En los institutos hay muchas cosas que se proponen hacer con
la mejor de las intenciones sin tener en cuenta el tiempo no laboral que
supondrá para los compañeros su realización. Y aunque no siempre la propuesta
termina convirtiéndose en exigencia (directa o indirecta) es absolutamente
necesario para cualquier docente aprender a decir no sin necesidad de
justificaciones, sin aspavientos pero con firmeza, a esa especie de loco zoco
de proyectos, actividades culturales externas, intercambios lingüísticos, olimpiadas, excursiones, viajes de fin
de curso, viajes a la nieve, charlas dentro y fuera del centro... que cada semana, casi cada día se organiza
en la sala de profesores o aparece, en su versión digital, en el buzón de su
mail: "no, no lo voy a hacer, no me parece
lo suficientemente interesante para esos alumnos como para que vuelvan a perder
clases de mi materia mis otros alumnos".
Una cosa es que el (inevitable) altruismo que siempre ha
acompañado a la docencia docente no deba ser coartado porque nuestra profesión
nos impele a construir espacios de aprendizaje que, en ocasiones, necesitan ir
mucho más allá del aula y otra tener que asumir que se nos exija lo que no nos
toca para cumplir con la ensoñación particular de algún compañero excesivamente
entusiasta o de un director especialmente manipulador.
Siempre he admirado y defendido esos proyectos educativos,
promovidos por compañeros muy comprometidos, que se construyen de manera
claramente paralela a lo estrictamente académico y de los que unos pocos
alumnos disfrutan durante unos pocos años (el quijotismo docente suele
tener siempre un límite temporal). Para ello se suelen usar recreos, séptimas
horas y demasiadas horas de la vida personal de esos docentes, especialmente
motivados por promover la cultura ente los adolescentes de una forma diferente.
Estoy hablando de esas revistas culturales, programas de radio (ahora podcasts), cineclubs o
lecturas guiadas. Pero al igual que lo he valorado he intentado siempre hacer
notar que esas actividades ni son ni deben ser parte obligatoria de nuestro
trabajo, que tienen más que ver con una forma de entender la vida en sociedad y
de usar nuestro tiempo libre de una manera altruista que con el estricto ámbito de
nuestra profesión docente. Porque la alternativa es absolutamente imposible de
gestionar ni salarial ni laboralmente.
En mi caso, prácticamente desde que empecé como docente,
tuve claro que por las características de mi materia (FyQ) y las ratios tan
altas que sufrimos, todos mis recreos (y demasiadas veces, parte de mis
séptimas horas) estarían a disposición de mis alumnos para consultar dudas de
una manera más personalizada. Desde hace ya muchos años el primer día de clases
con cada grupo, además de establecer las condiciones en las que vamos a
trabajar y nos vamos a respetar en el aula, les termino trasladando tres ideas
clave:
1- Podéis preguntar siempre en clase. Tantas veces como
queráis. Jamás os voy a poner mala cara o a hacer un mal gesto por tener que
repetir una explicación. Me pagan para eso.
2- No hay ninguna pregunta tonta relacionada con la ciencia pero sí hay tontos que se ríen de las preguntas.
3- Cuando veas que, a pesar de todo, no te enteras o has
faltado a clase por estar enfermo y no eres capaz de seguir el ritmo de las
explicaciones, "pídeme un recreo".
Traducción:
1- Estoy aquí para que "ese" alumno aprenda. No le
voy a juzgar por preguntar lo que no entendió a la primera ni tampoco le voy a dejar
de contestar o le voy a menospreciar porque ayer estaba empanado y no me
hizo el caso que debía. NUNCA. Eso sí, cuando se lo vuelva a explicar le recordaré
que ayer igual se equivocó al no prestarme la atención debida y
poco a poco iré forjando una especie de compromiso invisible con él que me
funciona prácticamente siempre: yo estoy aquí para enseñarte y tú estás aquí
para aprender. Esto es un trabajo de dos. Yo no te voy a fallar. Procura tú ir
fallando cada vez menos.
2- Es clave construir un ambiente de aula que permita a
todos participar sin ser cohibidos por sus compañeros. Demasiadas veces he
visto fracasar a potenciales buenos docentes por no darse cuenta de esto o no
saber gestionar al grupo de alumnos. Para conseguirlo es fundamental que el
docente ejerza su autoridad en el aula y no eluda su responsabilidad en aras de
una absurda autorregulación emocional adolescente. Es más, también
es absolutamente necesario que mientras un alumno pregunta o expone una duda el
silencio del resto del grupo sea absoluto, no solo para que pueda entender mi explicación
posterior sino para que esta no sea útil solo para él sino que sirva de
refuerzo al resto.
3- Da igual lo que uno intente, siempre hay alumnos tan
introvertidos que son incapaces de preguntar en el aula cuando explicas. Da
igual lo que se diga, cuando por enfermedad un alumno pierde varias clases
continuadas de mi materia suele ser incapaz de entender lo que estamos
trabajando cuando vuelve. Da igual lo bien que creamos explicar en el aula, el
aprendizaje también tiene un componente emocional que hay que valorar en su
justa medida y hay alumnos que necesitan algo más que el aula, un empujón
intelectual que les permita ver que nada es tan difícil como cree y un empujón
motivacional que les permita imaginar un futuro formativo más ambicioso
sustentado en un esfuerzo sostenido. Pues eso, por ellos y para ellos, todos
mis recreos están a su disposición.
Para mí, esos recreos y séptimas horas de dudas, esas clases
particulares gratuitas que les ofrezco a mis alumnos no son más que la
consecuencia lógica de extender a cierta parte de mi tiempo no laboral una
manera de entender la docencia: nada, absolutamente nada, me parece más
trascendente que el hecho de que mis alumnos se esfuercen por aprender y
terminen aprendiendo y comprendiendo lo que ayer les parecía tan complicado para así, finalmente, aprobar por sus propios méritos. ¿Por qué? Porque trabajo en la enseñanza
pública y casi siempre lo he hecho en barrios con entornos sociofamiliares
complicados y económicamente limitados, con alumnos que casi nunca tienen la posibilidad
real de buscar esa ayuda puntual externa (mediante profesores particulares,
academias o los propios padres y sus amistades) que tantas veces salva a los
hijos de la clase media del fracaso en los estudios. Y mis alumnos, en el mundo
real, se lo juegan todo a una carta: su formación. Se juegan tener una
posibilidad. Aunque no me guste. Aunque mientras les ayudo a obtener sus
títulos y su formación critique la trampa de la meritocracia. Porque la
realidad mancha, obliga a cabalgar contradicciones y destruye las ensoñaciones
pedagógicas de algunos que, asfixiados de pureza ideológica, prefieren eludir
al alumnado real para así poder construir imaginarios educativos alternativos.
Jamás me he planteado que ninguno de mis compañeros docentes
tenga que hacer algo parecido a lo que yo hago en esos recreos. Faltaría más. Lo
mío es puro voluntariado, así lo entiendo. Es más, procuro explicarles a mis
alumnos que esto que hago es una decisión personal e intento hacerles ver por
qué no pueden exigir jamás que otros docentes hagan lo mismo. Dicho esto, y como me
conozco al #ClaustroVirtual,
creo necesario señalar que antes de criticar mi voluntariado tocaría recordar la
ingente cantidad de "eventoseducativos" que cada curso anegan
nuestros claustros, suponen un extraordinario gasto de energía y de tiempo
para otros compañeros y nadie parece plantearse discutir: proyectos, actividades culturales externas, intercambios lingüísticos, olimpiadas, excursiones, viajes de fin
de curso, viajes a la nieve, charlas dentro y fuera del centro...
Hablemos
ahora un poco de lo que está pasando con todo esto.
De unos años a esta parte parece que no son suficientes esos proyectos educativos que antes mencionaba como la revista o el
programa de radio, la espectacularización de la enseñanza ha hecho carne en
nuestros centros e, independientemente de ideologías y tipos de proyectos educativos,
todos los centros intentan vender(se) por todo aquello que,
realmente, nunca debió ser ni su función principal ni siquiera algo especialmente reseñable.
Enseñar ya no basta. Ni siquiera enseñar bien. El centro educativo convertido
en agencia de viajes para los alumnos de familias pudientes. El centro
educativo como empresa experiencial para evitar el aburrimiento de los alumnos.
El adorno pedagógico como motor educativo. El postureo educativo como equivocado
motor de visibilidad. El adorno educativo (premios y proyectos) como la
equivocada prioridad de tantos colegios e institutos que desesperan por parecer
ser lo que no son y jamás debieron intentar ser. Luego, claro, llega la dura
realidad del día a día, cuando las luces del escenario se apagan y la tramoya se
descubre. Y toca volver al aula para estudiar algo. ¿Cuál fue el último claustro en el que se aplaudió la labor
profesional de un docente en sus clases (enseñar como prioridad) en
contraposición con los aplausos y reconocimiento que obtuvo ese otro docente
por ese "proyecto de centro" con visibilidad social y premios
"random" que todos sabemos que o no funciona o es absolutamente irrelevante?
Alumnos que pierden continuamente clases con muchos de sus
profesores porque ellos, sus profesores, tienen que ausentarse para guiar y
supervisar actividadesdeextraordinario valor experiencial (aunque en
muchas ocasiones de discutible valor académico) para otros alumnos que casi
nunca serán ellos. Vacaciones académicas en el extranjero disfrazadas de
inmersión lingüística para unos pocos alumnos con familias con dinero.
Vacaciones académicas disfrazadas de actividad física en la nieve para unos
pocos alumnos con familias con dinero. Vacaciones académicas disfrazadas de
viajes de fin de curso en el extranjero, a precios desorbitados y absurdos, para
unos pocos alumnos con familias con dinero. Todo ello y mucho más que, unido a
las actividades extraescolares tradicionales que todos los departamentos mantenemos y
multiplicamos, provoca que no haya día en el que en cualquier centro educativo
típico no falten varios docentes (elimino de esta ecuación las bajas médica por
motivos obvios): guardias que se multiplican cada curso y un escandaloso e ingente número de horas
lectivas perdidas y desperdiciadas para los otros alumnos de ese docente que se
tiene que ausentar. Aunque se intenten enmascarar para que nadie se queje.
En los institutos en los que trabajé cuando empecé a dar
clases hace casi veinte años cada departamento organizaba al principio de
curso excursiones puntuales sin coste o con el menor coste posible para los
diferentes niveles educativos. Para todos los alumnos. Puntuales y para todos,
matiz importante. Pero las cosas han mutado rápidamente, la deriva de los institutos en su búsqueda de experiencias formativas para sus alumnos empieza a resultar hasta ridícula, un camino sin retorno que termina convirtiendo en secundario, aburrido y hasta molesto el aprendizaje diario en el aula. Es importante dejar
constancia de ello para que se empiece a poner en cuestión lo que está sucediendo. Nos estamos equivocando y tiene su inevitable coste en la formación de nuestros alumnos.
No
es verdad, aunque te guste regodearte en tu ridícula singularidad:
la gran mayoría de los que tenéis más de 40 años no habéis conseguido vuestros
"grandes éxitos" laborales a pesar de la enseñanza pública (que los
impuestos de nuestros padres os sufragaron) sino gracias a ella. Aunque
pretendas ahora olvidarlo y busques de manera patética la distinción social
(nunca la calidad educativa) para tus hijos matriculándolos en la enseñanza
privada.
Cuando
criticas y desprecias la importancia de esa enseñanza pública en la que te
formaste durante los años 80 y 90, la que te permitió convertirte en ese imbécil de clase media profesional y acomodada que eres hoy, lo único que
demuestras es tu cobardía moral y tu egolatría sin medida: pretendes que la
gente que te rodea piense que todo lo conseguiste tú solo, solo con tu esfuerzo. Tú
contra todo y contra todos. Contra profesores mediocres, contra compañeros que
obstaculizaban tu aprendizaje y contra una formación académica que siempre
discutes y menosprecias pero de la que sacas pecho en cuanto tienes la oportunidad
para recordar a todos tu magnífico expediente, tus sobresalientes y tus
títulos. Te mola tanto el relato que a veces, a estas alturas, incluso te los
has terminado creyendo.
Pero
en tu interior sabes perfectamente que es falso. Otro como yo te dio
clases cuando eras niño o adolescente. Y como a mí ahora me pasa con mis alumnos, te conoció, se acuerda de ti: supo de tus
dudas, tus contradicciones y tus debilidades, esas que ahora pretendes que nadie
conozca ni recuerde. Se puso todo un sistema educativo a tu servicio para poner
en marcha ese famoso ascensor social que te ha permitido llegar
hasta donde estás hoy. Con decenas de docentes, a los que ya no pones ni cara,
trabajando para ayudarte a superar cada escalón de tu carrera formativa. Sí,
también esos docentes que considerabas mediocres, los grises, los que nunca te
marcaron. Sin ellos tampoco estarías hoy donde estás.
Pero
no, tú prefieres eludir todo tu pasado educativo. Enfermo de egotismo,
prefieres tan solo recordar a ese profesor que era diferente, ese
que has terminado mitificando públicamente, ese tipo que se hace grande en tu
memoria porque te impactó y has decidido convertirlo en parte del relato
heroico de tu vida. Ni siquiera tengo claro que lo hagas para reivindicar su
labor, más bien, lo has convertido en alguien especial tan solo para seguir ensalzándote a ti mismo. Lo elogias seguir elevándote sobre sus hombros y así poder colocarte por encima de todos esos que no se esforzaron tanto como
tú como para poder llegar a donde tú estás. Pura soberbia vital.
Igual
lo que no te gusta tanto es saber cómo sonreiría, con tristeza y desprecio, ese
ya viejo profesor que has convertido en leyenda si supiera que ahora matriculas
a tus hijos en la enseñanza privada, incluso ya en la universitaria, para eludir
cualquier posibilidad de fracaso social de tus retoños, y que incluso vas
renegando de los impuestos que te "roban", aunque sepas que una buena
parte de ellos irán a esa enseñanza pública que seguirá intentando que otros,
como tú hace ya tanto, también tengan una oportunidad de futuro independientemente de su
origen social.
Hace
ya casi quince años que me fui de Colmenar de Oreja. Estuve
como interino durante dos cursos en el SIES de la localidad. Fueron dos cursos excelentes en lo laboral y en lo personal pero todavía hoy recuerdo con una sonrisa (de miedo) en la boca aquellos trayectos en autobús (aquel
mítico 337) para llegar hasta
allí, las más lejana población en la que he trabajado en Madrid: una hora de autobús diaria de ida y otra de vuelta que dieron mucho de sí. Sobre todo, un enorme cansancio, claro.
Hace
un año, mientras comía en Buitrago del Lozoya, a donde había ido aprovechando un puente, noté que
un chico me miraba desde otra mesa con extraña insistencia. Notaba su mirada
desde lejos sin acabar de comprender qué podía despertar su curiosidad hasta
que, finalmente, se acercó directamente a mi mesa y me dijo:
—Disculpa,
¿tú eres Pepe, no?
Todos
los docentes sabemos lo difícil que es recordar los nombres de antiguos
alumnos. Incluso olvidamos muchos de los del curso pasado si no vuelven a ser alumnos nuestros al curso
siguiente. Y más los que, como interinos, hemos cambiado de centro con cierta asiduidad . Cada año aprendemos decenas de nuevos nombres e, inevitablemente, vamos olvidando otros tantos. Pero podemos olvidar sus nombres, no
sus caras, sus gestos, su forma de mirar, sus sonrisas. Aunque este chico ya rondaba los 30 años.
—Sí,
soy yo, claro... y seguro que tú fuiste alumno mío, ¿no?
Nos
empezamos a reír y me aseguró que desde que me había visto en la mesa había
pensado que era yo pero que hasta que no había hecho un gesto característico
mío con el pelo no había estado seguro. Mi mujer, también presente, se reía.
Sabe que cuando hablo y me explayo (y más en clase) siempre termino tocándome el pelo mientras intento explicarme. Finalmente, el chaval se identificó y
una avalancha de recuerdos regresaron de golpe a mi cabeza.
Le
había dado clases en la ESO. Por entonces, era un alumno que rozaba la conflictividad
y mostraba siempre un punto de desafío hacia sus profesores pero también tenía un
corazón que no le cabía en el pecho. Y dibujaba como los ángeles. Recuerdo cómo
le animábamos a estudiar y cómo discutíamos por entonces sus profesores las mejores
estrategias para que siguiera estudiando.
Lo último que había sabido de él era que había titulado la ESO y que, animado por todos, había decidido
matricularse en el Bachillerato de Artes en un instituto de Madrid, el IES
Isabel la Católica. Ahora le iba a tocar a él esa hora y media diaria de ida y de
vuelta, en transporte público, para continuar con su formación. Allí, de pie, sin
dejar de sonreír, me completó su historia: me contó que acabó el Bachillerato y
siguió formándose. También me contó que ahora estaba trabajando en la
producción de una serie que se estaba rodando allí, en Buitrago del Lozoya, en
este pueblo en el que casi 15 años después habíamos vuelto a encontrarnos.
Transmitía la misma energía contagiosa que cuando era un chaval y, aunque iba
con prisa, empezó a hablarme de los "viejos tiempos".
—No
sabes lo que nos acordamos de ti, Pepe, nos cambiaste la vida.
Sin
darse cuenta, como si estuviese hablando del tiempo, el hombre en el que se
había convertido aquel chaval al que yo enseñé durante tan poco tiempo, hace ya
tanto tiempo, me soltó ese halago que un docente nunca espera.
Siguió
hablando, riéndose, mientras recordaba su época de chaval en el instituto, las que había montado, cómo se había dado cuenta de que tenía que
seguir estudiando y también cómo recordaba haber empezado entender lo de la FyQ
conmigo. Yo diría que solo le di clases en 3º ESO. Me habló de sus amigos del pueblo, que también habían sido mis alumnos,
y cómo iban a alucinar cuando les contase que me había visto.
Nos
despedimos sin más. Felices. Me alegró la tarde. En un año terrible en lo
personal, pocos días después de la muerte de mi madre y apenas dos meses
después de la muerte de mi hermano Juanma, un reconocimiento espontáneo como el
suyo me llegó al alma.
Solo una cosa de aquella conversación recuerdo con tristeza: no
pude evitar tener presente en todo momento, durante la conversación, a Fernando.
También fue su profesor allí pero no fui capaz de contarle nada sobre él y
sobre lo que le había pasado.
2 de febrero. Un año ya sin ti. No pude
escribirte cuanto te fuiste, no fui capaz, no me salió. Demasiado dolor.
Demasiado cansancio. Ahora el calendario asegura que se cumple un año de tu
muerte, pero a mí todavía me parece que fue ayer cuando recibí la llamada que
me anunció que por fin, definitivamente, habías dejado de sufrir.
Estos días, mientras se acercaba esta fecha, me he permitido
volver a ti con más asiduidad, he regresado a tus fotos, tus mensajes, he vuelto a escuchar
algunos de los audios que me enviaste desde la residencia, cuando ya casi no
podías hablar y, sobre todo, me he permitido liberar esa memoria que mantengo
siempre restringida para poder regresar al pasado sin caer en la nostalgia. Se
suele confundir nostalgia con memoria.
Creo que es un error vivir instalado en una nostalgia que trata de detener el
paso del tiempo e impide disfrutar del presente. Pero también considero
equivocado vivir de espaldas al pasado, intentar dejar atrás lo que pasó, sin
recordar a los que fueron, para construir una vida en presente continuo.
Mientras te recordaba, te buscaba y te lloraba volví a
algo que te escribí hace más de tres años, cuando el Alzheimer ya había
arrasado contigo, cuando ya entendí que te habíamos perdido aunque tu cuerpo
decidiese traicionarte y mantenerte con vida dos terribles años más. Al leerlo,
me di cuenta de que ahí estaba ya escrita mi despedida de ti, estaba esbozado
lo que habías significado en mi vida y lo mucho que ya te echaba de menos. De
manera que he vuelto a ese texto para reescribirlo y volver a sentirlo, volver
a sentirte, volver a estar contigo un rato más hoy, cuando se cumple un año de
tu muerte.
Echo de menos tu voz, mamá. Echo
de menos tu risa, echo de menos tu verborrea continua, tu apoyo incondicional a
cada paso que di. Echo de menos tus besos, cómo echo de menos tus besos, esa
ráfaga de amor que convertía en eternos esos segundos en los que tus labios
parecían ser incapaces de separarse de mi mejilla. Echo de menos no poder
reposar una vez más, como tantas veces desde niño, mi cabeza en tu pecho para
olvidarme de todo durante unos instantes mientras acariciabas mi pelo
suavemente.
Echo de menos no poder llamarte
por teléfono, algo tan idiota como eso, algo que un idiota como yo jamás
consiguió hacer de una manera constante durante los años que ya no volverán. Me
resulta insoportable algo tan banal como saber que nunca más podré empezar a
cocinar y llamarte porque he olvidado alguno de los pasos de alguna de aquellas
recetas que anoté en aquel verano que lo cambió todo, el verano del 99, cuando
decidí romper con tantas cosas y marchar a Tenerife para irme de casa con la
excusa de estudiar Astrofísica. A veces releo ese ajado cuaderno azul con el
que te perseguí tantas mañanas de aquel caluroso verano sevillano para
obligarte a poner números a tus puñaditos de sal, perejil o
pimentón y me sorprendo sonriendo mientras te veo hoy, como si fuera ayer,
dirigiendo con mano firme, inmune al desaliento o la queja, aquel caos que
siempre fue nuestra familia. Y sí, hoy mis lentejas, mi cocido y mis
patatas cocidas son las tuyas. Clonadas. Desde entonces. Tan solo una vez
hice coliflor rebozada, mi plato
favorito de todos los tuyos. Fracasé. No era lo mismo. Todavía no me creo que
jamás volveré a comer esa coliflor.
Echo de menos hacerte reír, mamá.
Madre mía, cómo echo de menos hacerte reír. Por algún motivo, entre tantos
hermanos, dentro de aquella tribu de nueve hijos que demandaban continuamente tu
atención y tu cuidado, siempre me sentí especialmente querido por ti. Tal vez
fue mi infancia enfermiza, esa que te obligó a pasarte noches y noches en vela
cuidando de aquel niño enclenque que respiraba como Darth Vader pero
soñaba con correr, como Gordillo, la banda del Benito Villamarín. Me
gusta pensar que también tuvo algo que ver sentirte respetada, querida y
cuidada en los tiempos que, ya como adulto, pasé junto a ti. Libre, seguramente
de manera poco justa, de cargas y de responsabilidades familiares, cuando
estaba contigo solo te disfrutaba y siempre tuve la impresión de que tú hacías
lo mismo conmigo.
No sé si les ha pasado a otros
pero recuerdo cómo, cuando era niño, algunas noches imaginaba, antes de dormir,
la posibilidad de tu muerte. La posibilidad de que no estuvieras, la
posibilidad de tu ausencia. Recuerdo el dolor que sentía cuando mi imaginación
se desbordaba y el escenario mental me superaba. Recuerdo el miedo, el pánico a
que dejaras de estar. Nunca me pasó con papá, pero imagino que eso es algo que
nadie mejor que tú puedes entender, mamá. Mi infancia fuiste tú, tu presencia
sanadora, tu cuidado y tu amor incondicional. Ese que nunca dejé de sentir en
ningún momento de mi vida.
Sabes que siempre fui
tremendamente crítico con la familia. Mucho. Con el concepto de familia como
institución social y con nuestra propia familia en particular. Como en tantas
otras cosas, me equivoqué. Creo que habrías estado orgullosa de cómo los
hermanos fuimos capaces de superar el brutal desafío que tu situación y la de
Juanma supusieron desde el verano de 2021 hasta vuestras muertes. Lo hicimos
bien. Lo hicimos bastante bien, dadas las circunstancias. Aunque hayan quedado
heridas que tardarán en cicatrizar y nos hayamos aislado un tanto los unos de los otros
durante este año.
Echo de menos nuestros largos
paseos por la playa, cuando caminábamos juntos, de la mano, hasta ver aquella
casa a medio construir con cuya historia siempre especulábamos y cuya visión suponía
el aviso de que ya tocaba darnos la vuelta y regresar junto al resto de la
familia. Tengo guardadas en mi memoria, como oro en paño, algunas de las conversaciones
que tuvimos durante aquellos paseos. Los hijos nunca conocen del todo a sus
padres, hay demasiado de su pasado que nunca alcanzamos a comprender, pero creo
que nunca estuve más cerca de intuir algunas de tus motivaciones vitales como
durante aquellos paseos.
Este año ya no fui a Sevilla por
navidades, mamá. Para qué. Ya no nos queda ni nuestra casa, tu casa. La
vendimos a los pocos meses de tu muerte. Hemos perdido el último reducto físico
familiar que nos unía a todos. Ahora también echo de menos tener la posibilidad
de volver allí, volver a pasear por las habitaciones rememorando mi infancia y
adolescencia, volver a sentarme en aquella terraza, como tantas veces hice
junto a ti, mientras caías rendida cada siesta y dormitabas bajo los rayos del
sol.
Ya no habrá más navidades todos
juntos, no volverá a haber otro 24 de diciembre en el Aljarafe sevillano, en
nuestra casa, contigo y con algunos de los hermanos, cenando pavo y
champiñones. No volveré a ver cómo nos callas a todos y nos echas del salón
para ver el mensaje del Rey, ni cómo nos mandas cortar jamón para los
cuñados, ni cómo te fumas ese cigarrito anual que convertías en evento
mientras te bebías ese anisete que solo te permitías en estas fechas. No
volveré a disfrutar de ese momento, cuando la noche empezaba a alargarse y te
vencía el sueño, en el que antes de irte a la cama nos advertías veinte veces de
que teníamos que quitar el brasero (joder, mamá, para cuándo ibas a dejar de
usar ese puñetero brasero) mientras algunos empezábamos ya a viajar a otra
dimensión en los brazos del alcohol.
El puto Alzheimer nos dejó sin
ti. En tan poco tiempo. Desapareciste en vida. Estabas pero ya no estabas.
Hasta que hace un año te fuiste definitivamente y, al menos, dejaste de sufrir.
Un año ya.
Te echo tanto de menos.
La función de sonido está limitada a 200 caracteres
Pienso en todos esos jóvenes (y no tan jóvenes)profesores que se incorporan a nuestras aulas
cada curso y cada día me parece más trascendente esta cuestión sobre la que hoy
escribo.
¿Depende tanto la gestión de esa aula de la ESO del
carácter, carisma y disposición personal del docente como para que, tal vez, no
se pueda enseñar a hacerlo? Esta pregunta enlaza con otra que no se puede
ignorar aunque levante alguna ampolla y cuyo origen son las experiencias que
nos transmiten los que hace muy poco fueron alumnos del Máster de Secundaria y
llegan a nuestras aulas ya convertidos en docentes: ¿puede enseñar a gestionar
un aula de la ESO quien nunca lo hizo o el que dejó de hacerlo hace ya mucho
tiempo (seguramente para eludir contradicciones vitales)?
Creo que sería absurdo negar la existencia de una serie de
pautas que se pueden transmitir y se pueden interiorizar para mejorar la
gestión de un grupo de adolescentes en el contexto de la enseñanza de una
materia de la ESO. En este post que enlazo, por ejemplo, recopilé 10 consejos
básicos para cualquier docente novato que empieza a enseñar en cualquier
instituto. Pero de lo que hoy hablo en este post es de algo más sutil,
diferente y complejo.
¿Qué te permite, como docente, construir las condiciones
previas en tu relación con los alumnos para que tu labor, con la metodología
que elijas para enseñar, pueda resultarles útil?
He leído mucho sobre el asunto pero hoy escribo desde una
óptica básicamente experiencial, casi intuitiva, desde esas vivencias
compartidas por tantos de nosotros, docentes, que vivimos cada día de nuestras
vidas laborales en los institutos. Cuando cada minuto que se pasa en un centro
educativo se vive en un estado profesional de alerta y atención continua (habría
que plantearse la cantidad de compañeros que "no se enteran de nada",
ese primer paso hacia el abismo, hacia el fracaso profesional) se termina
conociendo e intuyendo con relativa facilidad cuáles de tus compañeros enseñan
con cierta garantía de éxito y cuáles van a tener problemas curso tras curso,
sean quiénes sean los alumnos que les toquen.
Hay una serie de docentes, siempre de diverso pelaje
pedagógico (la pluralidad de estilos docentes supone una enorme riqueza de la
enseñanza pública que está permanentemente amenazada no solo por absurdas leyes
educativas sino también por la fiscalización extrema de los militantes de la
#EnsoñaciónPedagógica), que construyen una relación con sus alumnos y
establecen un ambiente de aula que les da la posibilidad real de enseñar y que
sus alumnos aprendan con ellos. Resulta tan curioso como conmovedor ver cómo
algunos de ellos lo consiguen desde una educada distancia emocional, que desde
fuera puede resultar extrema, mientras que otros alcanzan su objetivo desde una
cercanía personal que en ocasiones parece situarlos al borde del error
profesional. No importa realmente cómo lo consiguen: curso tras curso, esos
docentes realizan una labor profesional impresionante, nunca suficientemente
reconocida, casi siempre en la sombra, asumiendo que su forma de ser y lo que
consideran que debe significar la educación determina su trabajo diario pero
que todo empieza y termina en un objetivo educativo irrenunciable: la exigencia
académica. Porque a veces, tal vez demasiadas veces, se elude esa cuestión: los
docentes estamos en los centros educativos para enseñar y para que nuestros
alumnos aprendan. Estamos en los institutos para enseñar y para que nuestros
alumnos, tras nuestro trabajo, tengan una base suficiente de conocimientos que les permita seguir formándose al año siguiente. Somos una gota de agua en su vida
formativa pero no podemos convertirnos en un obstáculo, por acción u omisión,
en el derecho que tienen los adolescentes a adquirir una cultura básica y una
formación suficiente. No nos pagan (o no deberían hacerlo) solo para acompañar
y cuidar emocionalmente de nuestros alumnos. Nos pagan para que, acompañando y
cuidando emocionalmente de nuestros alumnos, consigamos que aprendan los
contenidos de nuestras materias y adquieran una serie de conocimientos como único
camino intelectualmente respetable para la obtención de ciertas
competencias.
La mayoría de alumnos son, casi siempre, perfectamente
conscientes de la calidad de esos docentes. Los aprecian y los defienden. Aunque
a muchos otros docentes y a otros muchos expertos les fastidie ese
reconocimiento y, dependiendo hacia qué tipo de docente se manifieste, siempre
encuentran razones espurias para impugnarlo.
Mi hipótesis, por tanto, es que existen ciertos arquetipos
docentes que demuestran de forma persistente su éxito en el aula. Ojo, habría
que explicar qué entiendo como "éxito". Para mí, tiene una raíz
radicalmente prosaica. Me explico: tan lejos de Keating y su irresponsable mesianismo
docente como sea posible.
Entonces, siguiendo esa idea, no debiera ser difícil, si nos
alejamos de prejuicios pedagógicos, compilar experiencias y establecer las
condiciones previas, en relación a la gestión de grupo, que un docente ha de
conocer para construir una relación con sus alumnos que le permita enseñarles con
cierta garantía de éxito, pero...
Pero luego llega la realidad y te da esa hostia que destruye
hasta la ensoñación pedagógica más modesta. Esa por la que uno lucha cada día. También
la de intentar mejorar un poquito el día a día de tu propio centro, o mejorar
la formación de los grupos a los que das clases, o tan solo que las cosas en tu
tutoría funcionen. Porque no se puede enseñar a nadie a ser lo que no es y lo
que le funciona a un docente se convierte en un estrepitoso fracaso para otro.
He tenido grupos complicados a los que conseguí enseñar con un
extraordinario esfuerzo. En una ocasión, nos convocaron a una reunión a los
docentes de un grupo muy difícil para buscar soluciones colectivas. De manera
extemporánea, sin ninguna maldad pero con muy poco tacto, la jefa de estudios
me pidió que explicara al resto de mis compañeros, que se veían impotentes ante
el grado de disrupción del grupo, "cómo lo hacía yo" para mantener
mis clases en un silencio activo mediante el que yo era capaz de enseñar y los
alumnos eran capaces de aprender. Me encontré, de repente, balbuceando lugares
comunes y consejos que terminaban siendo ridículos en el contexto relacional
que mis compañeros tenían con esos alumnos. Mis compañeros sufrían
extraordinariamente cada clase con ellos y lo que yo les decía no podía cambiar
eso. No me siento todavía hoy capaz de reprocharles nada a pesar de algunos de
sus errores: la propia Administración y la sociedad en la que vivimos habían
decidido que aquel centro fuera el gueto educativo de aquella población, y las
consecuencias de esa decisión puede que fuera algo con lo que aquellos docentes
debían convivir por exigencia laboral pero no suponía, ni de lejos, que ellos fueran
los responsables finales del fracaso educativo y el estigma social al que estaban
sometidos aquellos alumnos (las víctimas reales de todo aquello).
Es el momento de completar la hipótesis anteriormente
planteada: sí, existen ciertos arquetipos docentes que demuestran, de forma
persistente, su éxito en el aula. Pero, ¿son tan fáciles de replicar como
algunos pretenden desde sus despachos universitarios? Me temo que no.
La docencia en la ESO es complicada y en ella entran en
juego matices personales, sociales y emocionales que no se pueden obviar. Tengo
la sensación de que la investigación académica tiene muy poco en cuenta
el factor humano en la construcción de sus relatos educativos. La experiencia
parece demostrar que existen una serie de rasgos de carácter que facilitan
enormemente la labor docente y que, por mucho que se construyan
"formaciones", se puede atenuar las consecuencias de no disponer de
ellos pero, en ningún caso, se consigue replicarlos. Es lo que hay.
No hay nada más alejado de esos rasgos de carácter
que comento que la idea de "vocación" que algunos nos venden como
trasunto laico pedagógico de la iluminación religiosa. El cementerio del
fracaso docente está repleto de profesores con una enorme vocación.
Suelen ser carne de cañón.
Entonces, ¿qué hacemos? A veces, no es necesario mantener y
defender una opinión tajante sobre algo cuando la realidad te demuestra cada
día la imposibilidad de construir una generalización intelectualmente
consistente. Hay que ser humilde. Entender la complejidad. Asumir las
contradicciones.
Creo que es posible dar a conocer a los nuevos docentes ciertas
pautas que les permitirán no cometer errores absurdos en la gestión del aula.
Hay cosas que veo cada curso en ciertos compañeros que me parecen alucinantes y
completamente indefendibles. Pero también hay que aceptar que no existe nada
que les garantice que un grupo de alumnos les vaya a hacer caso como docentes.
Hagan lo que hagan.
Por último, también considero que resulta imprescindible hacer entender a la
sociedad que la docencia es un trabajo más y a ningún docente se le debería exigir
ninguna heroicidad, tan solo profesionalidad. El hecho de que en algunos centros de la enseñanza publica se terminen necesitando unas habilidades docentes especiales y se noten demasiado los defectos profesionales de algunos profesores es tan solo la consecuencia final de la endémica falta de recursos de la enseñanza pública y de la lacerante segregación socioeconómica que la doble red concertada/pública permite y fomenta.