincuentes laborales (que también los hubo), encontré una forma diferente de practicar la docencia: cercana, humana y afectuosa sin por ello dejar de ser exigente. Pienso en algunos de mis profesores de entonces y sonrío, con cariño y con admiración. No eran perfectos y eso los hacía más grandes. Atesoraban un ingente conocimiento de lo que enseñaban y sabían transmitirlo según su carácter: la brillantez expositiva de Ramón, la enorme humanidad de Basilio, la entrega infinita de Inés. Hoy día, cuando ya estoy cerca de cumplir los tres lustros de mi propia y difícil carrera docente, siguen siendo referentes de los que intento no alejarme cuando enseño.

Se cumplen 20 años de todo aquello. El tiempo diluye la memoria, distorsiona los recuerdos y tiende a atenuar el impacto de lo que sucedió. Pero cuando la tentación del olvido o de subestimar todo aquello me asaltan siempre aparece, poderosa, la figura de Carol, ese vínculo indestructible que une mi pasado con mi presente y me recuerda lo que podría haberme perdido si aquel chaval de 22 años no se hubiera liado la manta a la cabeza para dejar Sevilla sin mirar atrás.

Pero esa es otra historia...

28 agosto 2019

Jerry Goldsmith: una historia personal


Jerry Goldsmith ha sido uno de los grandes compositores de música de cine modernos. En mi opinión juega en la misma liga que John Williams y Ennio Morricone, ya casi retirados. Tenía un don especial para componer una música que iba mucho más allá de lo atmosférico y que terminaba entrelazándose fuertemente con la historia, convirtiéndose en un elemento fundamental de la narración. No se puede explicar el impacto de películas como La Profecía (1976) o Alien (1979) sin la música de Goldsmith. En otro nivel, más popular, en esa década de los 80 tan fértil hoy para la nostalgia, ¿quién mayor de 40 años no es capaz de reconocer (y de sentirse apelado emocionalmente) por las melodías de Poltergeist (1982), Gremlins (1983) o Desafío Total (1989)? 

La música de Goldsmith se hizo popular durante las décadas de los 70 y de los 80 pero era un tipo que había empezado a componer música para cine a principios de los años 60 y, ya en esa década, había recibido tres nominaciones a los Oscars. Era un grande. Uno de los grandes. Y cuando empezaba la década de los 90 parecía un compositor consagrado pero, tras 30 años trabajando y 60 años cumplidos su marca, su sello, pareció dejar de ser tan apreciado por un Hollywood que buscaba nuevos sonidos y jóvenes talentos. La industria empezó a dejarlo de lado, relegándolo, poco a poco, a películas "menores". Esas películas que yo, musicalmente, tanto disfruté durante esa década en la que el cine se convirtió en uno de los motores de mi vida.

Jerry Goldsmith era un compositor de la vieja guardia, había crecido en el antiguo Hollywood, aquel en el que dejar de trabajar por cuestiones de ego no era una opción. ¿Tocaba formar parte de otro tipo de producciones? No pareció importarle. De esta manera, durante esos años, casi sus últimos años, en los 90, siguió en la brecha, con tres, cuatro, cinco o incluso seis películas por año, componiendo auténticas joyas musicales (y también alguna basura, para qué nos vamos a engañar) para películas "intrascendentes", generalmente de aventuras o fantásticas. Con esta lista de Spotify le rindo homenaje a esos años, a la música para películas de los 90 que Jerry Goldsmith compuso. 

La Casa Rusia, Durmiendo con su enemigo, Los últimos días del edén, Instinto básico (brutal), Matinée, Eternamente joven, 4 mujeres y un destino, Río salvaje, El primer caballero (qué maravilla de música), Congo, Star Trek: primer contacto, Reacción en cadena, Congo, Los demonios de la noche (espectacular), L. A. Confidential (estupenda), Air Force One (temazo), El desafío, Pequeños guerreros, Mulan, El Guerrero número 13 (una auténtica gozada de BSO, la adoro), La momia (fantástica)... Goldsmith era la hostia. Y su música hizo mucho mejor todas estas películas.


Los que me conocen saben que soy poco dado a la mitomanía militante. Ni siquiera con mi Betis. Nunca, ni siquiera de niño, me pareció trascendente en mi vida tener el autógrafo de nadie. Pero sí tengo que decir que aquellos conciertos de música de cine que Goldsmith dirigiera en aquella Sevilla de 1998, cuando apenas había yo cumplido los 20 años, permanecerán en mi memoria para siempre. El cine siempre gana, a pesar de todo. Esta es la historia.

El primero de aquellos conciertos giró en torno a la música de Bernard Herrmann, el maravilloso compositor de música de cine que siempre terminará asociado a las mejores películas de Alfred Hitchcock. Al acabar el concierto, espoleado por mi hermano mayor y sus amigos, con los que había asistido (un tanto cohibido) a dicho concierto, me dirigí al camerino de Jerry Goldsmith para que me firmara este CD que aquella misma tarde había comprado (¿o me habían devuelto?).



Ese tipo, esa leyenda, con su coleta de pelo gris, ya tan mayor, ya tan lejos de aquello que alguna vez ambicionó, ya tan cerca (sin saberlo) de su propio final, me sonrió mientras me firmaba una de sus BSO´s más personales y experimentales (también de la más difíciles de escuchar fuera de la película). Recuerdo mis nervios, mi inseguridad y el subidón mientras me alejaba de él. Cada uno decide lo que lo emociona.

El segundo concierto que dirigió en Sevilla, al que ya asistí solo, en tercera fila, sin nadie que me acompañara mientras "levitaba" con aquella experiencia musical y cinematográfica que trascendía a mi vida diaria, estaba dedicado a la propia música de Goldsmith. A su cine. A las películas que habían servido para alimentar su mito. Qué emoción. Cuántos recuerdos. Aquellos "Encuentros de Música de Cine" que durante tantos años se organizaron en Sevilla fueron muy grandes.

 

09 marzo 2019

Los padres progresistas y el Bilingüismo: la traición final a la Educación Pública en Madrid

Planteemos la tesis sin rodeos: el Bilingüismo segregador y elitista de la Educación Pública madrileña jamás podría haber triunfado sin la dolorosa complicidad de la gran mayoría de esos padres y profesores de izquierdas, progresistas que, siendo extremadamente críticos en privado con el programa bilingüe diseñado (¿para ellos?) por Esperanza Aguirre y Lucía Figar, han contribuido decisivamente a su éxito con su insólito colaboracionismo.

Sobre esos profesores, funcionarios con plaza que, con el objetivo indisimulado de conseguir prematuramente privilegios inmerecidos y centros más cómodos donde trabajar, y mientras se enfundaban sin complejos (cuánta contradicción) en las camisetas verdes en la "huelga-fiesta sindical" de primavera, se apuntaron a un programa bilingüe que rompía, a través de su perverso diseño, con todo resto de equidad en el sistema público de enseñanza, publicaré otro post en el futuro.

Este post lo escribo sobre esos padres que se piensan y se sienten progresistas, que incluso consideran probada su esforzada militancia de izquierdas por el hecho de matricular a sus hijos en una Escuela Pública que ellos mismos, en su desvarío ideológico, reconocen adulterada por aquello de lo que se benefician.

Los padres progresistas de Madrid llevan años enfrentándose a un dilema irresoluble provocado por la política de tierra quemada del PP en relación a la Educación Primaria. Hace ya mucho tiempo que constataron que apenas existía alternativa a ese artero bilingüismo impuesto de manera forzada y totalitaria en Primaria. Prácticamente, el 50% de los colegios públicos de la Comunidad son ya completamente  bilingües y en algunas zonas (que suelen coincidir con los barrios residenciales de la clase media) es prácticamente imposible encontrar un colegio público no bilingüe que no presente una problemática social extrema.

Las estadísticas no mienten. Fue durante el apogeo de las movilizaciones de la Marea Verde, en los años de los gestos, de las camisetas verdes y de los golpes en el pecho cuando se disparó el número de maestros de primaria y profesores de secundaria que se habilitaron para impartir docencia en inglés. El dato frío es lacerante, sí. Porque si eran necesarios cada vez más docentes habilitados eso solo podía significar que la demanda de los padres (que algunos enmascaraban bajo una pasividad calculada) de este programa de enseñanza también se estaba incrementando. El bilingüismo en Madrid fue la carta educativa que jugó con maestría el Gobierno del PP de Esperanza Aguirre para, combinándolo con la ampliación miserable de la jornada lectiva docente y el aumento de las ratios, recortar los gastos en la Educación Pública y al mismo tiempo ofrecer un caramelo envenenado, una trampa mortal ideológica, a los padres progresistas que habían resistido defendiendo una enseñanza pública para sus hijos porque les provocaba una (justificada) urticaria ideológica el régimen de monopolio de los colegios concertados católicos.

Poco a poco, esa gente que se piensa de izquierdas y que presume de coherencia fue viendo como casi todos los colegios de su entorno se iban convirtiendo en bilingües, cómo se despreciaba la lengua materna de los niños y los docentes en aras de la construcción de una relación artificial entre unos y otros en la que el aprendizaje real de ciertos conocimientos básicos, que debieran conformar los cimientos del futuro formativo de esos niños, terminaba siendo irrelevante. La clave, como ya pasaba en la concertada y en la privada, pasaba a ser el tipo de compañeros que tendría en el aula ese hijo convertido en proyecto de futuro. Dejémonos de hipocresías: la clave era a qué compañeros de clase evitaba ese hijo criado en modo burbuja. A nadie le importó lo suficiente. No fue casualidad. Una generación criada en el analfabetismo idiomático extranjero de la España de los 70 y 80 creyó redimir su mediocridad a la hora de aprender idiomas mediante los palabros que en inglés declamaban sus retoños. Así trataban inicialmente de justificar pobremente el porqué de su traición a la enseñanza pública. Después llegarían argumentos más peregrinos.

Con el paso de los años todos hemos escuchado a amigos y cercanos intentar justificar las matriculaciones de sus hijos en centros pijo-bilingües públicos con razones que terminaban recordando en demasía a las de otros que defendían matricular a sus hijos en centros concertados o privados. Se nos quiere obligar a asumir y a comprender su decisión porque, al fin y al cabo, son "de los nuestros", todos somos "humanos" y es comprensible la incoherencia cuando la ideología (abstracta) puede terminar determinando el futuro (real) de los hijos. Quizás es el momento de plantarse y decir que no. Con tanto cariño como determinación. Ya está bien de tanta comprensión impostada y de tanta mentira social, que sean otros los que compren esa trampa emocional. Una cosa es entender el porqué de la contradicción y otra cosa distinta es ayudarles a justificarla. Cada uno que cargue con las incoherencias entre su discurso y sus actos. Pero que deje de eludirlas.

Porque existe un momento clave en toda esta historia, cuya trascendencia se ha ignorado y que debiera llevar a muchos a la reflexión: todos los padres que dicen ser de izquierdas en Madrid y llevan a sus hijos a IES bilingües han tenido que tomar una decisión que ha terminado en convertirlos en colaboradores necesarios del proyecto político educativo de la derecha más putrefacta: ¿en qué modalidad de la ESO matricular a tu hijo o hija en ese IES público y bilingüe? ¿Programa o Sección? ¿Elegir Progama, una vía que priorizaba la enseñanza en castellano y, de esta manera, ayudar a boicotear un sistema educativo que sirve para segregar al alumnado y diluir el aprendizaje de conocimientos? ¿O elegir Sección, una vía en la que (casi) todas las materias, salvo Matemáticas y Lengua, se imparten en inglés para construir una barrera insalvable para una mayoría de hijos de las clases populares, de alumnos con familias desestructuradas y para casi todos aquellos alumnos con necesidades educativas especiales?  Ese era (es) el único momento en el que el sistema mostraba una falla, un punto débil. Era el momento en el que todos esos padres de izquierdas que votan a Podemos, a IU o incluso al PSOE podían demostrar una oposición real a un Bilingüismo que sabían que estaba excluyendo a muchos chicos y chicas de su barrios, redefiniendo la relaciones sociales de sus hijos y construyendo un tipo de enseñanza ortopédica en la que ya poco importaba lo que aprendieran los niños de ciencias o historia sino su supuesto nivel del inglés.

¿Qué sucedió? ¿Qué decidieron hacer? Sin que provocara sorpresa ni controversia alguna (qué significativo, qué triste), la gran mayoría de los padres progresistas de Madrid, pertenecientes a esa clase media que dice ser de izquierdas, optó por la vía de la Sección en los IES bilingües. Desde los nominalmente marxistas irredentos hasta los representantes de la izquierda "posmo". Desde los tibios socialdemócratas hasta los radicales apocalípticos (integrados). Dejaron la coherencia fuera de la ecuación. Algunos se excusaron en las necesidades emocionales de sus retoños: ¿cómo iban ellos a dejar a sus hijos sin compartir aula en el IES con los que habían sido sus amigos durante el colegio? Un argumento pueril que no se sostiene porque al pasar al IES es casi imposible asegurar quiénes serán los compañeros de grupo de los alumnos. Sí serviría como justificación si esa pregunta se reconstruyera de manera mucho más despiadada: ¿cómo iban ellos a convencer a sus hijos de que abandonasen voluntariamente la elite social que significa pertenecer a los grupos bilingües en los centros educativos públicos?. Otros, tratando de ser más honestos, y sin querer darse cuenta de que su excusa era una impugnación a la totalidad de su discurso político, te decían que cómo iban a meter a sus hijos en el Programa cuando sabían que eso grupos, en los IES bilingües, son los grupos de alumnos marginados, los que disponen de menos recursos y a los que peor se les atiende: "pobrecitos, ellos, qué injusto, pero a mi hijo que no le toque, que yo sí puedo elegir". Creyeron que con explicar el porqué de su traición bastaba. Cuando solo los retrataba.

Esos padres, tal vez, tuvieron en su mano derrocar desde dentro una forma de enseñar que empobrece intelectualmente a sus hijos mientras los capacita equivocadamente en una lengua extranjera. Esos padres progresistas de Madrid pudieron dinamitar al bilingüismo para siempre, podían haber obligado a la Administración a ofrecer clases en castellano en los IES multiplicando los grupos de Programa, y así contribuir a una necesaria heterogeneidad socioeconómica en las aulas de sus hijos. Pero decidieron ser elitistas mientras, paradójicamente, no dejaban pasar ninguna ocasión para criticar a los otros, a los padres de la concertada, por serlo. Decidieron despreciar la transmisión de conocimientos y el aprendizaje fluido y natural en la propia lengua. Algunos, incluso, argumentaban que tampoco era tan importante lo que se aprendía en el colegio y en la ESO, que ya aprenderían "en serio" en el Bachillerato y en la Universidad, y que mientras tanto menudo nivel de inglés estaban adquiriendo sus hijos. Preferían hacer como que no se daban cuenta de que para que sus hijos de clase media diesen clases en grupos social y académicamente homogéneos dentro del AVE bilingüe, tenía que haber otro tren desvencijado en el que agrupar a todos aquellos alumnos sin recursos, con  problemáticas sociales, sin apoyos familiares, con necesidades especiales o que llegaban de otros países con el curso avanzado. Sí, por supuesto, sus hijos seguirían llegando al Bachillerato y a la Universidad (como casi siempre en los últimos 30 años). Pero no tantos de los otros, de los excluidos del Bilingüismo, podrían decir lo mismo. Porque esa es la cara B del Bilingüismo madrileño a la que estos padres prefieren no enfrentarse: por un lado existen las agrupaciones extraordinariamente heterogéneas de alumnos de Programa en los IES bilingües a los que sus hijos desprecian y suelen denominar el "grupo de los tontos", y en los que es mucho más difícil dar clases y avanzar académicamente. Y por otro lado existen los IES no bilingües que, en no pocas ocasiones, dependiendo de la proliferación de concertados o IES bilingües a su alrededor, terminan convirtiéndose durante los primeros cursos de la ESO en guetos sociales enormemente problemáticos.

Con el Bilingüismo, la radical estratificación socioeconómica de los centros educativos en Madrid se completó: centros privados, centros concertados, centros públicos bilingües y centros públicos no bilingües. Segregación social y económica financiada con los impuestos de todos. Bienvenidos al paraíso liberal de la libertad de elección educativa madrileña. Bienvenidos al paraíso del sálvese quién pueda.

Esperanza Aguirre y Lucía Figar pusieron el anzuelo, les dieron la oportunidad a los padres progresistas de darles a sus hijos una enseñanza pública no concertada, diferenciada y elitista, y ellos la aceptaron gustosamente mientras salían a las calles para criticar la misma política educativa de la que se estaban aprovechando. Sin complejo alguno. Cuánta hipocresía. Cuánta contradicción ideológica.